Capote, el padre del nuevo periodismo ¿Se olvidó de la ética?

Truman Capote es recordado como el padre del periodismo moderno tras la escritura de su obra ‘A sangre fría (1966), posteriormente llevada a la gran pantalla en varias ocasiones. Capote tras esta novela, que rompe con el estilo periodístico y el literario de la época, hizo historia y se posicionó como uno de los periodistas más reputados, famosos e ilustres del periodismo.

Sin embargo, dependiendo de la época y del contexto calificamos a los personajes históricos con un adjetivo u otro: Napoleón Bonaparte es considerado como uno de los héroes políticos más importantes de la historia europea, pero si hubiera surgido de la misma manera en el s. XX, sería considerado un dictador como pudieron ser Mussolini o Franco.

El libro, redactado de una forma impecable, muestra desde un punto de vista omnisciente tanto la visión del pueblo como de los organismos oficiales y los asesinos de forma alterna, consiguiendo así humanizar a todas las partes interesadas.

La primera vez que se llevó esta obra al cine fue en 1967 bajo el mismo título que la novela, A sangre fría, mostrando el terrible asesinato de la familia Clutter, con una gran fidelidad a la obra literaria, desde el punto de vista de los asesinos. Lo que nos centra más en el argumento de la propia masacre que desde el punto de vista periodístico.

Es en la película Truman Capote (2005) en la que se enfoca la misma historia desde el punto de vista del propio escritor, en la que podemos ver las técnicas y el trabajo periodístico que tiene que llevar a cabo para poder escribir el libro. Es en esta película en la que te hace plantearte cómo de éticos y profesionales eran los métodos de Capote para conseguir la información y colocarse en la cima de la fama literaria.

Ya desde el comienzo de la película, se muestra a Truman Capote como una persona excepcionalmente inteligente, muy resolutiva y con una pasión desmesurada por el periodismo, y en particular por el caso de los Clutter. Pero también se puede ver entrelíneas una actitud de superioridad, estrafalaria e intransigente, algo que no suele ayudar a los trabajos periodísticos. Sin embargo, como él mismo se definió, era un genio, y conseguía siempre lo que buscaba. La duda en este sentido se centra en las herramientas que utilizaba para conseguir la información requerida.

Comienza a conseguir información de uno de los asesinos, Perry Smith, cuando logra establecer una relación perfecta periodista–fuente. Es decir, una relación de respeto, confianza, persistencia etc. Capote viola el código ético periodístico al poco tiempo: rompe notablemente la distancia ética necesaria con Smith. Se sospecha, incluso, de un enamoramiento por el asesino.

En esta ocasión, según el código deontológico del periodismo, Capote debería haber dejado el caso. En cambio, continuó investigando cada vez más, y afianzando potencialmente la relación que mantiene con Perry. Les consigue un abogado, influyendo así de una forma u otra en la noticia. Probablemente, el amor que comienza a sentir por el asesino se debe a las similitudes en cuanto a las carencias afectivas durante la infancia de ambos. La madre de Perry falleció cuando él tenía 13 años y Capote fue abandonado en numerosas ocasiones por su madre durante la infancia.

Según va avanzando el relato ya no hay solo dudas en cuanto a la ética profesional, sino que ya llega un momento en que también podría haber muchas dudas sobre la moral personal, como individuo.

La primera circunstancia que hace dudar de su ética profesional, surge cuando soborna al jefe de policía con una cantidad importante de dinero para poder así visitar a los asesinos cada vez que lo necesite. En este sentido, se trata de una coacción a organismos oficiales para poder conseguir la información. Una manera muy inteligente de conseguir lo que busca, pero un acto que deja mucho que desear desde el punto de vista deontológico.

Una vez que Perry y Dick, el segundo asesino, se encuentran en la cárcel a la espera de una sentencia definitiva, acude a la celda casi a diario a cuidar y hablar con Perry. Sin embargo, cuando éste se niega a hablar sobre alguna pregunta en particular, Truman abandona la celda. En este sentido, hablamos desde una moral personal, pero en parte también afecta la profesional. Con estos actos, de alguna forma coacciona a la fuente para que hable, ya que hablar con Truman es lo único que tiene para distraerse y mejorar anímicamente. Como profesional, entiendo que este tipo de herramientas y enfoques para conseguir la información no es la más políticamente correcta, pero como persona, se muestra una intención de provecho moralmente muy reprochable.

En cuanto Perry entiende que es la única manera de ver a Truman -a quien considera un amigo- está dispuesto a empezar a hablar. Sin embargo, en todo momento Capote promete a Perry que es necesario contestar a todas sus preguntas para poder ayudarle, pero se basa en mentiras. Cada vez que el asesino le pregunta cómo lleva el libro o similares, Capote niega que haya empezado a escribir, incluso cuando ya se ha hecho la presentación de la propia obra a nivel nacional. En este sentido, podemos hablar de ética personal, ya que el periodista no está obligado a confirmar el proceso del trabajo, aunque según el código deontológico siempre hay que impulsar la verdad. Verdad que nunca salió de los labios de Truman cuando estaba en la celda.

No obstante, el mayor descaro en cuanto a su comportamiento, sucede al final de esta historia: Perry le llama para pedir un abogado, ya que se le ha condenado tanto a él como a su compañero a pena de muerte. Capote le promete que está intentando librarle de su trágico final, pero en ningún momento hace un mínimo esfuerzo por intentar salvarle. Existen muchas teorías sobre esta actitud, pero la más expandida es que le faltaba un final culminante para su novela. Final que solamente sería apoteósico con el ahorcamiento de los dos autores de la masacre.

Tras la ejecución, a la que el periodista asistió, entró en un bucle de alcoholismo, drogas y depresión. De este declive fue resultado una insuficiencia hepática, que le costó su vida en 1984.

¿Merece la pena un buen trabajo a cambio de romper todos los principios morales, tanto  personales como profesionales? Truman pensó que sí. Y eso le costó la vida.


Isa M. Almoguera

Graduada en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Nebrija. Ha trabajado para los distintos medios de Intereconomía radio, La Fábrica Deportiva, Público.tv y TVE. Actualmente estudiando el Máster de Reporterismo y Periodismo de Investigación por el Instituto TRACOR.
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