Con-tacto

“Sino tuviese el sentido del tacto, el ser humano no podría tener sentimiento”

Rudolf Steiner

Tres generaciones coinciden por primera vez. Fuente: Imagen propia.

Cómo miraba mi abuelo, residente en una Residencia de ancianos de Castilla la Mancha, el día de su 97 cumpleaños a su biznieto por primera vez. Era inicios del mes de marzo del 2021 y por primera vez se veían sin cámara, sin videollamada, sin teléfono móvil… Mi sobrino que ha cumplido apenas un año de vida, es de la generación que ha nacido y al poquito estalló la pandemia del coronavirus. Le intento estimular para que mire a su bisabuelo, al cual no había podido ver aún sin realidad virtual y mucho menos tocar. ¡Qué momento más emotivo! Lo ordinario transformado en extraordinario. El con-tacto, de esto vamos a leer, a modo de grandes pinceladas, en este artículo desde una perspectiva antroposófica. Si bien algunas personas creen que sobrevaloramos mucho este hecho del contacto, incluso que se quedará instaurado este rechazo o, al menos, disminución del mismo como “normalidad” pospandémica. ¿Estamos reflexionando sobre esto de una manera profunda? Este hecho de la privación del contacto es algo que me toca profundamente en lo personal, como he querido plasmar en esta fotografía propia, pero que sé que nos afecta a todos de algún modo u otro. Ahora me resuena el lema que popularizó la segunda ola del feminismo: “lo personal es político”. Lema que debe cuestionar las formas de hacer política y el cómo estas nos afectan en nuestro ámbito privado. Sin embargo, aunque este lema lo atraviesa todo, este no es implícitamente el centro de reflexión de este texto.

Desde los estudios antroposóficos se indaga e investiga en relacionar la divinidad con la sabiduría humana. Esta ciencia, creada por el filósofo austriaco Rudolf Steiner (1909) -además se desarrolló como artista, educador, pensador social y literario- es conocida como la Antroposofía [1].  Aunque investiga un conocimiento espiritual de la existencia, que quisiera conducir al ser humano a las profundidades del ser y del mundo, no tiene ninguna afinidad con alguna religión ni pretende ser una doctrina o costumbre religiosa. Tampoco se la quiere relacionar con pseudociencias, corrientes esotéricas o de ocultismo. Más bien, quiere investigar la interconexión existente entre lo tangible y lo intangible, entre en mundo terrenal y el mundo espiritual de la existencia. Steiner también es fundador de la educación Waldorf, la agricultura biodinámica, la medicina antroposófica​ y de la nueva forma artística de la euritmia (ritmo armonioso).

Para Steiner el mundo de los sentidos es esencial para la creación libre del espíritu humano, el cual se educa y se desarrolla a lo largo de toda la vida.

                       Ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos: no los pensamientos meramente corporales o de la sociedad, sino pensamientos generados por nuestro ser más interno y profundo, más original, más esencial y espiritual, nuestra individualidad [2]

Esta individualidad pensada por Steiner, difiere bastante del concepto de individualidad creada por las sociedades neoliberales y capitalistas en las cuales vivimos. Asimismo, para las sociedades occidentales es difícil pensar en términos de espiritualidad sin relacionarlo, de manera prácticamente automática, a la religión judeocristiana en la cual nos han educado desde hace siglos. Por tanto, esta ciencia genera de por sí mucha controversia. Posiblemente tenga que ver, entre otras cuestiones, con el dualismo que experimentamos entre ciencia vs espiritualidad. La consistencia y el rigor que promueve la Ciencia -en mayúsculas-, difícilmente va a convencernos de lo mismo la ‘ciencia espiritual’. A la par que el propio pensamiento cristiano convencional disiente de los estudios de Steiner, sobre todo en aspectos como la reencarnación y el karma, por ejemplo. Pero qué tal si se intentara integrar ciencia y espiritualidad, generar algo más holístico sin desmembrarlo en partes no reconciliables. Este pudo ser el cometido de Steiner a principios del siglo XX con grandes efectos en el presente, no sólo por sus teorías sino también por sus métodos.

Más allá de todas estas cuestiones de suma importancia, me interesa resaltar aquí el desarrollo de los sentidos y la experiencia del cuerpo [3] que también estudió el pediatra austriaco, Karl König, siguiendo la perspectiva antroposófica de Steiner. Para Steiner la dilatada teoría de los sentidos -desarrolló 12- es un trabajo tanto pedagógico como curativo.

En estas líneas nos centraremos en el sentido del tacto, ese que tenemos privado y mermado a consecuencia de la pandemia desde hace ya más de un año. Básicamente una de las restricciones y medida de prevención más acusada es, precisamente, el con-tacto entre personas. Lo cual desencadena irremediablemente muchas implicaciones a diferentes niveles – interrelacionadas todas ellas- en las personas. Tanto en adultos, como en jóvenes y niños.

Para Steiner el sentido es una función que nos permite percibir, tanto a nosotros mismos como lo que está allá afuera, en el mundo exterior. Siguiendo esta teoría antroposófica, el sentido del tacto no existe como tal, sino que existe toda una serie de sentidos relacionados con el hecho de palpar. Por ejemplo, también ‘palpamos’ con nuestra mirada, entrando en contacto con el exterior. La percepción del tacto va más allá de una mera información del objeto palpado o tocado. Este contacto nos confronta con el mundo exterior.

Aquí estamos hablando de la percepción de corporeidad percibida por el desplazamiento y la movilidad que producimos en la interacción con lo que nos rodea. Por tanto, el tacto es el espacio de convivencia donde tienen lugar las experiencias vividas. Esto es así, de hecho, en todas las culturas. Literalmente chocamos con el mundo exterior, percibimos nuestro cuerpo y lo que nos rodea, y todas estas sensaciones nos traspasa la piel. Estas son las vivencias de los límites de nuestra existencia física, que experimentamos tanto a nivel externo como interno (sentido del dolor, de la temperatura, de la presión muscular, de órganos internos, los huesos, etc.). En síntesis, es nuestro estar aquí.

Comúnmente se considera que la piel es el único o el principal órgano del sentido del tacto. Obviando uno de los órganos centrales, que es la delicada red del sistema nervioso. Esta interconexión sensitiva es fundamental para entender con mayor profundidad esta capacidad cognitiva, psicoemocional y espiritual que proporciona el con-tacto, siguiendo esta corriente antroposófica.

Más allá de los límites físicos la experiencia misma del tacto, según Steiner, está situada en lo oculto, es decir, en las vivencias anímicas y actividades del alma, así como en nuestra voluntad. Esto mismo va unido a una de las situaciones más palpables de la pandemia: el sentido del tacto como vivencia del miedo.

Este miedo al con-tacto vivido como temor, sobresalto, inquietud, inseguridad, etc., notoriamente aumentado e instaurado en nuestras vidas en estos tiempos pandémicos, tiene un profundo efecto dentro de la esfera corporal. El miedo yace a mayor profundidad de manera instintiva, emocional, de creencias (diferenciación entre el miedo racional y el miedo ciego), etc., resultando un fenómeno complejo y primitivo. Las alteraciones del curso de la vida que exigen una mayor adaptación de la normalmente establecida, donde peligra el sostén, el orden, la seguridad, el refugio, etc., son factores desencadenantes para la aparición del miedo. Por tanto, una constante preocupación y cualquier forma de miedo se irradian a todo el cuerpo y amenazan el sentido vital.

Una sociedad del miedo es fruto también de los efectos de los medios de comunicación, como desarrolló la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann [4] en sus estudios sobre la opinión pública -dominante- como una forma de control social. Para Neumann la opinión pública es la piel (unido a esta idea del sentido del tacto que estamos desarrollando) que da cohesión a la sociedad.

En suma, regresando a las teorías de Steiner, sentir el tacto de los demás es necesario para la salud. No hacerlo nos introduce en sentimientos de soledad, que suelen ser mucho más complejos. Además, los seres humanos tenemos la piel más sensible de todos los mamíferos. Sabemos ya, científicamente hablando, que dar un abrazo es saludable pues genera endorfinas, estas ayudan a aliviar el dolor y produce una sensación de bienestar. Por tanto, fortalece el sistema inmunitario, ese que nos protege de microrganismos y patógenos peligrosos.

El aislamiento obligatorio (que bien difiere del voluntario, aunque hay mucha polémica con estas cuestiones también) nos ha hecho darnos cuenta de esto. Las normas sociales actuales que impiden gestos de cariño por riesgo al contagio del virus, han relegado el sentido del tacto y, sobre todo, el con-tacto físico a un segundo plano. ¿Qué consecuencias a corto y largo plazo tiene esto? ¿Somos conscientes del importante y profundo valor humano que implica este con-tacto? Un valor no sólo físico y material, sino de los aspectos intangibles de la vida o, si lo prefieren, de los conocimientos psicológicos, emocionales y espirituales de la vida, estos últimos más allá de dogmas religiosos.

Cualidades de percepción y de desarrollo humano fundamentales para todos, desde los más pequeños hasta adolescentes y adultos. Se está escribiendo mucho sobre esto. Sin embargo, ¿qué vamos a hacer al respecto? Estoy segura que es necesaria una reparación también en estos términos aquí expuestos.

Quiero agradecer a mis amigas que me ilustran con métodos de Steiner educativos, particularmente la pedagogía Waldorf, que está centrada en el ritmo de aprendizaje de los niños/as en un ambiente libre y cooperativo, donde los trabajos manipulativos y artísticos son la clave, dicho a grandes rasgos. Especialmente agradecer a Sara, que realiza estudios de máster en Inglaterra sobre este método pedagógico y me pasó bibliografía al respecto. Tanto que aprender. Gracias.

Notas:

[1] https://conceptodefinicion.de/antroposofia/

[2] Robert A. McDermott, Rudolf Steiner and Anthroposophy, en Faivre y Needleman, Modern Esoteric Spirituality, p. 288.

[3]https://elgrialcasadesalud.com/wp-content/uploads/2017/08/El-desarrollo-de-los-sentidos-y-la-experiencia-corporal-Karl-Koenig-1.pdf

[4] Noëlle-Neumann, Elisabeth (1995) La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social. Ed. Paidós. Barcelona.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Ana Fernández Martín

Doctora en Investigación en Humanidades, Artes y Educación por la UCLM con especialización en Antropología y cuestiones de género. Máster oficial de Antropología Aplicada: entre la diversidad y la globalización en la UCLM. Diplomada en Educación Social por la UCLM. Beca Iberoamericana en la BUAP de Puebla, México en la Licenciatura de Antropología Social. Estancia de cinco años en Puebla, México, desarrollando nociones en artes escénicas y estudios culturales y tradicionales de la cultura mexicana.
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