Breve anatomía del fascismo en la contemporaneidad

David Del Pino

La agudeza y crueldad de la crisis de la Covid-19 ha iluminado de nuevo el convencimiento de nuestra imposibilidad de control sobre la fuerza desenfrenada de la naturaleza. También nos ha permitido retomar lecturas que habían quedado en el olvido y, desempolvándolas, nos hemos topado de frente con la nada baldía idea de la inconmensurabilidad de las fuerzas naturales del filósofo francés Jean-Paul Sartre.

Durante décadas hemos formado parte y aceptado una fiesta macabra que alimentada por una retórica religiosa, consiguió hacer pasar a economistas por representantes de Dios -los mercados- en la tierra.
De esta forma, la ciudadanía con un semblante apesadumbrado, y unas cifras de fallecidos que desgarrarán la memoria de varias generaciones, ha podido caer en la cuenta de la ilimitada agresividad natural.

Aún está por ver si somos capaces de exhortar y desnudar a quienes nos abrieron la puerta de la fiesta, obligándoles a que devuelvan las instituciones y restablezcan la democracia y la soberanía. Lamentablemente a día de hoy es una actitud defectible.

En esta coyuntura tan inusitada e insólita en la que nos encontramos, desgraciadamente nos hemos visto sumergidos en un clima desesperanzador, posibilitando el retorno de conceptos que inestablemente mantenían su anonimato, escondidos en libros viejos de los cuales la incasable maquinaria de producción global de realidad había cerrado con un cerrojo y tirado la llave a la profundidad del océano.

El regreso del concepto de fascismo no es novedoso y resultante de la pandemia que asola al mundo en su finita existencia, sino que es el resultado de un resurgir de monstruos políticos que se han estado alimentando en los últimos años de la incertidumbre y miedo que genera un modo de vida fantasmagórico, como consecuencia de la miseria moral de unas élites en su infinita ansia de perfectibilidad del homo economicus.

Lo peor de todo es tratar el fenómeno en cuestión con la equidistancia y compasión que el individuo sano manifiesta hacia los enfermos –fascistas- y que eleva a desprecio porque no puede comprender cómo son capaces de soportar tales sufrimientos. Sentimientos profundamente exagerados, porque no tienen nada que ver con la realidad del enfermo, ya que es el resultado de un error de razonamiento, de una absurda sospecha, en la medida en que el hombre enfermo está condicionado por la irrupción de una perturbación y, por tanto, es un ser crédulo de excesos verbales; y eso es un craso error.

El individuo ‘enfermo’ es un ser sano que decide apostar por unos elementos culturales en detrimentos de otros, dentro de la esfera de lo que es considerado en una determinada coyuntura histórica como sentido común, y esto es, el resultado de una disputada circulación de sentidos de época, a través de los cuales la división antagónica queda situada en el golpeo de las minorías y los más desfavorecidos.

Por consiguiente, no hay comentario más desafortunado que el “No hay nada más tonto que un obrero de derechas”. El despliegue de la manida tercera vía desplegada por el sociólogo Anthony Giddens epitomizado por un Clinton en Estados Unidos desregulando la maquinaria financiera; un Tony Blair considerado por Margaret Thatcher como su mejor creación; Schröder realizando unas escalofriantes reformas económicas liberales; Hollande en su incansable ortodoxia fiscal que rozaba la obsesión; y un José Luis Rodríguez Zapatero aceptando la venta de la soberanía española ajustando el artículo 135 de la constitución por la que se daba prioridad al pago de la deuda, por tanto, al rescate de los bancos alemanes y franceses, por encima de los servicios públicos estatales, han dado alas e hinchado a partidos políticos radicales, que han conseguido arañar votos en el caladero tradicional de la izquierda.

No debería sorprendernos. A pesar de que parte de la izquierda siga culpabilizando y ridiculizando al obrero que vota a fuerzas racistas y xenófobas, son ciudadanos que no están enfermos, sólo concluyen y abrochan un campo de fuerza cultural que la extrema derecha ha alimentado dada la arrogancia y el culto de las finanzas que han mostrado los representantes que decían defender a las mayorías sociales.

El fascismo es un concepto que vuelve a sonar con fuerza en nuestros días. Como hemos dicho anteriormente, había quedado oculto en una nube de polvo de infatigables y extensos textos en las bibliotecas de las facultades de Filosofía, Historia y Ciencias Políticas. Existen muchas controversias en torno a lo que significó en términos históricos. En nuestro país, si uno consulta la bibliografía al respecto, encontrará incontables debates inconclusos de pensadores que desde diferentes escuelas han intentado dar respuesta a la polémica de si el franquismo puede ser considerado un fascismo, o si por el contrario, este término debe ser referido únicamente para el estudio del caso italiano, o para el caso alemán si atendiéramos al nazismo.

Por supuesto, nuestro cometido no es la reproducción holística de estos debates. Nuestra empresa es mucho más modesta. Observando las disputas con cierto estupor, estos debates son estériles para el cometido de comprender el fenómeno en la actualidad. Así, las diferencias entre el régimen franquista y el fascismo italiano, o el nazismo alemán, residirían en la tediosa búsqueda del primero en restituir una teología católica medievalista.

Las vicisitudes anti-modernas de la pléyade franquista con la firme convicción de albergar nuevamente el llamamiento de Dios en la culminación de su obra histórica, se inspiraba en tres etapas señaladas de España.
La hornada de instigadores del llamado bando nacional, se aproximaban loando la unión de Dios y España desde los propios orígenes del cristianismo en la península, hasta aproximadamente el reinado de los Reyes Católicos.

Llegados a este punto, el siguiente movimiento ensalzaba vehementemente el período cantado “cuando no se ponía el sol en las tierras de España”, que concluiría en el siglo XVII. Y, por último, los siglos XVIII, XIX y XX en los que España, por culpa de una parte sustancial de sus conciudadanos tildados de herejes anti-españoles, había dejado de lado el sueño imperial, aferrándose a los designios protestantes de los territorios que nos culpabilizaban con el dedo y, en efecto, era el momento de solventarlo a través de un latrocinio aplaudido como una guerra santa.

Motivos ideológicos, religiosos, económicos y sobre todo anti-modernos (a diferencia del modelo fascista italiano, y del nazismo alemán) han condicionado el recorrido teórico de los estudios españoles al respecto. Paradigmáticas son las controversias acaecidas en el arranque de las negociaciones entre las JONS, dirigidas por el fascista declarado e inagotable lector del modelo fascista italiano Ledesma Ramos, y la Falange Española creada en 1933 por José Antonio Primo de Rivera.

Se dice, y con razones históricas de peso, que el fascismo y el nazismo fueron sucedáneas de las clases medias acomodadas del momento. Sin embargo, en ambos casos confirmaron su autonomía al escapar de las garras del establishment por el que fueron aupados. Pretexto más que justificado para que las clases altas españolas no estuvieran dispuestas a financiar a una formación política dirigida por un Ledesma Ramos que ejemplificaría en su compleja singularidad a los dirigentes fascistas en España. En cambio, los declarados monárquicos entendieron que José Antonio como terrateniente andaluz, grande de España, e hijo desparecido del dictador militar, ofrecía suficientes garantías para impulsarlo y así desestabilizar a la República.

No obstante, la unión de ambos partidos no fue fácil. Y, precisamente en esta complejidad, ubicamos las diferencias que se hallan entre un impulso moderno y populista fascista, y su homónimo medievalista y elitista.

En cualquier caso, se perseguía aludiendo a Heidegger un Dasein existencial o una línea medievalista e imperial de retornar a un escenario de simbiosis con Dios que justificaba un Estado de Excepción y, así, una guerra civil catalogada de exterminio y erradicación de las bases enemigas.

A pesar de lo dicho, y sin restar importancia a los debates tan apasionados que se dan en la academia sobre lo proferido en estas humildes líneas, cometeríamos un gravísimo error si nos dejásemos llevar por herméticas discusiones de personas con despachos abarrotados de libros. Cualquiera de estos modelos, destacando sus singularidades,  se erigieron formando seres espectrales ante el miedo que los unía en sus diferencias: la victoria bolchevique de 1917, y el aumento en número y organización del movimiento obrero europeo.

En consecuencia, el historiador Eric Hobsbawm, en su magna obra Historia del siglo XX (1914-1991), sostenía que el ascenso de la derecha radical en los países europeos tras la Primera Guerra Mundial, era una respuesta al auge y consolidación de la clase obrera en general, y al miedo de una fiebre revolucionaria tras el Octubre ruso de 1917 y la figura de Lenin como uno de los intelectuales indiscutibles de la época. Así, para el caso que nos ocupa, Franco declaró en un discurso en Lugo el 21 de agosto de 1942: “Nuestra cruzada es la única lucha en que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos” [1].

Y así llegó el momento que había de llegar y que unas décadas atrás, ni siquiera en sueños habíamos imaginado que viviríamos: la articulación del reaccionarismo. De nuevo, surgen y se desplazan velozmente paquetes discursivos que distinguen la excepcionalidad entre movimientos desemejantes que imposibilita el estudio una época compartida.

Por supuesto que existen diferencias y singularidades. La extrema derecha en Alemania –Alternativa para Alemania- impulsado por salvajes neoliberales a la derecha del partido de la Canciller Angela Merkel,
Unión Demócrata Cristiana de Alemania, por un tácito desacuerdo en las medidas que se le debían aplicar a Grecia en los años más convulsos de la pasada crisis económica, es una formación política con sugerentes diferencias con el Frente Nacional Francés dirigido por Marine Le Pen.

Disparidades que se observan en el origen del voto a estas formaciones dentro de la estructura social de cada país. Decir que, Alternativa para Alemania y el vertiginoso ascenso que ha experimentado en los últimos años, ha sido motivado por una fidelización de un voto peculiarmente análogo al caso de VOX en España.

Sin embargo, aceptar sine qua non las particularidades de cada fenómeno, despierta un sentimiento de impotencia. Las distinciones existen, pero igual que en los años 30, el ascenso de la extrema derecha es una respuesta de clase a una coyuntura compartida. En algo han acertado, y por lo tanto, la izquierda ha errado estrepitosamente: vuelcan gran parte de sus discursos en ofrecer certidumbre ante una atomización excesiva. La extrema derecha se conformó como fermentos esperando la lluvia que lo hiciera brotar.

Notas

[1] Preston, P., Las tres Españas del 36, DEBOLSILLO, Barcelona, pág. 53


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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