El pensamiento salvaje en Lévi-Strauss (II)

David Del Pino

Terminábamos Lo simbólico de la ciudad (I) afirmando la insoslayable y decimonónica complicidad que se halla en cada uno de los compartimentos del epítome tan manido entre Naturaleza y Cultura que se repite en la historia bajo diferentes declinaciones. Con estas breves palabras pretendemos arrojar algo de luz a un prolijo debate del que obviamente no ostentamos la última palabra. Tampoco pretende rastrear ampliamente el origen de la cuestión y los sucesivos y diversos debates de los que todavía en el presente quedamos atrapados. El término de cultura, en efecto, es uno de las palabras más complicadas y plurívocas decía Terry Eagleton en La idea de cultura, de la lengua inglesa, también aplicable para nuestra lengua. Eagleton, alumno aventajado de Raymond Williams, afirmaba que pese a que se puso de moda ver la naturaleza como un derivado de la cultura, ésta, en términos estrictamente etimológicos, es un concepto derivado de la naturaleza. Paradójicamente a lo que súbitamente pudiéramos pensar cuando el término cultura se desplaza al centro de nuestra atención, uno de sus significados, seguramente el más relevante, es –producción-, es decir, un control del desarrollo natural. Paradójico, sobremanera estimulante, la palabra que acostumbramos para referirnos a las actividades humanas más refinadas o de las inclinaciones hacia la perfectibilidad del ser humano, la hemos extraído del trabajo y la agricultura.

Así, la naturaleza siempre tiene algo de cultural, mientras que las culturas se construyen mediante el continuo y sistemático flujo con la naturaleza que acordamos en denominar trabajo. De aquí podríamos derivar la pulsión tan relevante que siempre mantuvo la idea de trabajo como vita activa en Hannah Arendt, desplegable igualmente a Aristóteles y a Marx. Dicho esto, la cultura se encuentra atrapada en una tensión irresoluble entre producir y ser producido, entre un proceso basado en la racionalidad que encontró su eco más atronador en el periodo de la Ilustración merced de un intelecto inmaterial, e impulsos de espontaneidad que explican gran parte del pensamiento filosófico contemporáneo cuya epifanía tal vez encuentre una morada en la obra de Jean-Paul Sartre. Visto así, la cultura es capaz de modificar y transfigurar la naturaleza, pero es un proyecto que irremisiblemente está atado a las estrictas limitaciones que provienen de la naturaleza. El ejemplo más palpable por proximidad y sufrimiento es la pandemia de la Covid-19 y, seguramente más cruel y desgarrador, es el cambio climático. El neoliberalismo en su afán de crecimiento eterno tiende a introducir dentro los flujos axiomáticos del capital todo lo que pudiera permanecer ajeno y retirado, pero en contraposición, la naturaleza impone sus límites que ya en el 2021 podemos observar en forma de notas claras y concisas de la degradación que sufre el planeta Tierra y de su inexorable trayecto hacia la desaparición.

En cualquier caso, la cultura como control del desarrollo natural siempre ha estado íntimamente ligada al desplazamiento de la conciencia. Si primero en Descartes y, posteriormente con Kant, los seres humanos mediante el Cogito o la conciencia aprehendíamos a dibujar los contornos de la naturaleza, limitados por las marcos cognitivos de las Críticas kantianas, la cultura evocaba al amplio abanico de elementos que no elegimos nosotros pero que condicionan nuestra cotidianidad –costumbre, parentesco, lenguaje, ritos, mitología, etc.,-. Dicho proceso no podía quedar de espaldas a la figura de Freud y a su programa psicoanalítico, que hizo saltar por los aires el castillo hermético de los acólitos confesados del proyecto de una conciencia autorreferencial o de un Yo totalizador. Así, Freud sustituyó al Yo monolítico y absoluto por un sujeto que deviene consciente, que en términos más sencillos equivale a decir que todo proceso y formación de la conciencia humana es un reverso de procesos inconscientes o irracionales, puesto que el Yo no es en absoluto el resultado inalterable del nacimiento de la conciencia, sino de la negociación infatigable entre las fuerzas que lo pueden aplastar a las que Freud denominó como Ello y Superyó completando su metapsicología.

Por consiguiente, el giro que daba Freud con su proyecto psicoanalítico catapultó ineludiblemente a concebir la cultura como el revés de estructuras inconscientes que concebimos sin problematizar y que se llevan por dentro. De esta forma, no debería sorprendernos que el término cultura pudiera ser desplazado, como así efectuase Claude Lévi-Strauss, al estudio de sociedades primitivas y se vinculase al conjunto de creencias, costumbres, ritos o mitologías, que conformaban el imaginario colectivo del pueblo en cuestión. Entonces, las diatribas realizadas por Lévi-Strauss nos enseñaban que las composiciones estructurales de las sociedades primitivas por las que el orden social se imponía en términos de pensar en la tierra, el sol o la luna eran perfectamente sustituibles por la física nuclear o la biología en las sociedades Occidentales. De esta forma, la tradición o el mundo –Antiguo- y la modernidad se presentaban armónicamente.

Existe en el Pensamiento Salvaje de Lévi-Strauss un esquema de un transcendentalismo sin sujeto, un esquema de pensamiento o una filosofía, donde la estructura juega el papel de mediador y el sujeto o el ser humano deviene mero peón empujado a un mundo de interminables estructuras. De este modo, la sincronía predomina frente a la diacronía o, dicho de una manera más sencilla, la cárcel de las estructuras inconscientes que ejercen un control absoluto sobre el Azar o una contingencia ya asfixiada se sitúan por encima de las relaciones históricas o de las relaciones de fuerza.

Sea como fuere, nuestra presentación no pretendía posicionarse a favor o en contra de la perspectiva estructuralista de la cultura, sino presentar brevemente una cartografía de la relación de perpetuo contagio entre dos manidos conceptos en la historia del pensamiento: naturaleza y cultura. Dicho esto, querríamos terminar el artículo tal como lo comenzábamos, a decir que, más allá del estructuralismo como filosofía que vacía de contenido y sustancia a los sujetos, hallando su pináculo en las transferencias entre el “mundo primitivo” y el “moderno Occidental” en Lévi-Strauss, el antihumanismo de Louis Althusser, o la búsqueda del grado cero de la escritura de Roland Barthes, nos sentimos más cercanos a la idea de cultura manejada por Raymond Williams desde un estricto humanismo para quien la presencia de los seres humanos importa y es relevante: “[…] describe la cultura como el sistema significante a través del cual… un orden social se comunica, se reproduce se experimenta y se investiga. […] Este tipo de planteamiento tiene la ventaja de que es lo suficientemente concreto como para decir algo, pero también lo suficientemente amplio como para no resultar elitista. Puede incluir a Voltaire y a un anuncio de Vodka […]” [1]

 

Notas:

[1] Eagleton, T., La idea de cultura, Barcelona, Paidós, 2001, p. 57.


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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