A vueltas con el revisionismo histórico

David Del Pino

“En 1936 no hubo golpe de Estado. La República fue responsable de la Guerra Civil”

Ignacio Camuñas

Pablo Casado e Ignacio Camuñas celebrando el 45 aniversario de la presidencia de Suárez en su casa de Ávila

La derecha española y sus lugartenientes de los medios de comunicación, así como homúnculos varios que osan en denominarse historiadores, incluso, tal vez, se verán como reputados investigadores, nos tienen acostumbrados, muy a nuestro pesar, a generalizar un revisionismo de la historia de nuestro país absolutamente infame y nauseabundo. Ni por asomo esta sensación nauseabunda que nos generan los apóstoles del revisionismo histórico muestra señas de identificación con las cuestiones existencialistas de Roquentin, personaje central en la novela La náusea de Sartre. Si el personaje que dio vida Sartre en esa magna obra del existencialismo trata de revelarnos las cuestiones de la vida en sus más lóbregos horizontes de experiencia, las palabras del exministro de Suárez y ex de Vox, Ignacio Camuñas apuntan decididamente a continuar el sendero trillado durante tantos años, del proyecto del que se vanaglorió Francisco Franco, a saber, arrojar oscuridad sobre cuestiones históricamente objetivas, para instalar en su más abismal sentido, la zozobra y la indiferencia. Acuérdense de aquella manida frase de Franco que rezaba algo así como usted haga como yo y no se meta en política.

Rápidamente se nos espetará que las cuestiones históricas quedan atrapadas en una marabunta de interpretaciones y cuestiones subjetivas tanto del investigador como del objeto señalado que impiden, dando muestras de un nihilismo epistemológico,  la objetividad en las cuestiones histórico-sociales. Así, nuestra arenga justificada en contra de las ignominiosas palabras de este señor, junto a su acrítica recepción con rostro circunspecto de un Pablo Casado que en cada intervención demuestra aún más su acercamiento desinhibido hacia el itinerario político abyecto y miserable de Vox, que a todas luces, y con un comportamiento más propio de un puerta de discoteca, declaraba que Sánchez preside el peor gobierno de España en 80 años.

Abundando en las apreciaciones críticas de quienes no se vean representados con lo que estoy tratando de clarificar, se escudarán, y perdonad si incido en exceso en ello, pero es, creo, la cuestión subterráneamente central de la intervención del señor Camuñas, en cuestionar la posible objetividad del discurso histórico. Al margen de si la Historia puede ser abordada como un discurso, cuestiones que dejamos de lado y referimos a la hermenéutica de Paul Ricoeur y al trabajo del semiólogo español Jorge Lozano, en el nihilismo del revisionismo histórico de la derecha española, junto a una clara idea de ensombrecer lo que realmente sucedió, no sólo con el golpe de Estado pergeñado por Franco y sus viejos camaradas, sino de mostrar una falsa imagen que haga concordar la vetusta cuestión de los privilegios aristocráticos y las debilidades de una élite política que nunca miró más allá de sus ombligos, todo ello alrededor de una bandera y el nombre de una imperial España, con las cuestiones populares y las demandas de un pueblo pauperizado y hambriento, está la cuestión de la imposibilidad de tratar cuestiones histórico-sociales desde un punto de vista objetivo, únicamente alcanzado por las ciencias de la naturaleza, y que empujan y arredran al pueblo español a caer presas del sempiterno cínico tan propio, por otra parte, del neoliberalismo, cuyo objetivo último es inmunizarnos y brindarnos contra un estudio sosegado, calmado y de contraste de fuentes.

Debate que nos sumerge en un viejo y vigoroso debate teórico, fundamentalmente filosófico y epistemológico, cuyas hondas raíces se encuentran en la Alemania de finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Cuestiones, todas ellas de una maximalista envergadura, que arrancan, a riesgo de caer en un burdo reduccionismo, bajo la incuestionable sombra del filósofo Wilhelm Dilthey y su diferenciación entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu. Sobre estas cuestiones no nos vamos a detener en este preciso instante. Nuestro cometido es mucho más modesto y generalizador, máxime cuando, tratamos de mostrar un esquema accesible y transversal al perpetuo revisionismo histórico de la derecha española.

No obstante, es menester en este sentido referirnos a las conclusiones presentadas por Max Weber que a día de hoy, siguen siendo relevantes para toda persona que en su hacer esté el llevar a cabo un estudio histórico-social riguroso. No cabe duda, de que la derecha española en su afán por transformar la verdad histórica de nuestro país, se halla en las antípodas del pensamiento de Weber. Sin embargo, que se encuentre en las antípodas del pensamiento de este prolijo pensador, no significa que tengan cierto parecido con los que según Weber condujeron a Alemania a la Primera Guerra Mundial al reducir toda complejidad histórica a un único valor absoluto. Si Weber se enfrentó a ellos, anteponiendo una retórica que primase la complejidad de los hechos sociales, es imprescindible que frente a la vileza de los comentarios de la derecha españoles nos alcemos por defender un modelo que prime la complejidad y el estudio rigoroso de los sucesos relevantes.

Las conclusiones fulgentes de Max Weber mostraban, con determinación y tenacidad, fundamentalmente dos cosas que gustamos de recordar aquí. En primer lugar, que la metodología de su trabajo nos enseña las condiciones de alcanzar la objetividad de las ciencias histórico-sociales y, en segundo lugar, que su metodología, si bien no permite la ejecución de juicios de valor, sí permite establecer la validez empírica de ciertos discursos que puedan ser propagados. Con las máximas weberianas en la mano, y en disposición de una buena retahíla de trabajos históricos rigurosos, estamos en condiciones de afirmar la perpetua infamia y mentira histórica de los acólitos revisionistas de la derecha.

Bajo este telón de fondo, la Guerra Civil no fue un acontecimiento desencadenado por la inoperancia y temibles maneras de la República española, sino que se arroja relevante, entenderlo como la crónica de una muerte anunciada a tenor de las declaraciones y proyectos de la aristocracia española a lo largo del siglo XIX. En mor de toda claridad, si nos centramos en el siglo XIX, no es por su especificidad frente a otros siglos, que también, sino porque su espectro se encuentra más vibrante en nuestra subjetividad como españoles. Cabe recordar, que ya uno de los ideólogos más aclamados desde Cánovas del Castillo, hasta el reaccionario Ramiro de Maeztu y Francisco Franco, conocido por el nombre de Donoso Cortés, tras observar el levantamiento obrero y las revueltas de 1848 que golpeaban a algunas de las potencias más relevantes del continente europeo, en especial a Francia, cuya crónica se la debemos a Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte, se expresó ante las cortes españoles de la época de esta manera: “Digo, señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circunstancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legítimo, es un gobierno bueno, es un gobierno provechoso como cualquier otro gobierno; es un gobierno racional que puede defenderse en la teoría como puede defenderse en la práctica”.

Dicho muy brevemente, la apuesta emprendida por Franco y el hecho de señalar una guerra larga merced a la limpieza social de todo reducto crítico o contestatario por parte del pueblo español consistía en una pulsión que procedía de muy atrás. Este comentario, calificado de aprócrifo por el revisionismo de la derecha, no es una cuestión ideológica o partidista, sino que se corresponde con la lectura de todo un amplio abanico de investigadores que vinculados al amor por el conocimiento, se decidieron a rastrear los pedazos deshilachados de la historia de nuestro país.

Se nos objetará: “Franco es un dictador, vale, pero ¿qué hay de Paracuellos? Tanto unos como otros son asesinos y no debemos contemplar justificación posible”, o “El Partido Socialista fue la organización política que más ejecuciones firmó y perpetró durante la Guerra Civil” Una cuestión de este calibre, demuestra, más allá del típico comentario de cuñado o de cena de Navidad, la cancelación del empeño y rigurosidad del investigador. La explosión de los límites que en una investigación rigurosa se han de tener en cuenta. La condescendencia cínica que bloquea los huecos abiertos por los que debemos colarnos si queremos conocer lo realmente acaecido en la historia. Se puede hablar de Paracuellos, y también de Santiago Carrillo, los investigadores más afamados dentro de su campo de investigación así lo han hecho. Pero poner el foco en estos acontecimientos, no impide, de forma maniquea, mostrar un juicio de valor, por lo que el simple hecho de evocarlo, te justifique a cerrar la puerta a lo realmente sucedido. Un ejemplo de rigurosidad en lo observado hasta el momento lo encontramos en la obra de Paul Presto que lleva por título El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después.

En esta obra, el historiador británico experto en cuestiones referidas a la historia de España, no bloquea su investigación a la hora de afirmar la incontrovertible realidad de que lo que se produjo en el 1936 fue un Golpe de Estado militar atravesado por cuestiones aristocráticas, clericales y también fascistas, y que su eclosión no fue un hecho históricamente novedoso o que procediera únicamente de la necesidad ante la herética República, sino que completaba y pretendía poner punto y final a un compendio de levantamientos militares durante todo el siglo XIX y primera mitad del siglo XX con el objetivo central de acabar con la disidencia y la crítica dentro del pueblo español. Y aseguramos que no tropezó en cuestiones ideológicas o partidistas al afirmar lo contemplado, porque trata con un acervo igualmente crítico los vaivenes de una izquierda española muy fragmentada y algunas de sus políticas más controvertibles, como también, el suceso que tanto llena la boca a la derecha española: Paracuellos. Con esto queremos asegurar, que frente a los intentos tan propios de la derecha española de anegar el estudio de la historia de España, tratando de reverberar una adocenada posición cínica y sincrética, existe una amplia bibliografía seria y rigurosa de la historia de nuestro país que desmiente la ignominia discursiva de estos sátrapas.

Dicho lo cual, no desechamos que los lacerados intentos revisionistas de la historia de España tienen la función de condicionar al pueblo español a que asuma una posición histórica marcadamente cercana y legitimadora del golpe de Estado de Franco, es decir, asumir que el principal problema que tenía España en el 1936 era la República, y que ello era directamente proporcional a emprender un enfrentamiento atroz por la restauración del orden. Orden, por supuesto, ampliamente determinado por las cuestiones aristocráticas que imperaban, casi sin cambios transcendentales, desde el modelo cortoplacista de los Austrias. Sin embargo, si atendemos en un intento nietzscheano de “poner bajo hielos” las cuestiones señaladas, atisbamos el objetivo de subsumir a la ciudadanía española al nihilismo histórico por el que cualquier elemento acaecido en los últimos años puede ser puesto en cuestión.

Es obvio, y aquí no estamos apelando a una vigorexia objetivista, entendida como una defensa a ultranza de elementos universales e inmutables, sino que asumiendo la apuesta decidida por cuestionar todo y a todos, ésta tiene que ser llevada a cabo, a diferencia del nihilismo revisionista, desde una serie de premisas epistemológicas que traten de arrojar cierta luz objetivista sobre acontecimientos históricos. Frente a este modelo, los revisionistas de la derecha española, nos empujan a que seamos incrédulos, a que pongamos en cuestión a quienes se dedican infatigablemente en cuerpo y alma a esclarecer lo ocurrido. Entonces, la última versión de este modelo que se halla inextricablemente conectado con el programa neoliberal, justifica que en conversaciones de bar se tachen de mentirosos a científicos, o que se encuadren como “ideólogos” y, por tanto, como mentirosos, a todos los que presenten un cuestionamiento de la realidad desde un ángulo teóricamente incisivo. En definitiva, de lo que se trata es de la proyección desvergonzada de un antiintelectualismo.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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