El mito de la sociedad de consumo

David Del Pino

Que asumamos en este preciso momento que la sociedad de consumo se ha erguido en un mito ganador no es nada nuevo. Dado el número de voces contrastadas que se han ido acumulando en las últimas décadas para hablar sobre esta cuestión, nuestra intención es mucho más humilde. Simplemente apuntar algunas cuestiones no lo suficientemente planteadas y señalar algunos de los nudos gordianos más significativos. La sociedad de consumo ha impreso unas coordenadas de vida que han desdibujado las condiciones de la experiencia pretérita. Esto quiere decir que, la profusión de mercancías a elegir en un monstruoso supermercado, ha obtenido su gran victoria, no ya en el hiato contrastado de aumento de producción y constante desempleo sin poner en riesgo su reproducción, sino de empujar hacia un déficit de la experiencia que ha hecho saltar por los aires la solidaridad y la pertenencia de clase. Mas no hablamos de una pertenencia de clase en términos objetivos en función del lugar que cada cual ocupa en el paisaje social, lo que referimos es precisamente a las condiciones subjetivas y emocionales que hacían posible una vivencia parecida o reconocible con el resto de la comunidad.

Esto no significa, y en esto quiere ser meridianamente claro, que evoquemos en forma de epifanía la desaparición de los sujetos, la espontaneidad y la complicidad emocional entre nosotros, craso error cometido con demasiada frecuencia por los pensadores de la postmodernidad, pero no es menos cierto que, la pérdida de la experiencia que tanto dolor ocasionó a Walter Benjamin, como consecuencia, en gran medida, por el riego de mercancías y la victoria de su mitología –fetichismo de la mercancía-, está ocasionando que la sociedad tras el mayo del 68 haya alcanzado una sobredosis opulenta de simulaciones y simulacros.

Con el objetivo de arrojar una luz fulgente sobre el ocaso de la experiencia y la dominación de los centros comerciales y el paquete de vacaciones de El Corte Inglés, tomaremos prestado la letra del cantante norteamericano Bruce Springsteen titulada The River. La música, como cualquier otra dimensión cultural, es el resultado lógico de la intersección de algunos puntos históricamente cardinales que convergen y confluyen dando como resultado un tipo de estructura, ritmo y letra. Si bien es cierto que el estudio de la música en su conjunto, y de sus compartimientos singulares, requiere de un tipo de conocimiento y estudio que permita discernir la virtuosidad, grandilocuencia y majestuosidad de unos frente a otros, no es menos cierto, que los músicos y artistas, no se hallan ajenos a los surcos históricos sedimentados, por lo que existe en nudo intrincado e irresuelto entre virtuosidad y aquello que Foucault denominaba episteme, es decir, estructuras de pensamiento que son dominantes en un período histórico y que pueden cambiar en otro.

Dicho lo cual, la letra de Springsteen muestra a todas luces la estructura de la experiencia situada en el modelo industrial que el mito de la sociedad de consumo ha desvencijado y volatilizado. Representativo de la experiencia de clase situado en el modelo industrial serían estas palabras de Springsteen:

Then I got Mary pregnant (Entonces dejé embarazada a Mary)

And man, that was all she wrote (Y hombre, eso fue todo lo que ella escribió)

And for my nineteenth birthday (y para mi decimonoveno cumpleaños)

I got a union card and a wedding coat (Tengo carnet sindical y abrigo de boda)

We went down to the corthouse… (Bajamos al juzgado…)

No hace falta decir mucho más, no solo para representar lo que queremos decir con el desplome de la experiencia, el derrumbamiento de un tipo de comunidad de clase que no debe ser añorado nostálgica y acríticamente, ya que su dureza y crueldad fue desmedida, por lo que necesitamos cartografiarlo sin tapujos o anteojos ideológicos merced de estar en condiciones de establecer buenos diagnósticos en el presente, sino del parecido que conserva la letra de  Springsteen con las palabras abultadas y vibrantes de Ana Iris Simón que ya analizamos aquí. Sin embargo, la enjundia de la letra no se detiene en este lugar, puesto que es capaz de atisbar el ocaso de una experiencia de clase vinculada al modelo capitalista industrial y el surgimiento de una nueva realidad acelerada y escalofriantemente fluida y volátil “todo lo sólido se disuelve en el aire”:

I got a job working construction (Tengo un trabajo en la construcción)

For the Johnstown Company (Para la empresa Johnstown)

But lately there ain’t been much work (Pero últimamente no ha habido mucho trabajo)

On account of the economy (Por  la economía)

Now all them things that seemed so important (Ahora todas esas cosas que parecían tan importantes)

Well mister they vanished right into the air… (Bueno, señor, desaparecieron en el aire…)

Resulta, pues, claro pensar que en gran medida, la sordidez y complejidad de tomar un respiro y estudiar sobre la estrechez a la que nos vemos sometidos sistemáticamente ha sido consecuencia, no simplemente de la rápida expansión de la aldea global, sino de los intentos bien conjugados de auspiciar la libertad en el consumo, asumido en última instancia, con el esquema de lo aspiracional que ya elaboramos en Los espectros de la desigualdad. Todo esto es lo que hemos denominado: mito de la sociedad de consumo. Un mito que se ha impuesto sobre el conjunto de las sociedades y, por lo tanto, se yergue como un esquema de pensamiento vencedor que estructura nuestras apuestas subjetivas.

Por ello, y para entender de lo que estamos hablando, sería conveniente delinear brevemente la importancia de los mitos para el ser humano. Conjunto de historias y relatos que bajo diferentes declinaciones a lo largo del decurso histórico han respondido siempre a las mismas necesidades escatológicas y transcendentales que nos acompañan desde nuestro nacimiento como especie. El estudio emprendido por antropólogos del siglo XIX y XX sobre esta cuestión, tales como Lévy-Bruhl, Tylor, o más recientemente Lévi-Strauss, muestran que los procesos emprendidos para clasificar y ordenar el mundo y el irrefrenable ejercicio de la naturaleza, tanto para los llamados “salvajes” como para los “civilizados” expresan el mismo deseo de la naturaleza humana, según el cual, buscamos vivir en un universo ordenado por el que paliar el caos inicial y el desorden continuo. Así, el mito guarda una estrecha relación con la necesaria función social reguladora para que un tipo de orden se exprese en el cuerpo y sus acciones sin problematizar o sin entrar en mayores contradicciones. A su manera, el mito ofrece una explicación del mundo, y el mito de la sociedad de consumo es un tipo de configuración de lo social basado en la compra y venta de todo lo que en décadas pasadas hubiera sido impensable.

Las primeras piedras de este edificio en su magnificencias contemporáneas se yerguen en los albores del 68. Hasta la seducción de las energías y ansias de libertad entronizadas en el año 1968 por publicistas al servicio de los apóstoles del neoliberalismo, un mito político con posibilidad de articulación y de auspiciar transferencia de fuerza era el de la Revolución. Hasta bien entrada la década de 1970 y sobre todo, con el derrumbamiento del muro de Berlín, la simple entonación del vocablo “Revolución” erizaba los pelos de miedo a unos y generaba sonrisas placenteras y ansias de cambio y transformación social en otros. Pocos pensadores han sido capaces de expresar el desencanto, ocaso y quiebra de las pasiones vinculadas a la Revolución o, simplemente, la transferencia de energías hacia horizontes futuros, como Jacques Donzelot en su La invención de lo social.

El mayo del 68 trajo aparejado un conjunto de reivindicaciones subjetivas y emocionales que en manos de publicistas fueron nitroglicerina que hicieron saltar por los aires las rigideces del modelo industrial con todo lo que ello conllevaba en materias tan sensibles como economía, consumo, políticas estatales, derecho laboral, etc. Pero, sobre todo, lo que trajo consigo y que puso de manifiesto la caída del muro de Berlín y que la filósofa Susan Buck-Morss expresa magistralmente en Mundo soñado y catástrofe, es la cancelación de pensar un mundo otro, el vaciamiento absoluto del vocablo Revolución, y de cualquier sueño utópico por vivir en un mundo mejor y más justo.

Tanto es así que escuchar himnos musicales afamados y repetidos del 68 es un ejercicio de retromanía y melancolía trágica por unas coordenadas históricas para las que pensar en un futuro alternativo aún era posible. Si The River de Bruce Springsteen representaba perfectamente el crepúsculo de la experiencia y la aurora de la sociedad de consumo, la canción de Bob Dylan The times They are a-changin’ arroja todas las pruebas teóricas y prácticas de un tiempo histórico donde todavía se podía pensar un horizonte alternativo. Gran parte del acerbo crítico de algunos de los mejores pensadores contemporáneos tiene razón acerca de este punto esencial, y por lo tanto, con toda su crueldad teórica, hunden el hierro en la herida necrosada y abierta tras el deshilachado mayo del 68. Aquellos gestos culturales que décadas pasadas entronizaban con energías indómitas y volcánicas de pensar horizontes y mundos alternativos a la sistemática asfixia de clase que vivimos se han tornado en pastiche.

Letras indomesticables que crujían selváticamente por capturar modos de vida diferentes como el himno generacional de Dylan “The order is rapidly fadin’” (El orden se está desvaneciendo) se presenta en el presente en un descarnado pastiche para lo que no cabe la dimensión temporal e histórica de pensar un mundo otro. Metáfora precisa de nuestro presente histórico en forma de pastiche es la de un desierto, nada cambia, no existe el pasado ni el futuro, ni existencia más allá de la nada del consumo y lo aspiracional, por lo tanto, sin constancia de algo más que el pastiche que absorbe en su necedad y hedor la posibilidad de transformación social. Una sociedad enteramente poseída por símbolos de consumo y aspiraciones irresolubles a causa de unas condiciones estructurales que estrangulan a los que únicamente disponemos de nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir.

El mito de la sociedad de consumo ha arribado en la desarticulación de cualquier horizonte utópico y, por lo tanto, de aislar y marginar posibles itinerantes alternativos a un modelo de vida desgarrador que asumimos con la misma desazón de quien se entera de que la posible erupción majestuosa de un volcán dormido puede condicionar su cotidianidad, y que frente a la irrefrenable fuerza de la naturaleza nada puede oponer.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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