El futuro del periodismo (IV). El palo y la zanahoria

Luis Velasco

El pasado 5 de noviembre se publicaba en el BOE el Procedimiento de actuación contra la desinformación, aprobado por el Consejo de Seguridad Nacional, con el objetivo de “luchar contra la desinformación” [1].

Desde entonces no han sido pocos los que han hablado de Ministerio de la Verdad, en referencia a 1984, la obra de ficción distópica del escritor y periodista británico, George Orwell, donde el Gobierno somete y controla sistemáticamente a los ciudadanos. Además, estas voces contrarias a la comisión ministerial aseveran en sus respectivos espacios que el Gobierno pretende censurar los contenidos informativos que se emiten desde los medios.

No han escatimado esfuerzos para señalar que lo que pretende el Gobierno es “controlar” la información y “coartar” la libertad de expresión. Afirmaciones muy duras que muchas personas han hecho suyas y que han profundizado en el cisma del espacio público. Por lo que se ve, de todas las trampas posibles, la que mejor funciona es la más antigua: el palo y la zanahoria. Porque lo que pretende esta orden ministerial, es justo lo contrario.

Las sociedades democráticas se sustentan en múltiples pilares. Y uno de ellos es el acceso a la información veraz a través de los medios de comunicación, que convergen en un instrumento que permite a la sociedad formarse una opinión sobre los asuntos políticos o las cuestiones sociales.

Es por ello por lo que nuestra Constitución recoge en su Artículo 20 derechos democráticos como la libertad de expresión, la libertad de opinión y el derecho a la información, que garantizan, por ejemplo, un debate público durante los procesos electorales.

En este sentido, el Consejo Europeo de los días 13 y 14 de diciembre de 2018 aprobó un Plan de Acción contra la Desinformación, establecido por la Comisión Europea y el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), a fin de hacer frente a la desinformación durante los procesos electorales europeos, así como nacionales y locales que se celebraron en los países miembros de la Unión Europea durante 2019 [2].

De hecho, la Asamblea Nacional francesa aprobó en 2018 una ley para luchar contra las noticias falsas durante los periodos electorales [3]; y en Alemania, que suele utilizarse como un espejo donde mirarse, se aprobó la Ley Facebook que castiga con hasta 6 años de cárcel a quien difunda noticias falsas [4].

Pero ¿qué se entiende por noticias falsas o desinformación? Cogiendo la definición de la Comisión Europea, la desinformación es “la información verificablemente falsa o engañosa que se crea con fines lucrativos o para engañar deliberadamente a la población”.

La aprobación de la orden publicada en el BOE, que toma como punto de partida este Plan de Acción europeo y que va destinado a luchar contra las campañas de desinformación que pueden alterar la actividad de una democracia, fue avalada por Johannes Bahrke, portavoz de la comisión europea, que aseguraba en el pasado mes de noviembre que el protocolo español ofrece “los instrumentos y los actores que garantizan la participación de España en los diferentes instrumentos establecidos por el Plan de Acción de la UE contra la desinformación de 2018”.

No se puede caer en el dogmatismo ni en el relativismo. No vivimos en un mundo de mentiras, como presuntamente se pretende hacer creer desde diversos medios, sino de intereses. Y la prueba de ello es la evidente polarización del espacio público, existente mucho antes del anuncio de esta orden ministerial, agravada por las incesantes informaciones dramáticas, inexactas y partidistas en torno a cualquier hecho sucedido en nuestro país, pues es fácil comprobar que la realidad es distinta en función del medio en el que uno se informa.

A lo largo de esta serie de artículos, hemos insistido en varios conceptos de la filósofa política, Hannah Arendt, que buscando reconciliar la verdad con la política, diferencia dos tipos de verdades: la verdad factual y la verdad racional. La primera es política por naturaleza, pues configura el pensamiento político, y por tanto se encuentra sometida a circunstancias cambiantes o mutables. La segunda tiene que ver con valores intangibles y con apreciaciones argumentales que pueden estar sujetas a manipulaciones o inexactitudes.

Los hechos y las opiniones pertenecen al mismo campo, pero hay que diferenciarlos, deben mantenerse separados, pues los hechos dan origen a las opiniones, y éstas ganan legitimidad cuando respetan la verdad factual. En este sentido, decía Arendt que “la libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información” [5].

No se trata de imponer una verdad, sino de reflexionar sobre ésta y descubrir si es capaz de resistir a la crítica pública. La verdad depende de la calidad de los argumentos, al igual que la opinión, como señalaba el ilustre filósofo español, Gustavo Bueno: “La opinión no vale nada si no tiene un argumento detrás” [6].

La verdad de los hechos, si pone al descubierto intereses parciales, lucrativos y partidistas, se recibe con mucha hostilidad. Y es lo que está sucediendo en la actualidad con los medios de comunicación y muchos periodistas y personajes políticos, que han acogido esta comisión ministerial como una especie de instrumento de represión, cuando en realidad va dirigido, principalmente, a combatir y alejar las desinformaciones de las noticias realmente veraces.

¿Pero por qué asusta tanto esta orden? Pues porque sienta las bases para que no se deformen los hechos en aras de un interés particular; y en un mundo donde la información y los lectores desempeñan la función de mercancía, este Plan de Acción se revela como una bomba para los medios que difunden informaciones parciales, aunque en realidad la orden publicada en el BOE no va dirigida contra los medios en sí, sino contra las posibles campañas de desinformación que se puedan realizar, que confunden a la ciudadanía y que atentan contra las sociedades democráticas, independientemente de la ideología que impere en dichas campañas.

Y es que la verdad factual puede erigirse como algo incómodo y, en esa tesitura, los hechos suelen revestirse como opiniones. Es decir, cuando a los distintos actores no les conviene la verdad de hecho, ésta se relativiza para restarle valor.

¿Y qué es lo opuesto a la verdad factual? No es el error, y mucho menos la opinión, sino la falsedad, la mentira, la ausencia de un contenido determinado. El problema no está en dar u ofrecer una información errónea o incompleta, sino en hacerlo deliberadamente.

No se puede caer en la demagogia. Y para todos aquellos que recurren a Orwell para atacar esta orden ministerial, el escritor británico ya era consciente de esta estrategia deliberada de transmutar las verdades en meras opiniones y esto se refleja en la ya citada obra, 1984. Y por ello, Orwell decía que el primer acto revolucionario era decir la verdad.

Y si los propios periodistas nos asustamos de medidas que pretenden combatir las desinformaciones, estamos apañaos. Porque en la teoría, el periodista es el profesional de la verdad, y como cualquier trabajador debe ser lo más competente posible. No es que no deba cruzar la línea divisoria de la verdad de los hechos y la mentira, sino que es quien tiene que señalar ese límite.

Si lo único que pretendemos los periodistas es informar a la sociedad basándonos en los hechos, ¿por qué temer y atacar una orden que, además de ser apoyada por la Unión Europea, ya se venía realizando en otros países miembros? ¿Será por los presuntos intereses lucrativos por parte de los medios y los actores políticos y económicos como se evidencia, por ejemplo, en la retahíla de casos de corrupción en España?

¿Sólo los periodistas debemos velar por la verdad? Como ciudadanos, todos debemos mirar por la buena salud de la democracia. Y ello pasa por saber diferenciar las informaciones perniciosas de los hechos en sí.

Rescatando el concepto de quinto poder de Ramonet, el periodismo, entendido como servicio público, debe ayudar a la sociedad a consumir información de forma saludable, generar una cultura crítica que nos permita diferenciar lo falso de lo verdadero, para combatir así las desinformaciones que pululan no solo en los medios, sino en las redes sociales, que se han revelado ya no como una fuente de información prodigiosa para la ciudadanía y los medios, sino como el principal germen de la desinformación.

 

Notas

[1] BOE.es – Documento consolidado BOE-A-2020-13663. (2020, 30 octubre). Recuperado de https://www.boe.es/eli/es/o/2020/10/30/pcm1030/con

[2] Comisión Europea. (2018, 26 abril). La lucha contra la desinformación en línea: un enfoque europeo. Recuperado de https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/PDF/?uri=CELEX:52018DC0236&from=PL

[3] Arancibia, M. (2018, 11 octubre). La Asamblea Nacional francesa aprueba una ley contra las «falsas noticias». Periodistas en Español. Recuperado de https://periodistas-es.com

[4] BBC News Mundo. (2018, 4 abril). El país que castiga con hasta 6 años de cárcel a quienes difunden noticias falsas. Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-43628414

[5] Arendt, Hannah (2016): La condición humana. Barcelona. Ediciones Paidós Iberica.

[6] La 2. (2016, 12 febrero). Imprescindibles – Gustavo Bueno. La vuelta a la caverna [Archivo de vídeo]. Recuperado de https://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-gustavo-bueno-vuelta-caverna/3485086/

[6] Arendt, H. (2017). Verdad y mentira en la política. Página Indómita.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad 
de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. 
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Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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