Ana Iris Simón y la estructura de sentimiento de una época

David Del Pino
Ana Iris Simón dando el discurso en la Comisión sobre el reto demográfico.

El discurso pronunciado por Ana Iris Simón ante el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, se ha tornado en nitroglicerina dispuesta a hacer estallar los compartimentos líquidos, volátiles y siempre en tensión a ambos lados de los continentes ideológicos. La autora de la jaleada y celebrada obra Feria fue invitada a La Moncloa en un acto diseñado para presentar el programa ‘España 2050’ con el objetivo ulterior de paliar el severo y drástico problema de la despoblación. Así, un discurso medido e ideológicamente calculado ha generado un sinfín de apoyos y réplicas. En lo correspondiente a los voceros de la derecha, ninguna sorpresa, han obviado las claras y concisas alusiones críticas a un sistema desolador y desalmado que genera inexcusablemente pobreza y desesperación, para centrarse, únicamente, en el bochorno que tuvo que soportar con el rostro circunspecto el presidente del gobierno. Mientras que, por parte de la izquierda, se han desencadenado una avalancha de análisis y estudios epitomizados por el encontronazo dialéctico entre el escritor Daniel Bernabé en un artículo para Diario Público, y el periodista Antonio Maestre en su columna habitual en La sexta.

Más allá de algaradas discusiones, la confrontación, sin ningún tipo de matiz, dispara sustanciosa y sinuosamente al corazón mismo de las controversias dentro del proyecto de la izquierda que se presenta bajo diferentes declinaciones en espacios geográficos diversos bajo el mismo telón de fondo: la caída de la Unión Soviética y la victoria del proyecto neoliberal como el declarado fin de la Historia. El derrumbe de la Unión Soviética puso punto y final a una historia de desencuentros y encontronazos entre su punto arquimédico en forma de razón de Estado y el conjunto de las izquierdas mundiales, con especial énfasis, en las organizaciones comunistas occidentales. A pesar de la relación controvertida, y de que los partidos comunistas occidentales no pudieran aguantar la presión interna en virtud de las noticias descorazonadoras de decisiones tomadas en suelo soviético, el simple hecho de su existencia, marcaba la certitud de comprender y dimensionar los conflictos internacionales alrededor de un único eje histórico. La disolución de las fronteras que ayudaban no sólo a explicar los conflictos internacionales, sino que servían de último bastión frente a la consolidación del proyecto de la “aldea global” neoliberal, ha generado irremisiblemente perplejidad, incertidumbre y análisis políticos muy dispares dentro de la familia de la izquierda.

La disolución de las fronteras entre bloques ha puesto encima de la mesa la imposición de un modelo global no simplemente destinado al cálculo y las finanzas, lugar en el que los trabajadores, la parte más desfavorecida y golpeada en el interior de la asimétrica relación entre capital/trabajo que dio origen a los avances del Estado de Bienestar tras la Segunda Guerra Mundial, ocupan cada vez un papel más irrelevante, vistos como dígitos que computar en una balanza comercial, sino que es un régimen histórico que se preocupa por los deseos humanos, tratando de dotarnos de un tipo específico de subjetividad. Un modelo, el sistema capitalista, que observó sus propias costuras en la herida necrosada generada en el mayo del 68, por el que entendieron, que su propia transformación atendiendo a una tasa de ganancia decreciente que los obligaría a reinventarse, pasaba no sólo por la desindustrialización de los diques más sólidos y la búsqueda de mano de obra más barata, sino de cooptar y preocuparse por los anhelos subjetivos de una población que se sentía atrapada y con grilletes en los tobillos por las rigidices burocráticas de los Estados sociales. Entonces, allí donde los grupúsculos de izquierdas querían transformar la solidez de un paisaje visto en blanco y negro con todo tipo de reivindicaciones, los apóstoles del mercado forjaron publicistas que se preocupaban de esa ansia de libertad. Se pasó, muy inteligentemente, de un modelo rígido y sólido cercano a los logros de mayor calado social en la historia de la humanidad atravesado por un modelo industrial de corte fordista en los países occidentales, a generar todo un régimen de vida biopolítico preocupado incluso por adueñarse de nuestros propios sueños, y no nos referimos a lo aspiracional, sino a la necesidad biológica que nos permite restablecer las funciones físicas y psicológicas esenciales.

Por lo tanto, en el estómago de los intrincados muros de la razón neoliberal y la disolución de las fronteras pretéritas, se han dado cita diversas formas de diagnosticas y dar respuesta al mal endémico de nuestra contemporaneidad: la desigualdad. La cuestión de los diferentes diagnósticos no es baladí, de hecho, muestra la enjundia del debate desencadenado tras las palabras de Ana Iris Simón. Una realidad líquida y volátil en sus límites fronterizos permite que bajo la etiqueta de la izquierda y en pos de rehabilitar el núcleo perdido de la lucha de clases, un polémico Slavoj Zizek aterrice su martillo frente al progresismo liberal con ayuda del libro de Thomas Frank ¿Qué pasa con Kansas? Esta obra tan sugerente apunta claves realmente interesantes, tales como que el fracaso de la izquierda socialdemócrata y liberal, anquilosada en debates morales, identitarios, y culturales, ha obviado y olvidado su herencia histórica con las dinámicas populares. De esta manera, un pueblo en la complejidad de su cotidianidad y habitus, se ve alejado de unas organizaciones políticas con un lenguaje alambicado destinado exclusivamente a universitarios. El desamparo de un pueblo que siente soledad, exclusión y separación con respecto a los que se proclaman guardianes de la gente corriente y común, ha servido de coartada para la aparición de figuras autoritarias y neofascistas como Trump y Le Pen.

Personalidades políticas de la talla de Trump y Le Pen han sido plenamente conscientes de la relevancia y resonancia ideológica y posteriormente electoral de apelar a un pasado bucólico y romántico vinculado a la tierra y la arcadia de un pasado perdido. No es algo novedoso. De hecho, en el zénit del industrialismo, ésta fue una retórica vigorosamente aplaudida entre conservadores que observaban maliciosamente la invasión del espacio público por parte del tumulto, la masa, en conclusión, la clase obrera. Las continuas apelaciones a la vida pastoral y campestre, harto elocuente, esconden el sufrimiento y explotación de las chozas de campesinos tratados como verdaderos animales de carga. La apelación trumpista o lepenistas a paisajes “arcadianos” dependen, y así lo ocultan, de un sistema bien diseñado y consumado de explotación de los campesinos en las tierras de los terratenientes. Sin embargo, la apelación de Ana Iris Simón a repensar nuestra vinculación con la tierra y lo comunitario merced a la certidumbre perdida tras el huracán neoliberal tiene un sentido ideológico absolutamente diferencial con las fuerzas señaladas. Tal vez, estirándolo y exagerándolo hasta la necedad, podríamos considerar el mensaje de Ana Iris Simón cercano al falangismo español o al Frente Nacional francés.

El debate suscitado estos días en España mantiene un eco profundo y cercano con el movimiento Vox Italia y su propulsor el filósofo Diego Fusaro. Polémico y profuso pensador, ha sido responsable de algunas de las más acaloradas controversias de los últimos años. Junto a Slavoj Zizek, Diego Fusaro ha sido tachado de “rojipardismo”, es decir, de populista rayano el fascismo. Sus controvertidas declaraciones en cuestiones de vital importancia como la soberanía, la inmigración, el socialismo, o la cultura italiana le han granjeado no pocos enemigos. Nuestro objetivo no es polemizar o debatir algunas de las ideas de este destacado pensador que se declara heredero de la línea filosófica y política que comienza en Antonio Gramsci y pasa por Pier Paolo Pasolini, sino de nombrar y dejar constancia de la cercanía que mantienen las palabras de Ana Iris Simón con una parte sustancial de la cosmovisión de la izquierda italiana.

Respetando las palabras de Ana Iris, y sin exagerar excesivamente hasta lo absurdo sus posibles vinculaciones con el falangismo español, el lepenismo francés o el trumpismo estadounidense, lo que muestran sus declaraciones no es más que la estructura de sentimiento de una época ahogada en el Realismo capitalista descrito por el crítico cultural Mark Fisher. La estructura de sentimiento es uno de los conceptos más afamados del pensador británico Raymond Williams referido al horizonte de posibilidades imaginarias que tiene un pueblo asumiendo la coyuntura histórica que le ha tocado vivir o, dicho de una manera más sencilla, constituiría la estructura cultural y simbólica al alcance de todo el mundo que permite discernir las complejidades de la realidad histórica. La estructura de sentimiento alude a rituales, costumbres, entelequias simbólicas, que tiene el pueblo en su mano para manejarse y vivir su cotidianidad. Así, las palabras pronunciadas por Ana Iris Simón: “No habrá agenda 2030 ni plan 2050 si en 2021 no hay techo para las placas solares porque no tenemos casas, ni niños que se conecten al wifi porque no tenemos hijos” se entienden no ya con la estructura de sentimiento descrita por Williams en el crepúsculo del industrialismo, sino del crítico cultural Mark Fisher tristemente suicidado: la existencia de un sentimiento de desamparo, incertidumbre y rabia de una –mi- generación que ha sufrido dos grandes catástrofes sociales, económicas y culturales, y cuya respuesta se encuentra en palabras de un Fisher que implícitamente mostraban su trágico final: la lenta cancelación del futuro.

Si mantenemos el fatalismo y la nostalgia al margen, las palabras señaladas indican la triste y maltrecha realidad de una estructura de sentimiento a la que se le ha cancelado la posibilidad de pensar un futuro alternativo y democrático a la aldea global neoliberal. Con ello no pretendemos generar una polémica grandilocuente sobre la situación de la pobreza en el mundo y la situación de la inmigración. El deber de cualquier humanista es tratar de posicionar la vida humana, sea cual sea, y venga del sitio que venga, en el centro del debate. Además, la estructura de sufrimiento de unos y de otros, por supuesto, de unos más que de otros, se debe y queda supeditado a un tipo de universalidad y razón mundial que presta mayor atención al rédito económico que a las necesidades del ser humano y, que, en última instancia, se debe a una cuestión ontológicamente abyecta del modelo imperante, es decir, que para que unos disfruten de langostas cada noche, otros, deben sufrir las excrecencias de una realidad que golpea y daña. Por lo tanto, tratando de escapar al falso y simulado marco del fatalismo y la nostalgia de páramos más naturales atravesados por una superestructura de más de dos siglos de vorágine, las palabras de Ana Iris Simón aterrizan en la cuestión de ser testigos de un presente que ha asfixiado y cancelado una alternativa de futuro plausible y viable. Así, la cuestión no es tanto discutir sobre si las palabras evocadas resuenan hacia páramos románticos idealizados por las fuerzas falangistas, sino de cartografiar lo más certeramente posible la estructura de sentimiento de nuestro presente para estar en las mejores condiciones de abrir horizontes alternativos al verdadero enemigo del humanismo: la razón neoliberal.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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