De Chaplin a Superman

David Del Pino

La traducción del artículo “La lenteur, une longue résistance” (La lentitud, una larga resistencia) [1] nos brinda la ocasión de nombrar y, así, reivindicar, uno de los poderosos ingredientes históricos modernos –la sociedad de masas– que primero fue determinante en la consolidación de los totalitarismos en Europa y, después, formaría parte de uno de los vástagos pistones que inyecta energía al motor del presente continuo con la etiqueta añadida de haber sido capaz de cerrar cualquier posibilidad de pensar un futuro colectivo mejor. El tránsito y sustitución de la temática y el fondo del cine de Chaplin a la hegemonía de Marvell no es un tema baladí. En estas transformaciones quedan agrupadas, harto elocuente, las grandes e impenitentes estructuras de la biopolítica moderna tal y como fueron descritas en arterias y mentideros por la pensadora Hannah Arendt: “La cultura de masas se concreta cuando la sociedad de masas se apodera de los objetos culturales, y su peligro está en que el proceso vital de la sociedad (que, insaciable como todos los procesos biológicos, en su ciclo metabólico arrastra todo lo que puede) consuma literalmente los objetos culturales, los fagocite y los destruya” [2]. La visión asociada a las películas de Chaplin de una vida pausada, lenta, rigurosa y conectada con los pasiones de la vida humana o, dicho de otra forma, la invitación desinhibida a perder el tiempo, un tiempo no enhebrado con el tiempo de la circulación del capital y, por lo tanto, con la relación social del trabajo, ha dado lugar desapaciblemente a una carga bulliciosa e insomne de representaciones que asfixian y anegan cualquier mundo de la vida alejado del capitalismo.

Los paisajes levantados al calor de esta biopolítica moderna en forma de sociedad de masas serán dibujados y delineados sagazmente por las plumas de Roland Barthes en su  Mitologías y, de Umberto Eco en Apocalípticos e integrados. A ellos no nos vamos a referir. Si bien conforman dos obras majestuosas para acercarnos al fenómeno de la sociedad de masas, ambos se quedan a medio camino en la presentación de la raíz del problema. Igual o, más importante, es también el concepto de Industria Cultural forjado por dos prolijos de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno y Max Horkeimer: “La cultura es una mercancía paradójica. Se halla hasta tal punto sujeta a la ley del intercambio que ya ni siquiera es intercambiable; se disuelve tan ciegamente en el uso mismo que ya no es posible utilizarla. Por ello se funde con la publicidad. […] La publicidad se convierte en el arte por excelencia, con el cual Goebbels, lleno de olfato, la había ya identificado: el arte por el arte, publicidad por sí misma, pura exposición del poder real” [3] Queda claro, pues, que la incipiente sociedad de masas alrededor de la República de Weimar fue uno de los instrumentos más y mejor explotados por las hordas nazis. No obstante, la estructura de época que permitió que expertos macabros en la comunicación como Goebbels iniciasen grandes proyectos de masas en forma de documentales no iba desaparecer con el desplome de las instituciones nazis y sus desangelados protocolos. El fenómeno era ya un monstruo imparable que consolidaría unas relaciones humanas alejadas de lo que en otro curso histórico era una invitación a perder el tiempo y conformar vidas lentas y sosegadas.

Quien mejor lo observó y, así lo escribió en su obra inconclusa de los pasajes de París, fue Walter Benjamin. Benjamin identificó en la figura de Baudelaire y en los grandes escaparates de la ciudad de París la superación del estandarte de l’art pour l’art cuya composición rezumaba una impermeabilidad del arte frente al desarrollo de la técnica y, las fantasmagorías de una estructura fastuosamente inclinada hacia el valor de cambio que anticiparía el tedio, según el autor, de la sociedad de masas y la pérdida del aura: “La creatividad de la fantasía se prepara para convertirse casi en publicidad. La creación literaria se somete en el folletín al principio del montaje. Todos estos productos están a punto para dirigirse al mercado como mercancías” [4]. De esta forma, la sagacidad de Benjamin fue tal que supo identificar perfectamente la desintegración del mundo del “aura” o, lo que es lo mismo, el mundo de la experiencia sensible a causa del surgimiento de una nueva realidad que no permitía el ensamblaje simbólico desde el que los seres humanos ataban sus vidas individuales con acciones y experiencias en forma de conmemoraciones y recuerdos de hazañas. El lugar que ocupaba previamente el narrador y las historias que unían al pueblo en torno a valores y referencias comunes, ha quedado desgarrado por la sociedad de la reproductibilidad técnica y una humanidad que disfruta estéticamente de su propia autodestrucción: “La humanidad, que hace siglos, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en un espectáculo para sí misma. Su autoalienación ha alcanzado tal grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Esta es la estetización de la política que el fascismo propugna. El comunismo le responde con la politización del arte” [5]

Entonces, ante semejante panorama desolador en virtud de la facticidad del principio de realidad neoliberal que nos abruma y subyuga, en nuestra mano está ser capaces de erigir algún mito o sueño prometeico que sostenga existencialmente las reservas que el ser humano mantiene con la transcendencia, lo mágico, y lo simbólico. Elementos, todos, a los que Benjamin prestó mucha atención y por los que se desmarcó súbitamente del marxismo ortodoxo que los tachaba de falsa conciencia. Dicho lo cual, pensar nuevamente un mundo de la vida cercano a las películas de Chaplin puede ser un buen comienzo para huir de la fatiga del libre juego de máscaras y roles sin sentido ni substancia.

 

Traducción del artículo La lenteur, une longue résistance

No cabe duda de que el encierro ha ralentizado el ritmo de nuestra vida, a pesar de la rapidez que permiten las nuevas tecnologías. Ha llegado el momento de reflexionar sobre el enfrentamiento entre la lentitud, a largo plazo, con la velocidad.

Muchas mentes han comenzado a considerar los efectos que el coronavirus y la forma en que la humanidad lo enfrenta podría tener en el ritmo de nuestras vidas. No cabe duda de que el encierro ha ralentizado, al menos durante un tiempo, el ritmo de nuestra vida, a pesar de la velocidad que permiten las nuevas tecnologías. Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos modernos, había elegido para ellos el lema “citius, altius, fortius”, es decir: “más rápido, más alto, más fuerte”. Pero, precisamente, simbólicamente, estos juegos, aquí están en mal estado.

La ecología advierte contra la exasperación del turismo de masas. La aviación y sus obsesiones supersónicas sufren un declive imprevisto. La popularidad de caminar y andar en bicicleta aumentó repentinamente. La idea de una aceleración de la historia, una vez aceptada como obvia, está ganando terreno.

Por tanto, ha llegado el momento de plantearse el enfrentamiento de la lentitud, a largo plazo, con la velocidad. Una lentitud denunciada, denigrada, combatida, desde el siglo XIX en particular, como resistencia a todas las fuerzas de la industria conquistadora. Pero una lentitud que muchas veces ha elevado los valores de la libertad, al protestar contra todos los censores que querían equipararla a la pereza.

Esta es la demostración desarrollada por Laurent Vidal, catedrático de la Universidad de La Rochelle, en un libro premonitorio, ya que apareció el pasado mes de enero, justo antes de la crisis sanitaria, un libro que se titula precisamente Les hommes lents y que lleva el subtítulo Résister à la modernité. Como France Culture siempre ha ofrecido a este programa la posibilidad de no tener prisa, le garantizo que mi invitado aprovechará el privilegio de una hora entera para convencernos en nuestro tiempo libre de la validez de su tesis.

 

Notas:

[1] France Culture, “La lenteur, une longue résistance” [En línea] Disponible en: https://www.franceculture.fr/emissions/concordance-des-temps/la-lenteur-une-longue-resistance?utm_medium=Social&utm_source=Facebook&fbclid=IwAR0s41cu_ETNQCBMBfRQ7-pNs5RcEfHztkQlopHL-a_BnWf_J8GylvQyes0#Echobox=1614693875

[2] Arendt, H., Entre el pasado y el futuro, Península, Barcelona, 2003, p. 311.

[3] Horkheimer, M., Adorno, T., Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos, Trotta, Madrid, págs. 200-201

[4] Benjamin, W., “París, capital del siglo XIX” en Iluminaciones, Taurus, Madrid, 2018, p. 268.

[5] Benjamin, W., “La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica” en Iluminaciones, Taurus, Madrid, 2018, p. 221.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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