Crónica anunciada de la muerte de un imperio

 

La victoria electoral de Trump el 8 de noviembre de 2016, la verborrea segregacionista ejecutada en los planes que se consumarían con la construcción del muro fronterizo entre los Estados Unidos y México, la crueldad de las políticas de deportación, la negación del cambio climático, y la iniciativa cumplida de fraccionar el país, son consecuencias lógicas de unos acontecimientos históricos que confirman la decadencia de un imperio.

De nuevo, en las elecciones norteamericanas ha sucedido lo presumible, pues es una ley histórica que parece cumplirse con las distancias propias de cada coyuntura. Si todas las encuestas no sólo norteamericanas, también británicas, pronosticaban una holgada victoria para el candidato demócrata Joe Biden, han vuelto a errar estrepitosamente.

Primero Hillary Clinton, y ahora Joe Biden, demuestran con sus resultados, que ni mucho menos los votantes de Donald Trump son estúpidos u obcecados, sino que responden a una dinámica compleja y sangrante en contradicciones en el corazón mismo del imperio. En cualquier caso, el resultado es una victoria de un
Trump a quien todos veían como claro perdedor.

Primeras conclusiones que nos encaminan a realizar una serie de consideraciones comparativas, tal vez un poco apresuradas, pero de esas que las autoridades políticas, económicas, y burocráticas norteamericanas aceptarían con la insolencia e inmodestia correspondiente de quien se ha visto como el rey de la selva y se encuentra en apuros.

La democracia en América dibujada por Alexis de Tocqueville, que adivinaba comparativamente con los sistemas europeos, un modelo dual de sociedad civil y democracia, como dique de contención para que el Estado no invadiera los espacios de la vida social, ha entrado en fase de decadencia que se está manifestando en forma de metástasis por el sistema linfático de la primera potencia de una hegemónica globalización neoliberal tras la caída del Muro de Berlín.

Las extravagancias, y la ferocidad de las contradicciones internas e internacionales que muestran el derrumbe de un imperio, no son nuevas en la historia de los últimos siglos. La caída en desgracia de la Monarquía Hispánica, o lo que es lo mismo, la teología cristiana que concertaba en autoproclamarse la guía de la humanidad hasta la segunda venida de Cristo; y el colapso del Imperio británico tras las sucesivas guerras mundiales, nos permiten observarlos como ejemplos históricos para graduar la magnitud del fenómeno que estamos tratando.

 

Los ejemplos de España y Reino Unido

 

Pero, ¿tal vez no estamos exagerando en las comparaciones? Creemos que no. Por la sencilla razón de que en ambos casos, en España y en el Reino Unido, el trauma y el ridículo interno e internacional fue mayúsculo, y sigue latente en el imaginario colectivo. Si no es así, ¿Cómo explicar el esfuerzo diligente de José María Aznar durante los años que ocupó La Moncloa, y posteriormente desde la fundación FAES, de reivindicar posiciones imperiales frente a la indolente España? ¿Por qué aparece entonces la publicación de un artefacto reaccionario como el texto de Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el imperio español de María Elvira Roca Barea con la ferviente recepción de las autoridades políticas y diplomáticas de primer orden en este país? ¿Y la victoria de Boris Johnson como primer ministro del Reino Unido, y el desafío del Brexit en consonancia con la idea de volver a ser un imperio y recuperar peso en las relaciones internacionales?

Lo cierto es que la decadencia imperial se repite en estilo y forma en los casos mencionados. Los problemas de España tras perder su hegemonía y buscar un sitio cada vez más testimonial en el nuevo orden europeo nacido del tratado de Westfalia (1648), ha perseguido el imaginario de las autoridades españolas desde Carlos II, quien heredó la corona en el 1665, hasta José María Aznar y las publicaciones de Roca Barea, pasando por Ramiro de Maeztu y Franco.

En el Reino Unido admitimos parecidos razonables, salvando por supuesto las singularidades de los casos, pues la retórica de Boris Johnson, y su defensa estival de las estatuas que conforman el imaginario simbólico de quienes realizaron la revolución agraria en el siglo XVIII, tomando ventaja respecto del resto de los países europeos, y permitiendo la construcción del imperio al calor de las leyes del capitalismo moderno, como ejemplifica el salvajismo de la colonización y el trato diferenciado de las colonias británicas a diferencia de las disposiciones premodernas españolas, es más que evidente.

Parece obvio que estamos ante el ocaso de la primera potencial mundial tras el colapso de la Unión Soviética. Tanto la figura estrafalaria de Trump, como las respuestas demócratas de Hillary Clinton y Joe Biden, en detrimento del denostado y pisoteado Bernie Sanders, manifiestan la magnitud de la coyuntura. No nos equivocamos admitiendo, que si el millonario Trump se encuentra disputándose con unos resultados más que encomiables por segunda vez la presidencia de los Estados Unidos, y que muchos ciudadanos norteamericanos siguen confiando en su persona, exhibe que el neoliberalismo como modelo histórico destruye la economía industrial y, en efecto, deshace los fundamentos materiales del sistema político procedente del capitalismo, es decir, de la ética calvinista del trabajo.

El neoliberalismo es un cambio civilizatorio que ha mostrado, y está manifestando en su profunda convicción de masificar la tasa de ganancia, un nivel de sadismo sin complejo. No es únicamente que el millonario Trump se convierta en la alternativa plausible de una parte de la población acomplejada y empobrecida por la financiarización de la economía. Sino que la respuesta masiva de no aceptar el uso de las medidas de seguridad adoptadas en base a criterios científicos, con mayor o menor acierto, de ciertos colectivos en base a una absurda y atormentada idea de libertad, poniendo así en riesgo, su vida y la de los demás, muestra la radicalidad sádica de un pretendido cambio civilizatorio.

El modelo de Trump no es novedoso, ni debería sorprendernos, pues entronca con buena parte de colectivos que no asumen la democracia como finalidad, por lo que la supresión o suspensión de la misma está justificada, siempre y cuando se garantice la longevidad del modelo. Sobran los ejemplos, pero señalar paradigmáticamente las afirmaciones de Friedrich Hayek y Milton Friedman sobre el Chile de Allende y, su defensa de la dictadura de Pinochet.

Aunque afirmemos que Trump sea un peligro público para la democracia y la coexistencia, las alternativas que ha presentado el Partido Demócrata en las figuras de Hillary Clinton y Joe Biden, así como el sistemático juego sucio emprendido contra Bernie Sanders, responden al problema endémico que asola a Estados Unidos.

Biden, como Clinton, representan exactamente lo mismo: el establishment económico y una apuesta por duras y contundentes acciones internacionales. En esto son unos aventajados, pues con la administración Trump se ha disminuido la belicosidad con países extranjeros. Los mensajes de Joe Biden durante la campaña electoral han sido muy claros, y presentan el sentir colectivo de una parte destacada del establishment económico y militar, que apuestan por volver al alma sustancial que conformó las estructuras del imperio: las relaciones capitalistas en base al mito americano como forma de cohesionar y hacer coexistir las fracturas consustanciales a la construcción
histórica de los Estados Unidos, y que con la administración Trump se han vuelto a manifestar.

De todos modos, lo que está claro es que ni el Partido Republicano cada vez más insignificante y desdeñable a favor del personalismo de Trump, como el Partido Demócrata mimetizándose con el Partido Laborista de Tony Blair en el Reino Unido, muestran una alternativa real de los novedosos y mayúsculos desafíos que debería emprender una potencia como los Estados Unidos, si no quieren repetir el camino recorrido en el pasado por España y Reino Unido, que todavía deja secuelas reprimidas que se intentan activar, como si la alternativa a la ferocidad de una revolución conservadora fuera mayor intensidad de verborrea imperial, y por tanto, antidemocrática.

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David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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One thought on “Crónica anunciada de la muerte de un imperio

  1. Muy buena oratoria que dibuja el panorama y futuro de la primera fuerza mundial, en gran parte de cuestiones.

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