Dictadura de lo comercial y televisión

David Del Pino

Si ya en el escrito presentado anteriormente ¿Por qué la necesidad de constituir un Nuevo Campo Mediático? [1] insistíamos apelando en un marco bourdieusiano, a la insalvable relación existente entre lo comercial y la televisión, o dicho de otra manera, la disgregación de los campos autónomos y la constitución disciplinaria y totalizadora de una nueva racionalización existencial. Es el momento, de retroceder en el tiempo y esbozar brevemente a modo de guía o brújula, las condiciones que nos han hecho desembocar en las coordinadas actuales de aquello que el gran filósofo alemán Jürgen Habermas evidenció en Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973). Así, en efecto, bajo el capitalismo hallamos la novedosa situación por la que el campo económico se presenta como una terminante abstracción originaria, es decir, en una incansable búsqueda de disociar las categorías particulares de la ciencia conformada muy erróneamente y de manera ahistótica como “economía”.

En este sentido, uno de los principales motores intelectuales que inspiró a Bourdieu en la riquísima producción teórica que desplegó a lo largo de su vida, fue el estudio de los campos y, la reversibilidad de los mismos en la medida que se concentraba tanto en la particularidad del nomos económico como principio existencial de contaminación total de la sociedad en su conjunto; como del proceso de heteronomización de los campos simbólicos. Esta evolución de su desarrollo teórico coincide con la profunda convicción de que el juego social ya no discurría por la innata competencia de intercambios dentro de un cambio de fuerzas específico, sino por la acumulación de capitales mediáticos –en especial televisivos- que sirven para todos ellos. Permitiendo, la circulación de las élites y el control existencial a través de los principios –naturales- de la economía, en un nuevo escenario histórico definido por David Harvey de acumulación flexible.

La propuesta bourdieusiana, reside en la complejidad de integrar en un sistema abierto, las perspectivas de Durkheim, Marx y Weber. Pero, se plantea especialmente, como puso de relieve en Le sens pratique (1980) (El sentido práctico), la interpretación marxista de lo simbólico, elevando encomiablemente la relación Marx-Weber. Exorcizando los demonios de quienes consideraban que Weber se opuso a Marx en forma de una teoría espiritualista de la historia, sin atisbar siquiera, que el diligente esfuerzo intelectual de Weber se concentró, y esto es una de las apuestas más importantes del pensamiento de Bourdieu, en conducir el materialismo a confines ignotos, categorizado por el pensador francés como ‘materialismo generalizado’.

La determinación del materialismo generalizado implica apostar intelectualmente por la comprensión de que la economía como campo específico de la modernidad, a diferencia de lo articulado por la escuela clásica, no tiene nada de natural, ya que es el resultado de un paisaje de desencadenamientos y abroches históricos y, por lo tanto, no es sólo y únicamente económica. Aquí es más que evidente el componente weberiano del trabajo de Bourdieu, puesto que cualquier intercambio o actividad económica se encuentra – preñada- de una dimensión simbólica de disposiciones que ejercen y otorgan recompensas y sanciones. Así Bourdieu, que tras una serie de peripecias y descalabros, disciplinarios fundamentalmente, fue enviado a finales de la década de 1950 a Argelia. Espacio donde concluyó investigaciones etnográficas, y fue testigo prioritario de la coyuntura que atravesó el pueblo argelino, que coincidía sospechosamente con las experiencias vividas por los destacados padres de la sociología: el paso de una cosmovisión precapitalista a una capitalista; de una sociedad con disposiciones simbólicas tradicionales a la construcción de dinámicas de racionalizaciones modernas. En resumidas cuentas, de una sociedad comunitaria donde se imponía como declaró Bourdieu, la economía de la “buena fe”, a una sociedad de cálculo, ahorro y gasto capitalista.

Dicha experiencia, fue decisiva en la conformación del pensamiento de Bourdieu, debido a que percibió en primera persona la imposición “acumulación originaria”, en muchos casos violenta, de unas dinámicas históricas que no se podían deducir o reducir de agentes económicos como reflejo de una estructura económica y social objetiva. Obviando, pues, una génesis o producción de la coyuntura concurrida en una determinada oportunidad histórica que trataba de escapar tanto del realismo de la estructura, como de la historia del individuo y del grupo construido por el subjetivismo. Por ello, es necesario recalcar una clase particular y no otra de emplazamientos y oportunidades históricas de existencia, que generan y originan habitus, cuya consecuencia inmediata es la configuración de un mundo práctico de disposiciones duraderas y transferibles, o como asegura Bourdieu, estructuras estructuradas que se conforman como estructuras estructurantes, o lo que es lo mismo, la creación y reproducción de situaciones determinadas que pueden ser objetivamente adaptadas.

El concepto de habitus es fulgente sobre la concepción equilibrada de Bourdieu de la historia, y sobre el concepto de campo económico. De esta forma, y como ya hemos expresado previamente, la “economía” se encuentra embeddedness del orden social en el que está inmersa toda práctica humana. Así, parafraseando a Marcel Mauss, Bourdieu entiende por económico “un hecho social total”. Al comienzo de la obra Les structures sociales de l’économie (2000) (Las estructuras sociales de la economía), y también en el desarrollo del curso en el Collège de France que consagra a la Anthropologie économique (1992-1993) (Antropología económica), Bourdieu manifestó palmariamente, que a diferencia de ciertos economistas que requieren el empleo del pensamiento económico lo más acrisolado posible para analizar, sin contar con los trabajos presentados por historiadores, o etnólogos, realidades sociales tan complejas y longevas en el tiempo como la familia, el matrimonio, o los intercambios; él se inspirará en una certidumbre enteramente opuesta: “puesto que el mundo social está presente en su totalidad en cada acción económica, es preciso dotarse de instrumentos de conocimiento que, lejos de poner entre paréntesis la multidimensionalidad y multifuncionalidad de las prácticas, permitan construir modelos históricos capaces de dar razón con rigor y parsimonia de las acciones e instituciones económicas, tal como se presentan a la observación empírica” [2]

Desde el punto de vista de este enfoque, la racionalidad supuestamente natural e inherente de la acción humana no es más que la construcción de una racionalidad capitalista coyuntural y conflictiva que media y atraviesa al individuo mediante el mercado y la técnica. Según Bourdieu, el nacimiento del capitalismo supuso una acumulación originaria de prácticas y racionalizaciones que expresadas en su última valencia conforma un espíritu competitivo erigiéndose como el sustrato objetivo de la realidad.

 

Notas.

[1] Véase Del Pino, D., “¿Por qué la necesidad de constituir un Nuevo Campo Mediático?”, [En línea] disponible en: https://nuevocampomediatico.es/por-que-un-nuevo-campo-mediatico/

[2] Bourdieu, P., Las estructuras sociales de la economía, Manantial, Buenos Aires, 2016, págs. 16-17.


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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