El silencio tolerante

Luis Velasco

“No se percibe el silencio sin ruido, así como no se entiende el lenguaje sin silencio”, escribía nuestra compañera Ana Sánchez Bayo en El silencio presente del lenguaje. En la actualidad, el burdo ruido mediático ha enlatado el pensamiento, la reflexión y la crítica constructiva y ha conseguido eliminar los niveles de tolerancia a los que se pudo llegar en la época de la tan rememorada transición española.

El primer movimiento histórico de tolerancia, como herramienta de pacificación e instrumento de cohesión social, se dio tras la firma del rey Enrique IV de Francia del Edicto de Nantes en 1598. El monarca francés pretendía poner fin a las guerras de religión permitiendo a los hugonotes la libertad de culto; con el que instaba a la sociedad a correr un velo de silencio entre los distintos bandos para enterrar los conflictos y la discordia imperante.

Para poder mirar al futuro y tener una coexistencia pacífica entre diversos, en una democracia se ha de imponer el respeto para todo tipo de opinión y todo tipo de religión. En estos casos, la necesidad de los ciudadanos de hacer justicia debe quedar relegada en pos de un consenso social que permita construir o reconstruir los tejidos sociales, puesto que, entre las distintas opiniones o pensamientos, encontraremos víctimas y razones de peso que estimulan y allanan el camino del enfrentamiento y la división.

En nuestro presente más inmediato, instalado en la crispación y la división, podemos utilizar el mejor modo de lenguaje como elemento disuasorio del conflicto, cuidar las palabras y medir los silencios en aras de evitar conflictos mayores, aunque para ello deba existir reciprocidad por parte de todos los individuos, al menos en cuanto al silencio se refiere.

De acuerdo con los principios de moderación, higiene y humildad de Benjamin Franklin, el silencio es una virtud que mantenemos con la esperanza de mejorar el mundo. Nos ayuda a esquivar los conflictos y nos permite lubricar las relaciones sociales [1].

Cuadro ‘Home coming marine’, de Norman Rockwell (1945).

En este sentido, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero hizo de la tolerancia y el diálogo sus principales premisas en sus discursos. Unas ideas por las que fue duramente criticado, por ejemplo, durante la negociación de paz con ETA.  Pero que, sin las cuales, no se habría derrotado a la banda terrorista. En aquellos diálogos de ajuste, también se encontraba el silencio.

Al contrario de la actualidad ruidosa en la que nos encontramos, en la que cualquier elemento es objeto de confrontación y división, el silencio tolerante, la cautela, facilita las formas de cooperación social. Nuestros interlocutores no se dejan nada en el tintero porque más que convencer a las opiniones, lo que se pretende es domesticarlas, domarlas.

Si en la democracia de lo que se trata es de alcanzar acuerdos duraderos, entonces no conviene insistir en aquellos asuntos sobre los que sabemos que no podemos entendernos. Las palabras, en estos casos, solo traen más crispación y hacen imposible el entendimiento, lo cual no quiere decir que los ciudadanos tengamos que callarnos o no ver el elefante en la habitación, sino que la cohesión social no se puede dar si todos tratamos de imponer nuestra visión de las cosas sobre la de los demás.

No obstante, demasiado silencio es reflejo de un carácter coercitivo, por lo que conviene distinguir entre el silencio voluntario, aquel que se realiza para llegar a un punto de encuentro entre dos iguales de distintas posiciones, con el involuntario, que es cuando callamos porque no nos encontramos en una posición cómoda de defensa argumental.

En estos momentos de convulsión social, de “terremotos políticos” y de templos simbólicos ardiendo, se hace muy necesario llevar a cabo un silencio tolerante para que los problemas de unos y otros no se conviertan en armas electorales, como estamos viendo en nuestra cotidianidad política. Diálogo, tolerancia y silencio son los elementos adecuados, y nuestras mejores armas, para reconstruir un tejido social vilipendiado por el presente beligerante que se da a través de nuestras pantallas.

Notas

[1] Gamper, D. (2019). Las mejores palabras. De la libre expresión. Barcelona, España: Anagrama. Colección Argumentos.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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