Adueñarnos del mundo de las ideas

David Del Pino

 

“Il vecchio mondo sta morendo. Quello nuovo tarda a comparire. E in questo chiaroscuro nascono i mostri”
(El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos), Antonio Gramsci.

Un día como hoy del año 1891 nació en Cerdeña (Italia) uno de los pensadores más relevantes y necesarios para estudiar tanto el siglo XX, como las encrucijadas que asolan nuestro presente más inmediato. Estamos hablando de la figura de Antonio Gramsci.

Gramsci fue un periodista militante, cofundador y dirigente del Partido Comunista italiano y condenado a 20 años de prisión por el régimen fascista de Mussolini. El fiscal que sentenció a Gramsci, en uno de los juicios más injustos de los que recordamos, llegó a declarar que: “Debemos impedir que este cerebro siga pensando durante 20 años”.

Que el pensamiento de Gramsci es necesario y una pieza fundamental para pensar en proyectos emancipadores y de transformación social no deja margen de duda. Serían abundantes las notas que aportaríamos para defender esta tesis, por lo que simplemente aconsejamos una lectura taimada y pausada de su obra, apoyándose en la medida de lo posible por la Antología de selección, traducción y notas realizada por Manuel Sacristán, una de las cabezas más lúcidas del marxismo español.

Una contemporaneidad rebosante de exageras hipérboles idealistas, unido a una magistral forma de desacreditar toda autoridad discursiva científica y humana convierte a los pedazos deshilachados de nuestro presente, en bloques errádicos a la deriva que se acoplan a cualquier terminal de producción y consumo consagrando seres humanos neuróticos y enfermizos. Una cartografía histórica de la que nuestro presente parece un nudo asfixiante estratégicamente defensivo, fetichista y dogmático, son razones más que suficientes para revisar y estudiar calmadamente la obra de Gramsci, autor que à la manière de Nietzsche, entiende la cultura y la confrontación de ideas como medicina del alma, y por ende, como una fórmula plausible para restaurar un mundo de la vida alejada del poder narcótico y espectacular de la axiomática del capital.

En este sentido, un presente de individuos atomizados y desclasados conforma una masa de falsa autoestima heroica, que traducido en términos políticos se caracteriza por el desintereses moral hacia los demás y por un individualismo exacerbado, que en su última consecuencia genera una equidistancia política dañina y vergonzante, capaz de afirmar y comparar el asalto al Capitolio en Washington por parte de un grupo de fascistas cuyo único interés se centra en limitar la democracia, con las marchas contra el racismo que reivindican ensanchar democráticamente derechos y ampliar la igualdad en todas sus fórmulas. Ante una encrucijada tan peligrosa y sorprendentemente tan parecida a lo sufrido en el período de entreguerras, la obra y estudio de Antonio Gramsci se tornan como un ejercicio grande e impenitente de procurarnos de una medicina contra el escepticismo y la indiferencia política:

«La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es el lastre para el innovador, es la materia inerte en la que con frecuencia se ahogan las pasiones más brillantes, es el pantano que rodea la vieja ciudad y la protege mejor que las murallas más sólidas, mejor que las corazas de sus guerreros, porque engulle en sus remolinos limosos a los asaltantes, y los diezma y los acobarda y finalmente los hace desistir de su empresa heroica.

Soy partidista, vivo, siento en la conciencia viril de los míos el pulso de la actividad de la ciudad futura que estamos construyendo. Y en ella la cadena social no pesa sobre unos pocos; nada de lo que en ella sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino que es el resultado de la acción inteligente de sus ciudadanos. En ella nadie se queda en la ventana mirando mientras unos pocos se sacrifican, y se desangran en el sacrificio; nadie permanece al acecho para aprovecharse del escaso bien que proporciona la actividad de esa minoría ni se desahoga de su frustración insultando a quien se sacrifica, a quien se desangra, porque ha fracasado en su intento.

Vico, soy partidista. Por eso odio a los que no toman partido, odio a los indiferentes». [1]

Notas:

[1] Antonio Gramsci, “Odio a los indiferentes” en César Rendueles, Escritos (Antología), Madrid, Alianza Editorial, 2017, pp. 42-45

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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