Breve acercamiento a lo grotesco de nuestra economía

“Los límites del humor existen y ayudan a mejorar tu
comedia. Soy muy consciente de esa línea porque la traspasé
muchas veces. La comedia es un elástico que puedes estirar,
pero, si no conoces el límite, acabarás rompiéndolo.”

Ignatius Farray, Vive como un mendigo, baila como un rey
(136)

 

Cuando leí que el mismo Ignatius, seguramente uno de los cómicos más faltones y que más enemigos se ha ganado en los últimos años, acepta que no solo existen los límites del humor, sino que también pedía disculpas por sobrepasarlos, no lo podía creer. En el programa La vida moderna, no recuerdo cuántas veces ‘los pachachos’ han tensado hasta más no poder esa línea que separa lo gracioso de lo grotesco. Aunque tratemos de ser lo más abiertos posible, aunque tratemos de creernos inmunes a la ofensa, lo cierto es que la mayoría de las personas encontramos algo grotesco más allá del humor. Siempre existirá una broma o un chiste que nos haga sentir cierto asco, vergüenza, repudio, o sencillamente hacernos sentir mal. Normalmente tratamos de situarnos dentro de los límites de ‘lo políticamente correcto’ para no traspasar esta frontera, pero en la Comedia, muchas veces, es necesario tensar la cuerda, aunque más tarde toque pedir disculpas.

Sin embargo, la frontera que separa lo aceptable de lo grotesco se encuentra en la mayoría de espacios en los que se reproduce nuestra vida cotidiana: el gusto y la gastronomía, la estética, la moda, la música, las prácticas sexuales, o sencillamente cualquier asunto meramente humano. Lo que me resulta llamativo es que, en la actualidad, a pesar de la especial atención que ponemos en establecer los límites del humor y de lo políticamente correcto, lo cierto es que existen algunos ámbitos y prácticas sociales que son impunes a estas limitaciones. Para ilustrar mejor lo que quiero decir, comenzaré con el ejemplo de El Rubius (uno de los youtubers más importantes del panorama) y la noticia viral de su ‘mudanza fiscal’ a Andorra. El Rubius tiene unos ingresos estimados de 4.3 millones de euros al año gracias a su trabajo como streamer y youtuber, pero también en parte por la venta de merchandising, de su libro, su serie de televisión o su propia empresa ElRubiusOMG SL. Este joven sin duda es un ejemplo formidable de la filosofía del emprendedor, tan popular hoy en día que hasta ha llegado a ser un atributo fundamental del ser buen español. La noticia que ha desatado mi enfado con su persona es la que le ha puesto en el punto de mira, tanto para ensalzarlo como para machacarlo en redes y medios de comunicación: el Rubius se muda a Andorra para pagar menos impuestos. Él y sus followers puntualizan que seguirá pagando impuestos (alrededor del 10% del IRPF) y que se va debido al ‘atraco’ fiscal que sufre en España (cuando se ingresan más de 300.000 euros anuales, el IRPF asciende al 47%). Llegados a este punto es necesario recordar que, como bien explicó otro popular youtuber (Ibai Llanos), aun aportando a las arcas de Hacienda unos 2 millones de euros anuales, lo cierto es que se sigue viviendo ‘de puta madre’ con los otros dos millones de euros netos que ingresaría en caso de quedarse en España. Y sí, es necesario ser tan expresivo y malsonante: la mayoría de personas de este país no imaginarían ganar tal cantidad de dinero ni en dos vidas vividas, valga la redundancia.

Más allá del debate sobre la ‘conciencia fiscal’ y la contribución a las arcas del Estado, que, por cierto, considero fundamental y de vital importancia para la coyuntura actual, me gustaría incidir en la cuestión de los límites con lo grotesco, de aquello que nos separa de las bestias. Si la mayoría de los ámbitos de nuestra experiencia y vida como humanos encuentran sus límites con lo grotesco, ¿por qué no preguntarnos si existen estos tales límites para hechos como amasar grandes riquezas y ganar cantidades ingentes de dinero?, ¿por qué quedarnos únicamente en el debate entre pagar más o menos, y no ir a la raíz de la cuestión, es decir, ganar tanto o tan poco?, ¿por qué no plantearnos que existan límites a los ingresos, al igual que existen en el humor, la violencia, el sexo…? Mi problema ya no es solo el hecho de que exista o no el debate en cuanto al % de IRPF que una persona deba pagar. El problema que encuentro es que no existe debate alguno (y si existe, es residual en el mainstream) en relación a la cantidad de dinero que uno puede llegar a amasar. ¿No es grotesco que una persona sea capaz de ganar tal cantidad de dinero en un solo año? ¿No es grotesca acaso la distancia que existe entre los gastos y los ingresos de algunos muy ricos y muchos otros que ganan para poder pagar el alquiler o la luz ‘con pinzas’? Si existen límites de lo correcto en casi todos los ámbitos de nuestra vida, ¿por qué no en el ámbito del dinero?

Breve acercamiento a lo grotesco de nuestra economia
«Breve acercamiento a lo grotesco de nuestra economía» Autor: Cesar Alonso Porras

La crítica de la Izquierda actual presta casi toda la atención a la cuestión fiscal de las grandes fortunas y empresas. Si uno es un votante radical, pero algo realista, suele encontrarse este tipo de políticas como lo máximo a lo que se puede aspirar. Las últimas elecciones en Estados Unidos son quizás el ejemplo más representativo de este hecho: si eres de Izquierdas o sencillamente demócrata, lo más responsable parece ser votar a un millonario que se hace llamar progresista (recalco el ‘se hace llamar’), solo para que no vuelva a gobernar Trump. En el caso de que se supere ese límite, si se aspira a un cambio de carácter estructural, pongamos, que modifique el sistema electoral y de partidos, entonces nuestra posición política pase a ser considerada grotesca (a la Izquierda); los fantasmas del Comunismo afloran y el radicalismo se contempla como un peligro para la democracia. Sin embargo, sigue pareciéndonos normal, lógico y de sentido común el hecho de que el gobierno de un país se siga disputando entre dos de sus grandes fortunas, no entre dos representantes o trabajadores públicos. Por lo tanto, nos encontramos ante una paradoja: no es que los límites de lo grotesco del dinero no existan, es que precisamente los encontramos ‘hacia abajo’. Cuando se trata de redistribuir grandes cantidades de dinero amasadas por muy pocas personas, por ejemplo, a través de una reforma fiscal, aparecen estos límites. En el debate público es muy fácil encontrar a alguien preocupado porque el gobierno le pueda expropiar su segunda vivienda, o irritado por la cantidad de impuestos que paga, antes que por la diferencia salarial que le distancia del jefazo de su empresa, o por qué trabaja 52 horas semanales para poder pagar los gastos básicos. ¿Por qué sucede esto?

Creo que es una cuestión moral. A día de hoy, Comunismo es un sinónimo de algo grotesco hacia la Izquierda del tablero político-económico. Lo mismo sucede con el Fascismo, pero hacia la Derecha. Esta es la ordenación ideológica básica del ‘cuñado’, cuando en Navidad te explica año tras año que los extremos se tocan, que él es de centro. Pero, hecha la ley hecha la trampa: los partidos socialdemócratas no solo han aceptado este límite hacia su Izquierda, sino que no han sido capaces de establecer límites de carácter similar hacia la Derecha. Alguien puede reprochar que en la mayoría de países europeos existe un ‘cordón sanitario’ a la Extrema Derecha, pero, ¿y a la extrema derecha económica? ¿Qué ocurre con el liberalismo contemporáneo, o, mejor dicho, el Neoliberalismo? Quizás he exagerado al hablar así de la socialdemocracia: la Izquierda sí ha sido capaz de establecer algunos límites. La cuestión del género, aunque despacio, es un ejemplo perfecto del ‘progreso’ hacia un futuro más igualitario, y existen cada día más límites sobre los comportamientos machistas de parte de la sociedad. El caso del racismo también es otro buen ejemplo, así como las políticas de la identidad, el animalismo o el ecologismo. Sin embargo, en lo que respecta a la igualdad económica en un sentido estricto, es decir, la redistribución del dinero entre los que más y menos tienen, parece que estamos en un punto muerto desde los años 70 del siglo pasado. Es más, en algunos países, podríamos encontrarnos ante una involución.

Precisamente, el hecho de que para la mayoría de nosotros no exista la extrema derecha en materia económica, que sea normal alcanzar los niveles de desigualdad ‘hacia arriba’ que existen en todo el planeta, es debido a la naturaleza moral de este asunto. Sería algo así como la moral que subyace en nuestra comprensión de la economía. Creo que es precisamente lo que ilustra César Rendueles en la siguiente anécdota: “cuando el frutero de mi barrio -al que conozco desde hace años y con el que coincido en el colegio al que van nuestros hijos – me dice ‘no te lleves esos tomates, que están caros y no son muy buenos’, está sacando a la luz que nuestra relación mercantil está integrada en un continuo más amplio de relaciones normativas” (Rendueles, 89). La moral es un código básico que funciona en cada uno de los ámbitos de nuestra existencia, y los límites con lo grotesco siempre los encontramos en esta dimensión tan descuidada por el pensamiento económico. Esto no sucedía tiempo atrás: la economía nació como disciplina junto a estadistas (expertos en política), y su nombre siempre tuvo el sufijo política a su lado. De hecho, etimológicamente, oikonomía en griego se refiere a las normas o reglas de la administración del hogar, lo que dudo es del hecho de que este marco normativo tuviese más que ver con la eficacia y la aritmética que con la costumbre, los hábitos de parentesco o la moral. Si, como para el antropólogo David Graeber, la economía no solo es una cuestión moral, sino que, además, la idea de justicia de una sociedad suele ‘compilarse’ en nuestra moral, ¿no cabe preguntarse por los principios morales que definen nuestra idea de justicia económica y social? Pues bien, parece ser que las sociedades occidentales han ido consolidando una idea de lo ‘justo’ que tiene que ver con la equivalencia y la simetría: principios morales cuya característica más interesante es que pueden traducirse en números y cálculo. Las teorías de la elección racional, el utilitarismo de costes y beneficios, o las versiones liberales del contrato social han sido fundamentales para justificar científica y filosóficamente estas ideas.

Pues bien, parece ser que este intento de traducir a toda costa nuestro comportamiento económico en lógica y matemáticas nos ha hecho pagar un precio bastante caro, sobre todo a aquellas personas que se consideren progresistas o igualitarias: hemos abandonado otras bases, principios o fundamentos morales que funcionan en alternancia con los anteriores citados. Quizás esta combinación de principios o fundamentos morales sería de gran utilidad para que nuestras comunidades frenasen algunos de los excesos que hemos desarrollado en las sociedades occidentales (es decir, amasar cantidades ingentes de dinero o crear una distancia insalvable entre los que más y los que menos tienen). Recuperar un principio tan básico como “de cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades” (Marx, 12) en nuestra idea de justicia económica y social, es un reto, pero a su vez, es una máxima que funciona en muchos aspectos de nuestra cotidianeidad. De hecho, sobre el papel, hay veces que se plasma esta intencionalidad igualitaria. Otra cosa es lo que suceda en la práctica. Por ejemplo, la Constitución española, recoge en su artículo 47 el derecho a una vivienda digna. Imaginemos las implicaciones que tendría tratar de poner en práctica algún tipo de política que limitase los precios de la vivienda para que cualquier persona, solo con ganar el salario mínimo interprofesional, pudiese afrontar la compra o alquiler de una vivienda. Lo que se estaría haciendo con este tipo de políticas igualitarias es introducir en nuestro sistema económico principios morales que no tienen que ver únicamente con la ganancia de beneficios. Algo similar sucedería con la renta básica, o con la gestión y producción pública de recursos fundamentales como el agua o la energía. Es, desde el punto de vista de la moral, cuando podemos entender mejor las bases de nuestra economía. Histórica y antropológicamente, parece ser que cuando distintas lógicas morales se alternan con los principios del intercambio y beneficio, las sociedades son capaces de construir sistemas más igualitarios.

 

Notas

Graeber, D. En Deuda: una historia alternativa de la economía. Ariel, 2014.
Marx, K. Crítica al programa de Gotha. Progreso, 1977.
Rendueles, C. En Bruto: una reivindicación del materialismo histórico. Catarata, 2016.

 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

César Alonso Porras

Estudiante de grado en Ciencias Políticas y Master en Filosofía Política, actualmente vive en Barcelona trabajando en el sector del retail. Además de ocupar su tiempo con el dibujo y la pintura, trata de escribir en sus ratos libres.
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