El Anticristo os desea Feliz Navidad

David Del Pino
Isabel Díaz Ayuso: “[…] Dios se hizo hombre, por eso desde el cristianismo, nuestra cultura, celebra el hecho mismo de ser humanos. Esto nos recuerda, que necesitar y necesitarnos, nos hace verdaderamente humanos. En el mundo, lo que en otros tiempos era cristiandad, hoy lo llamamos Occidente a diferencia de las sociedades colectivistas […] Por eso España siempre ha sido un pueblo universal, integrador que promovía el mestizaje en América. Que trataba al otro, al diferente. Y, lo hacía como persona. Ser católico es la antítesis de ser racista o insolidario” [1]

Modernidad y religión son dos epítomes perfectos. Con frecuencia, acostumbramos apoyándonos en ciertos resortes propios del cinismo histórico a calificar la religión desde posiciones modernas como un estadio apócrifo y desfasado. Esta supuesta desnudez idílica se realiza en la Modernidad con una enfática exageración canonizada en la certitud reivindicativa de la ontología individualista par excellence. La proyección modernista hiperbólica entroniza en su plétora de creencias una constante presentada como verdadero sortilegio: el derrumbe de la teología cristiana salvífica perfectamente representado por los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II en España, a una teología estatal, lugar donde se ha llevado a cabo con autosuficiencia la descorporeización de la tutela y guía de Dios-Padre por el Leviatán de Thomas Hobbes.

Así, en los procelosos laberintos de la historia, habríamos cerrado la puerta a la autocondescendencia de las élites políticas anacrónicas dirigidas por los designios de una teología cristiana desfondada, hacia unas élites políticas enmarañadas de una puesta en escena ilustrada basadas en la razón, el progreso y la desmitologización del campo político. Personalidades políticas taimadas y magnánimas en su comportamiento, se alzaron súbitamente al tren de la Modernidad frente a la tradición, o, dicho de otra manera, de la Modernidad frente a la religión.

Dicho proceso supuso el desgarro del velo optimista teleológico salvífico presentado por el cristianismo desde sus meticulosos movimientos tectónicos durante los compases finales del Imperio Romano, consagrándose en el absoluto hegeliano, desde la codificación fastuosa de Pablo de Tarso.

De este modo, cabría decir a diferencia de las reverberaciones estruendosas presentadas por Ayuso, que el origen del cristianismo está basado en la ontología de la antipolítica. Sin arrendarse en exceso, la paciencia geológica y orgánica del primer esquema antipolítico cristiano en contraposición de los asuntos públicos que concitaban mayores adhesiones en la forma de dioses romanos, hizo que la visión protocristiana de una escatología ajena a la ontología de la inmanencia les procurase preocuparse exclusivamente por asuntos que no eran de este mundo.

Sin embargo, y esto es algo que destaca poderosamente cuando leemos a Nietzsche como el martillo de la institucionalidad eclesiástica y no de Cristo como trataremos de desmenuzar, el contexto de la caída del Imperio Romano implicó una nueva atmósfera proclive a la aparición de la obra de San Agustín. Grosso modo la obra de Agustín desgarró desde el interior de la tradición del pensamiento romano y sus lecturas platónicas, el velo optimista y antipolítico del cristianismo.

San Agustín exigió desentrañando la madeja de su tiempo histórico, que la vida de los santos del cristianismo se desarrollase en y con la sociedad. Esto supuso en palabras de Hannah Arendt que: “Al hablar de una civitas Dei, un Estado de Dios, que incluso en circunstancias no terrenales, la vida de los hombres también se determina políticamente. […] Es esta transformación del cristianismo, que culmina en el pensamiento y la acción de San Agustín, la que puso finalmente a la Iglesia en condiciones de abrir al mundo la primitiva reclusión cristiana en el aislamiento, de modo que los creyentes constituyeron en el mundo un espacio público totalmente nuevo, determinado religiosamente, que, si bien público, no era –todavía– político” [2]

Como decíamos, el aquelarre principal de ideas arreció y fue determinante desde las canonizaciones teológicas realizas por Pablo de Tarso. En el aforismo 41 del Anticristo de Nietzsche leemos: “San Pablo, con esa insolencia de rabino que le caracterizó, le dio una forma lógica a esa desvergonzada concepción: -Si Cristo no resucitó de entre los muertos, vana es nuestra fe-. De repente, convirtieron el evangelio en la más despreciable de todas las promesas incumplibles: la desvergonzada doctrina de la inmortalidad personal. Y, por si fuera poco, San Pablo la predicó interpretándola en términos de premio” [3]

Esto supuso un profundo movimiento tectónico generando un gran polo magnético inmunitario y vinculante hasta la nueva reformulación cristiana llevada a cabo por Lutero, poniendo fin así, al intento de exhortarse de los yugos cristianos durante el Renacimiento. En suma, en el Anticristo de Nietzsche observamos defectiblemente como Pablo de Tarso puso fin al “espíritu libre” representado por Jesucristo, al que Nietzsche tiene en alta estima, relacionándolo con Epicuro como las dos personalidades históricas y únicas que han representado eso que a él tanto le interesaba: el espíritu libre.

Así, Pablo de Tarso enmarañado de una retórica de resentimiento característico y epitomizado por el Judaísmo tras las sucesivas derrotas históricas que nunca asumieron fácticamente, y por las que según Nietzsche pasaron de ser un pueblo fuerte y vigoroso a convertirse en un pueblo dolorido y ensimismado revestido de fe. Es decir, hacer pasar todo resquicio de vigorosidad y fuerza a un escenario ensimismado de pecado y fe. Allí donde no podían ganar una batalla, pretendían desnortados y dirigidos por la fe instaurar el resentimiento.

Según Nietzsche, el trabajo paciente y geológico de Pablo de Tarso supuso instaurar y erigir el edificio del cristianismo desde la batería de ideas resentidas del Judaísmo derrotado, configurando así, muy a diferencia de las enseñanzas del “espíritu libre” de Jesucristo, un aparato teológico e intelectual que pretendía la universalidad desde un principio arcádico falso y ficticio. Por lo tanto, destacar las palabras que realiza Nietzsche en el aforismo número 39 de la obra señalada:

Voy a volver hacia atrás y contar la verdadera historia del cristianismo. Ya la palabra –cristianismo- constituye un error. En realidad, no ha existido nada más que un cristiano: el que murió en la cruz. El –evangelio- murió en la cruz. Lo que desde entonces se llamó –evangelio- significó la antítesis de lo que él vivió: una –mala nueva-, todo lo contrario al evangelio. Es falso hasta el absurdo considerar que un –dogma- (el de la redención a Cristo, por ejemplo) lo más característico de un cristiano. Únicamente es cristiana la práctica de Cristo, una vida de la forma en que la vivió el que murió en la cruz. [4]

Dicho esto, el siguiente paso en la breve genealogía del Anticristo de Nietzsche, es la requerida parada en la estación del Renacimiento. Para Nietzsche el Renacimiento evidenció un paisaje loando que amainaba y descerrajaba una proyección verdaderamente crítica más allá de cinismos históricos como los representados por sus dos acólitos precedentes que le ayudaron a conformar su obra El nacimiento de la tragedia: Schopenhauer y Wagner.

Es harto elemental para escapar de malas perspectivas teóricas que vinculan a Nietzsche a lo acaecido por el III Reich de Hitler asegurar el recelo histórico hacia los alemanes que presenta en esta obra, puesto que han sido ellos, y sobre todo Lutero, quienes cerraron y lapidaron la facticidad del mundo representado por el Renacimiento como el suelo tembloroso y volcánico más cercanos a la conquista de la inversión de los valores cristianos. En el aforismo 61 asistimos a uno de los pináculos teóricos de la obra: “Los alemanes le arrebataron a Europa la última gran cosecha cultural que había podido recoger: la del Renacimiento. ¿Se entiende ya que quiere entender lo que fue el Renacimiento? La inversión de los valores cristianos, el intento por todos los medios, haciendo uso de todos los instintos y de todo el genio, de hacer triunfar los valores contrarios, los valores aristocráticos” [5].

Tal es el caso del desprecio que contempla Nietzsche hacia los alemanes que en la última frase de este mismo aforismo profiere estas pesadas palabras: “Si no se consigue acabar con el cristianismo, la culpa la tendrán los alemanes” [6]. Sin embargo, lo relevante de la figura de Lutero, y ya nos acercamos al epicentro de las palabras señaladas por Isabel Diaz Ayuso, es que según Max Weber, autor que consiguió ir más allá de Nietzsche, escalando y coronando escarpadas metas no alcanzadas por el enfermo pensador del Zaratustra, que fue él con su Reforma Protestante quien inspiró e instauró a través de una ascética intramundana las bases para el desarrollo del capitalismo moderno.

Lo relevante de lo dicho, más allá de algaradas discusiones entre escuelas y pensadores críticos con lo expuesto por Weber, es que la Reforma de Lutero conformó la disgregación de la única esfera de valor previamente representada por la teología cristiana salvífica. En suma, esto supuso la conformación de esferas de acción humanas que se disgregaban y negociaban en un estadio caracterizado por la despersonalización y el desvelamiento de las hipérboles teológicas recluidas en la afirmación según la cual Dios era el garante y único benefactor de las ideas de valor, amistad, amor, libertad o poder.

En términos de Bourdieu diríamos que la Reforma conformó un proceso de autonomía de los campos, que en la actualidad y en nombre del principio rector del neoliberalismo, asistiríamos de nuevo a su heteronomización o, lo que es lo mismo, a la concentración y derrumbamiento de la disgregación de las esferas en nombre de la unidad. Lo que antes era teología cristiana ahora es la axiomática del capital.

El proyecto de Díaz Ayuso no es nuevo. Cabe retroceder unas pocas décadas en la historia de nuestro país para observar apesadumbrados como es la continuación de un proyecto reaccionario iniciado por la obra de Ramiro de Maeztu publicada en el 1919 titulada La crisis del humanismo. Obra culmen del pensamiento reaccionario español y fuerza magnética para el proyecto dictatorial franquista. Tras haberse marchado como corresponsal a Inglaterra y, después a Alemania, un Maeztu espasmódico y acongojado por el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, decide embestir teóricamente al proyecto de la Modernidad, pretendiendo restaurar como una alternativa plausible en España, la vuelta a la teología cristiana salvífica encabezada fundamentalmente por los Austrias.

El proyecto de Maeztu fue acogido con entusiasmo y optimismo por las fuerzas reaccionarias españolas del momento, que decidieron poco después rebelarse contra la legalidad de la República e iniciar una guerra denominada con pretensiones medievalistas por la Iglesia española tutelada por el Vaticano, como de guerra santa contra el hereje “los rojos”. El pensamiento de Maeztu fue irremisiblemente enfático en los procelosos laberintos dictatoriales franquistas para la búsqueda antimoderna de conformar la unidad frente a la disgregación de las esferas de la vida.

Esto quiere decir, so pena de repetirnos en exceso, el retorno del ensalzamiento de la figura de Dios como fundamento último de todas las cosas que se dan en la Tierra. Lo peor de todo, no es únicamente que estas líneas intelectuales dominasen poderosamente las décadas más sangrientas y negras de la historia de España en el siglo XX, sino que en la actualidad, líderes políticos tan importantes como Díaz Ayuso por la responsabilidad institucional que ejercen, continúen apelando a una propuesta antimoderna según la cual los valores humanos (amor, justicia, libertad, y verdad) quedan supeditados en una perfecta adecuación con una ontología de la transcendencia.

Estemos de acuerdo o no con el arsenal crítico propuesto por Nietzsche en el Anticristo, consideramos que es una estación inexorable para toda aquella persona que pretenda cuestionar el modelo universal y teológico antimoderno defendido por una Díaz Ayuso y un Partido Popular que siguen manteniendo latente, algunas veces manifiesto, una pulsión totalitaria hacia la ontología de la trascendencia de un Dios que ya guió en el siglo XX los pasos sangrientos de una de las últimas dictaduras que conoció Europa: la franquista.

Con lo que acabo de decir he llegado a mi conclusión; pero antes de dar por finalizado este escrito voy a dictar mi sentencia. Yo condeno al cristianismo, yo lanzo contra la Iglesia cristiana la más terrible de las acusaciones que haya formulado jamás fiscal alguno. Considero que dicha Iglesia representa la mayor corrupción imaginable, que significa la voluntad de corromper de la forma más definitiva posible. La Iglesia cristiana no ha dejado de corromper cuanto ha tocado; ha desvalorizado todo lo valioso; ha convertido toda verdad en mentira, y toda honestidad en vileza del alma. […] ¡Y pensar que medimos el tiempo tomando como punto de partida el día nefasto en que comenzó semejante fatalidad, el día primero del cristianismo! ¿No sería mejor medir el tiempo a partir de su último día? ¿A partir de hoy? ¡Inversión de todos los valores! [7]

Notas:

[1] Díaz Ayuso, I. (2020) “Ser católico es la antítesis de ser racista o insolidario” [En línea] Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=f7xi1L9U0wM

[2] Arendt, H., La promesa de la política, Austral, Barcelona, 2015, pág. 171

[3] Nietzsche, F., El Anticristo, EDIMAT LIBROS, Madrid, 2012, pág. 492

[4] Nietzsche, F., op.cit., pág. 489

[5] Nietzsche, F., op.cit., pág. 520

[6] Nietzsche, F., op.cit., pág. 521

[7] Nietzsche, F., op.cit., págs. 522-523

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David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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