El ser humano como testigo de una perniciosa función

David Del Pino

Permítanme confesarles algo. Será conveniente decir que soy David del Pino Díaz, y que como Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne en El Túnel,  me complace observar que aún retengo en mi memoria nociones de lo ocurrido en mi adolescencia. Y no, esto no se trata de falsa conciencia. Solamente espíritus frívolos podrían aceptar sin reservas este análisis, pues se derrumba a la menor sospecha planteada. No obstante, he de confesar que tambalee en algún momento por las escurridizas y transcendentes cuerdas que arriban a una ontológica verdad revelada. Creo recordar que con un semblante marcado por una absoluta incredulidad, tropecé queriendo apoyar mis manos y rodillas en un suelo inexistente, cayendo así a un vacío cubierto de oscuridad, en una escena que ahora que estoy tratando de memorizar, mantiene un sospechoso parecido con el lienzo Paisajes con la caída de Ícaro (1954-55) de Pieter Brueghel el Viejo, con el que gustamos de recordar el inicio de la dimensión temporal de la modernidad.

Dicho esto, entiendo que los acontecimientos están en el recuerdo de todos. Que no hace falta que incida en ello. Pero, si ni yo mismo considero recordar la imagen perfecta, ¿Cómo demonios puedo pensar que el resto lo recuerda? Al final, nos encontramos de nuevo con las dos versiones de la aporía griega de la imbricación entre imaginación y memoria. Escribiendo estos versos, he llegado incluso a pensar que no recordamos nada de lo sucedido. Tal vez es un mecanismo de defensa de la especie humana para no atormentarse por los errores cometidos, haciendo válida aquella afirmación de Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte: “Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal acontecen, por así decirlo, dos veces. Olvidó añadir que, una vez, como tragedia, y la otra, como farsa” [1].

Regresando de nuevo al problema planteado por esa imbricación entre la memoria y la imaginación, a riesgo de incurrir en esta breve exposición, en el tiempo como reto. Reto planteado por Marcel Proust En busca del tiempo perdido. Es debido a que tengo la honesta y profunda convicción de que si hemos aceptado la experiencia algorítmica de la contemporaneidad, la lectura de los diálogos platónicos titulados Teeteto y El sofista se nos muestran en toda su vigorosidad. En ellos, la problemática de la eikon bajo la metáfora del bloque de cera es pertinente para nuestra realidad más inmediata. A modo de supresión de marcas, el olvido asociado a la memoria y al recuerdo, corresponde a la preocupación platónica de la posibilidad ontológica del error. De tal modo, que memoria y olvido están atravesados en el mecanismo mismo de la interpretación.

Decía, que os quería contar algunos de los sucesos que poderosamente más me llaman la atención de mi adolescencia. De nuevo como Juan Pablo Castel, seguramente estéis pensando que el ejercicio que estoy realizando es una pura acción vanidosa. La verdad que no me importa en absoluto lo que puedan pensar. Sé que creéis que me estoy vanagloriando, tanto que yo he estado en vuestro lugar y siempre pensé en el engreimiento retórico de quienes estaban en la posición que en este momento ocupo. Sin embargo, es miedo el motor que me anima a escribir estas palabras. Miedo por creer que la amnesia colectiva y el olvido de la génesis algorítmica de nuestra realidad, consiga borrar de mi memoria, toda huella humana trabada en las palabras disgustadas de una Hannah Arendt que no se permitía claudicar a la desesperanza que ya Heidegger manifestó sobre la técnica definida en términos weberianos como jaula de hierro: “Los hombres devienen seres políticos en cuanto son seres de lenguaje”.

Entonces, si entendemos que todo ser humano deviene político, y por lo tanto, crítico y protestón en cuanto somos seres de lenguaje, ¿Por qué existe en mí este desamparo? Por una sencilla razón: el lenguaje y la constitución del mundo de la vida “Lebenswelt”, se encuentran en un grave peligro, por no decir algo más hiriente, dentro de la enunciación y producción del capitalismo contemporáneo. Error comúnmente cometido por quienes aún en nuestro presente apelan decididamente por el “giro lingüístico”, es decir, por aquellos que siguen afirmando la validez sine qua non de la lingüística de Saussure.

Aún no me puedo imaginar, que generaciones que crecieron y se instruyeron leyendo novelas como 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley, y películas como Blade Runner de Ridley Scott, aceptaran y aceptamos, las semióticas asignificantes definidas en los trabajos de Guattari, vinculadas a una forma de producción “neoliberalismo” naciente al calor de la segunda ley de la termodinámica, por lo tanto, bajo una forma entrópica caracterizada por su forma extensiva. Así, el capitalismo contemporáneo requiere para persistir y resistir, pues su carácter nuclear no le permite hacer otra cosa que crecer en espacio y tiempo, colonizar esferas de la vida humana nunca antes imaginadas como el amor o la amistad.

En nuestra cotidianidad disfrutamos de aplicaciones, por supuesto, atravesadas por códigos y algoritmos que ya hemos aceptado en denominar semióticas asignificantes, que sumergen dentro del campo de la mercancía, pues en esto sí acertó Marx y sólo hay que estudiar detenidamente los tomos de El Capital para darse cuenta de ello, cualidades nítidamente humanas como las relaciones amorosas y sexuales. La aparición de aplicaciones como Tinder muestra el punto al que hemos llegado, y lo cercano que siguen siendo los análisis de Pasolini: lenguaje de la infraestructura.

Lo esencial de considerar las relaciones amorosas o sexuales dentro de la esfera del consumo, es que éstas son vistas como un rasgo de carácter. El lenguaje de la infraestructura, o lo que es lo mismo, la máquina semiótica con sus algoritmos, lenguajes bursátiles, matemáticos, y conspicuos, subcodifica toda semiótica de la significación humana, produciendo así, sujetos que juegan a conocer personas insertos en las mismas coordenadas de acción que la compra de un pantalón, comida, bebida, o libros.

La angustia que presento, en efecto, admite el traslado del sujeto caracterizado por la palabra, el lenguaje, y la representación, a una subjetividad atravesada por máquinas semióticas asignificantes aparejadas al lenguaje de la infraestructura: la producción y el consumo. Finalmente, las dolientes palabras de Pier Paolo Pasolini en la década de 1960 fueron premonitorias no sólo de los cambios que comenzaba a experimentar la inmanencia de la realidad en países como Italia, sino de la contemporaneidad: caracterizada por el hedonismo, consumismo, y estructuras autopoiéticas que dejan cada vez más al margen a los seres humanos.

Los sistemas autopoiéticos conformados por Niklas Luhmann son una prueba de la sociedad anunciada por Pasolini: hedonismo de masas, consumismo, y desintegración de las diferencias y culturas autónomas bajo los ropajes de un poder que se declarará más abierto y tolerante que cualquier otra forma de experiencia en la historia de la humanidad, pero que en realidad, será más intolerante y contundente que el fascismo:

Il fascismo in realtà le aveva resi dei pagliacci, dei servi, e forse in parte anche convinti, ma non li aveva toccati sul serio, nel fondo dell’anima, nel loro modo di essere. Questo nuovo fascismo, questa società dei consumi, invece, ha profondamente trasformato i giovani, li ha toccati nell’intimo, ha dato loro altri sentimenti, altri modi di pensare, di vivere, altri modelli culturali. [2]

Lo ocurrido en mi adolescencia, o cómo vendimos el alma al diablo del capitalismo contemporáneo queda reflejado en las últimas palabras de Juan Pablo Castel: “Y los muros de este infierno serán, así, cada día más herméticos”.

 

Notas:

[1] Marx, K., El 18 brumario de Luis Bonaparte, Alianza Editorial, Madrid, 2018, págs. 37-38

[2] Traducción personal: El fascismo en realidad les había convertido en payasos, en siervos, y tal vez en parte también convencidos, pero no los había afectado seriamente en el fondo del alma, en su modo de ser. Este nuevo fascismo, esta sociedad de consumo, en cambio, ha transformado profundamente a los jóvenes, los ha tocado en lo intimo, los ha otorgado nuevos sentimientos, otros modos de pensar, de vivir, otros modelos culturales. Pasolini, P. P., Scritti Corsari, Garzanti, Milano, 1975, págs. 285.

 


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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