El despertar de un profundo sueño

David Del Pino

La crisis globalmente manifiesta de la COVID-19 no sólo ha golpeado dura y cruelmente a la población mundial, aunque destacar que a unos países más que a otros, ya que tanto la geografía, como la misma en disposiciones políticas y estratégicas de largo alcance canonizadas en sistemas productivos, o en relación a la asimetría capital/trabajo, influyen enormemente; sino que ha puesto en evidencia, y ha mostrado en toda su ferocidad, un secreto a voces: la existencia de desigualdades sociales, que son, por tanto, consustanciales al despliegue del capitalismo. Modelo que ya en la contemporaneidad observamos nítidamente como una maquinaria inservible sin la colonización desmesurada en espacio y tiempo de todas las esferas de la vida. Así, la crisis del coronavirus ha vuelto a situar en el centro de la diana modelos intelectuales y de praxis, que frente al auge de los estudios culturales y de identidad, habían sido menospreciados como paradigmas decrecientes y maltrechos.

Mucho antes de la crisis sanitaria que nos asola en el presente, y devenida en crisis política, institucional y económica, aunque muy a nuestro pesar, no de modo de vida, pues el neoliberalismo conformado en un continuo placer instantáneo atravesado por la constitución de máquinas asignificantes (Guattari), se interesa en cerrar la posibilidad de transformación, aunque simplemente sea en el imaginario; la crisis económica del 2008 que, también se manifestó en espíritu y desesperanza, supuso freudianamente el retorno de lo reprimido, es decir, repensar las desigualdades económicas y la lucha de clases. No obstante, debemos dejar claro para quienes se interesen malintencionadamente por estas palabras, que el retorno de lo reprimido, no se articuló, y está bien insistir en ello, sin desconsiderar y despreciar la relevancia mayúscula y atravesada de otros conflictos sociales. Conflictos, que mantienen siempre, una relación muy estrecha con la desigualdad económica, o lo que es lo mismo, son dos caras de una misma moneda.

Como decíamos, la crisis de la COVID-19 nos ha hecho despertar súbitamente y percibir las desigualdades materiales en todo su salvajismo e iniquidad. Y si no, ¿Cómo es posible explicar la disparidad de cifras en el número de contagios entre barrios con mayor renta per  cápita y otros con menos en la ciudad de Madrid? El estado de vigilia en el que permanecíamos impertérritos ante una retórica gerencial y empresarial del Estado, nos imposibilitó a observar en gran medida, que detrás de los novedosos discursos de unos gobiernos orientados a los mercados, se hallaba una locomotora denominada ideología. Motor principal de la revolución conservadora del neoliberalismo como gustaba decir Bourdieu, que no se presenta como una falsa conciencia, a pesar de que en muchas ocasiones se tienda a leer así. Para ello recomendamos encarecidamente la lectura Marxismo y literatura de Raymond Williams.

Bajo la tutela de esta ceguera, con la correspondiente puesta en escena de mensajes políticos tan osados como no hay alternativa de Margaret Thatcher en su incansable lucha contra los sindicatos en 1980; o sentencias de politólogos estadounidenses como Fukuyama menospreciando en gran medida el potencial de la filosofía de Hegel, al afirmar el fin de la historia; se comenzó a tejer un aparataje de totalidad cuya conclusión debía ser una transformación antropológica. Ante un escenario como el dibujado, nos descubrimos como en aquellos magníficos poemas de Paul Valéry, buscando las huellas crípticas y enigmáticas tan difícilmente comprensibles a ojos de la sensibilidad humana.

Por lo tanto, el hecho de resituar la desigualdad económica en el corazón de las sociedades contemporáneas, nos obliga como imperativo ético, a aportar conocimiento e ideas, de lo que debe ser una alternativa progresista, democrática y que atienda también al tan denostado mundo de la vida. Si en ‘Por más Estado ante la COVID-19’ [1] insistíamos en la imperiosa necesidad de restituir las funciones perdidas del Estado, pues es el único actor que garantiza desde el monopolio de la violencia física y simbólica un escenario lo más justo posible en cuanto a paliar la ontológica lucha de clases. Es momento de mencionar programáticamente algunas líneas de acción.

No obstante, se ha reiterado la necesaria cuestión de la materialidad olvidada en demasiados diagnósticos que en las últimas décadas centraban su atención en cuestiones culturales y de identidad. Creemos, y no consideramos pretencioso admitirlo, que desde la década de los años 70, tras la crisis sistémica del capitalismo a nivel global, el desafío por el poder residió en una batalla por determinar el sentido cultural del momento. Pero, identificar alternativas plausibles por muy pequeñas que sean, pues toda transformación que se pueda acometer en estados como el español, no será del agrado de aquellos que queremos y buscamos mayor justicia y redistribución de la riqueza y del poder, debe estudiar escrupulosamente la obra del sardo italiano Antonio Gramsci. En destacados textos como Antonio Gramsci. Del liberalismo al comunismo crítico o Hegel e la libertà dei moderni, Dominico Losurdo reivindica el papel que juega la superestructura en el pensamiento gramsciano, dentro de un sistema de producción y relaciones materiales injustas y deleznables.

En este sentido, en una realidad histórica o coyuntura política determinada, en nuestro caso, la crisis de la COVID-19, desde un posicionamiento estrictamente gramsciano (alejado de interpretaciones contemporáneas que lo acercan a la democracia radical), tendríamos que atender a las diferentes estructuras temporales que pueden perfectamente converger en una misma contingencia. En lo que respecta a las líneas con posibilidad de convergencia, encontramos posiciones fuertemente sedimentadas que resisten con gran solvencia los cambios. Estamos hablando de las estructuras materiales de producción. Y, por otro lado, ubicamos otro espacio más volátil, mutable y transformador denominado cultural. De esta manera, Gramsci fue un adelantado a su tiempo. Entendió perfectamente, que toda disposición transformadora y democrática debía prestar atención a diferentes dinámicas temporales, convergentes, pero relativamente autónomas.

Asimismo, la lectura intelectual de lo acometido, puede guiarnos en tiempos tenebrosos y desquiciantes, hacia una apuesta decidida de reubicar el Estado y las burocracias en la posición que los corresponde  si quieren seguir denominándose democráticos. La puerta está abierta, y no debemos perder la oportunidad. Ya que, y visto en perspectiva es desalentador, la alternativa a mayor intervención estatal, y control público e impersonal, son formaciones políticas siniestras que no tienen mayor principio que defender la atomización de lo comunitario; la desaparición de los lazos democráticos de unión; la defensa a ultranza de la libertad del dinero, por lo tanto, la libertad de los ricos, etc.

En definitiva, la alternativa al modelo Estatal inspirado en los escritos sobre la burocracia de Max Weber, se dirime entre aquellas fuerzas políticas que apuestan o bien por la transfronterización de la economía, y por tanto, por la depauperación de los servicios públicos, pues éstos se pagan con unos impuestos que el Estado dejaría de percibir; o bien por formaciones proteccionistas cuyo principio nuclear es la división social entre ganadores y perdedores traducido en el rechazo y desprecio del penúltimo al último en un alegato de sálvese quien pueda.

Notas

[1] Véase Del Pino, D., “Por más Estado ante la COVID-19”, [En línea] disponible en: https://nuevocampomediatico.es/por-mas-estado-ante-la-covid-19/


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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