Fernando Valladares: «Tenemos que trabajar colectivamente para cambiar nuestra relación con la naturaleza»

Primera parte de la entrevista a Fernando Valladares, profesor de investigación del CSIC, donde dirige el grupo de Ecología y Cambio Global en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, y profesor asociado de la Universidad Rey Juan Carlos

Fernando Valladares durante la entrevista con NCM.

La pandemia de la Covid-19 nos ha golpeado duramente como sociedad y nos ha demostrado que nunca se puede estar del todo preparado para protegernos de una crisis sanitaria como la que estamos presenciando. Sin embargo, ahora que nos hemos quitado las mascarillas, tenemos que empezar a entender la estrecha relación que existe entre la salud del planeta y la nuestra propia.

La pérdida del mundo vivo está propiciando la propagación y expansión de patógenos como la Covid-19, así como la aparición de otros nuevos. Y el cambio climático es el gran amplificador de esta situación y de todos los problemas ambientales. No se trata solo de un problema de salud, sino de un elemento que profundiza en la pérdida de biodiversidad, en los ecosistemas enfermos, en la manera de relacionarnos con el medio ambiente, en la producción de energía y en nuestro modelo económico y social. 

Para entender mejor la dimensión del desafío al que tenemos que hacer frente de manera colectiva, en Nuevo Campo Mediático entrevistamos a Fernando Valladares, Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid, con premios extraordinarios de licenciatura y doctorado y premio internacional Mason H. Hale (Canadá, 1994). En la actualidad, es profesor de investigación del CSIC, donde dirige el grupo de Ecología y Cambio Global en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, y profesor asociado de la Universidad Rey Juan Carlos:

¿Qué es la biodiversidad y por qué es importante para el ser humano?

La biodiversidad admite varias definiciones. En general es la cantidad o variedad de formas de vida, normalmente de especies, que es la forma más habitual de cuantificar esos distintos tipos de vida. Pero también es biodiversidad la variabilidad genética dentro de una especie y las distintas alternativas a una solución biológica que pueden coexistir. Son distintas facetas de la biodiversidad. Y es muy importante porque es la red de la vida. Es lo que permite que los ecosistemas desarrollen una serie de funciones.
Cuando faltan especies es como cuando a una máquina le faltan piezas, hay alguna función que empieza a dejar de funcionar. Si a un coche le vamos quitando piezas, puede dejar de funcionar el parabrisas, la calefacción… Y si van faltando algunas piezas importantes, o son muchas las que faltan, el coche puede dejar de transportarnos. La biodiversidad es importante porque es la base de que los ecosistemas funcionen y a veces no somos tan conscientes de todas las cosas que realiza cada día un ecosistema con niveles normales de biodiversidad.

Entonces podemos decir que nuestra salud está conectada con la naturaleza. ¿Existe alguna relación entre el coronavirus, los ecosistemas enfermos y el cambio climático?

Una pandemia, o un clima alterado, son manifestaciones de una naturaleza que no funciona de manera normal. Generalmente, lo que ocurre en una pandemia son las zoonosis, que son las enfermedades infecciosas que saltan de los animales a la especie humana y son el origen de la mayoría de las pandemias y las principales fuentes de preocupación de enfermedades infecciosas. El 70% de las enfermedades emergentes son de este tipo y en la mayoría de los casos hay una naturaleza alterada, bien porque faltan algunas especies que actúan de filtro o bien porque el ser humano entra en contacto reiterado con especies nuevas con las que su sistema inmune no tiene experiencia previa. O todos estos factores, y alguno más, a la vez. Sabemos que los ecosistemas fragmentados actúan menos como una barrera frente al contagio de enfermedades desde los animales al ser humano.

Con el cambio climático ocurre algo análogo. La constante emisión de gases de efecto invernadero y su acumulación en la atmósfera causan un calentamiento que en cascada provoca muchas alteraciones en el clima. Y hay interacciones entre los ecosistemas fragmentados y este calentamiento.
La tercera pata sería la crisis ambiental en la que estamos inmersos. Y todo ocurre un poco a la vez. Este es el gran desafío en la actualidad. Tenemos tanto un clima alterado como unos ecosistemas en los que faltan especies, o que no funcionan del todo bien, por degradación directa o indirecta de las actividades humanas.

El cambio climático favorece la expansión de vectores de enfermedades infecciosas. Por ejemplo, los mosquitos y las garrapatas con un clima más cálido encuentran un área de distribución más amplia. Además, se está empezando a entender que muchas formas de virus, de bacterias, de patógenos y de parásitos tienen mayor amplitud térmica y son capaces de aprovechar mejor esos cambios en las temperaturas que los huéspedes, ya sean humanos, aves, mamíferos u otros organismos. Con lo cual, ese equilibrio entre el huésped y el patógeno se va desplazando en favor del patógeno.

Son cosas que ocurren simultáneamente y por tanto la solución a este tipo de desafíos pasa por replantear nuestra relación con la naturaleza y teniendo una actitud más sostenible con el medio ambiente que nos rodea. Siempre me gusta insistir en que el medio ambiente empieza en nuestra nariz, donde tenemos un montón de microorganismos que algunos no sabemos que hacen ahí. El medio ambiente no es esa cosa que ocurre en el Amazonas, es todo lo que nos rodea: el aire que respiramos, la tierra y el agua que utilizamos…

Y las soluciones a estas distintas enfermedades que tienen una huella ambiental están en disminuir nuestra presión sobre el medio ambiente. Y resolveríamos simultáneamente todas estas formas de impacto sobre la salud.

Deforestación. Vía Flickr.com

Has mencionado que un ecosistema fragmentado no puede funcionar como un filtro para nosotros. ¿Cuál sería nuestro mejor escudo frente a esa liberación y propagación de patógenos?

Un concepto interesante que me gusta enfatizar es el de inmunidad de paisaje. Estamos muy acostumbrados a hablar de inmunidad de rebaño. Ya hemos aprendido todos mucha epidemiología, demografía o virología a fuerza de la preocupación que tenemos con la Covid-19. Pues el concepto de inmunidad de paisaje es muy integrador y preventivo porque se basa en mantener las características de un paisaje o un entorno para reducir los riesgos. Siempre tenemos que ver una zoonosis, una epidemia o una pandemia como una cuestión de probabilidades y es muy difícil reducir esas probabilidades a cero. No podemos erradicar completamente los patógenos porque han venido para quedarse y el SAR-CoV-2, la Covid-19, se va a quedar. Tenemos que aprender a convivir con él en todos los sentidos, desde el sanitario hasta el punto de vista ecológico.

Estos paisajes que funcionan bien, que tienen las especies que tienen que tener, que las interacciones y los procesos ecológicos que se realizan en estos ecosistemas son los normales, bajan muchísimo los riesgos de infección.  Esto nos lleva a entender que la restauración ecológica es, en realidad, un servicio de salud pública. Uno piensa que la restauración ecológica es esa cosa que se hace allí en los ecosistemas, pero en realidad podemos poner muchos ejemplos de restauración ecológica. Uno de los casos más conocidos, y de los mejor estudiados, es el de la enfermedad de Lyme en la costa este de Estados Unidos. Una enfermedad infecciosa transmitida por las garrapatas, que son los vectores, y que el patógeno es una bacteria. Se ha documentado y demostrado que erradicando una planta exótica como es el agracejo japonés, una planta que se convierte en invasora en aquellos ecosistemas, se disminuye muchísimo la cantidad de garrapatas y por tanto se reducen también las probabilidades de que los reservorios naturales, que son los roedores que pueden entrar en contacto con las garrapatas, al final lo lleven a la especie humana. Esa actuación de restauración de un ecosistema que había sido invadido y alterado, en este caso por el agracejo japonés, acaba repercutiendo positivamente en nuestra salud.

Ese es el tipo de paisaje restaurado, o conservado en el caso de que tenga una buena funcionalidad, lo que entra dentro de ese concepto de inmunidad de paisaje. Son paisajes que de alguna manera nos confieren una cierta resistencia a no ser afectados en un alto porcentaje por la multitud de patógenos que hay ahí fuera. Y si se van saliendo del control que se ejercen en los sistemas naturales los riesgos son para nosotros. Por eso hay esa conexión entre conservar y restaurar ecosistemas y nuestra propia salud. Y por eso es un servicio de salud pública.

Tenemos que cambiar el chip. Pensamos que lo primero es salvar a las personas, pero la salud de las personas está estrechamente ligada con la calidad del medio ambiente. Conservar el medio ambiente no es una cuestión de frivolidad o un lujo que se pueden permitir determinadas sociedades. Es absolutamente esencial para tener un buen nivel de salud, para mejorar nuestro propio bienestar y para disminuir los riesgos de afecciones y evitar muertes, porque todo esto se acaba cuantificando en un parámetro tan duro como es la mortandad humana. Y hay un porcentaje mucho mayor de lo que se piensa de muertes evitables debidas a la calidad del medio ambiente.

La ganadería y la agricultura destruyen esa inmunidad de paisaje.

Hay varias formas de agricultura y ganadería. Indudablemente, suponen una intervención humana en el paisaje y por tanto le someten a un cierto estrés. Pero hay formas de agricultura, no solo ecológicas en cuanto a que no echen agroquímicos, sino en cuanto a la estructura, a la alteración del paisaje y a la destrucción de otras formas de vida, con las que podría coexistir el cultivo.

Y con la ganadería pasa lo mismo. En una granja industrial de cerdos o aves surgen muchas enfermedades infecciosas como la gripe aviar o la gripe porcina porque tienen unas condiciones que se mantienen gracias a productos sanitarios y carecen de un mecanismo de protección que se genera con la diversidad genética, porque todos los animales que hay son muy parecidos genéticamente. Y cuando un patógeno vulnera esas barreras artificiales, la granja se puede convertir en una bomba de relojería desde el punto de vista infeccioso y sanitario por no tener esa diversidad genética. No es lo mismo eso, una ganadería intensiva, a una extensiva con sistemas que han evolucionado durante miles de años, como puede ser una dehesa. Incluso los mismos excrementos de los animales pueden ser absorbidos de forma natural por el paisaje y no supone una presión adicional de contaminación y de riesgo como son los purines de las granjas industriales de cerdos.

Es verdad que la agricultura y la ganadería suponen una alteración del paisaje, pero indudablemente hay todo un gradiente de formas amigables a formas muy peligrosas desde el punto de vista ambiental. Todo lo que sea degradar el medio ambiente es ponernos en riesgo a nosotros mismos, porque nuestra salud está estrechamente relacionada con la salud de los animales y de las plantas.

Granja de cerdos de Toledo. Autor: TheAnimalDay.org Vía: CreativeCommons

Con la reactivación de la economía y de la actividad laboral, ¿estamos viviendo un efecto rebote?

Sí. De alguna manera, el efecto rebote tiene una dimensión casi imposible de evitar. Lo que podemos hacer es evitar que el rebote sea como el de todas las crisis. En unos meses hemos generado todos los problemas ambientales que no hemos generado en un año, como tradicionalmente el homo sapiens ha hecho.

Esta vez podríamos intentar no hacerlo y aprovechar este frenazo para ir reconduciendo muchas actividades, pero siempre está la tentación de ‘ahora que puedo construir, voy a hacer otro pelotazo’, que no los necesita nadie, pero que genera riqueza para algunos. Con ello comprometes terreno y aumentas la huella ambiental de España. Esta situación de pasar de 0 a 100 en pocos meses no va a traer nada más que nuevos problemas y no es ni muy saludable ni muy sensato salir en estampida de esta crisis.

El Gobierno ha presentado el plan ‘España 2050’ donde replantea el uso del agua, propone la transformación de nuestro arquetipo económico y la evolución hacia una agricultura ecológica, entre otras medidas. ¿Es poco ambicioso este plan para la urgencia actual?

Soy partidario de poner en marcha simultáneamente varios planes. Hay planes más urgentes y planes más de largo recorrido que van más despacito. Creo que hay que ponerlos en marcha a la vez. Es a largo plazo como realmente encontraremos soluciones verdaderas y sostenibles, pero hay que atajar algunos problemas a tiempo de hoy y hay que ser ambiciosos y más exigentes con algunas de las medidas.

Pensemos que muchas de las medidas, tanto si afectan al sector de la agricultura o de la ganadería, como si afectan al sector del transporte o de los residuos, políticamente son temas muy complejos y escabrosos, porque hay toda una serie de actividades relacionadas con esos sectores que tienen que reinventarse. Algunas incluso desaparecer. Si hablamos de cambio climático, ya tenemos muy claro que el carbón, por ejemplo, no es una opción. Incluso el gas que tiene tan buena prensa tiene que ir siendo reemplazado por formas renovables.

Todas estas transformaciones son incómodas para las personas y sufren una inercia en contra de las grandes compañías porque para ellas supone cambiar la forma de hacer negocios. Y tenemos que comprender esa situación. Otra cosa es qué hacemos. Podemos incentivarlas o penalizarlas, pero hay que entender que eso es un gran problema. Por ejemplo, con la política agraria comunitaria lo primero que hay que hacer es un diagnóstico muy honesto de que las reformas no son nada verdes. No son nada sostenibles. No permite ni mantener el acuerdo de París. Y no hay nada más europeo que ese acuerdo.

Con todo lo verde que es Europa, con su ‘Green Deal’ (Pacto Verde Europeo) y con los fondos de ‘Next Generation’ (Nueva Generación), con toda esa mentalidad ecológica y de salir en verde de la crisis, siguen manteniendo formas de agricultura y un desarrollo de la política agraria comunitaria que choca con la conservación de la biodiversidad, con la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y con toda una serie de grandes acuerdos que la Unión Europea por otro lado está firmando.

La misma Europa tiene esas contradicciones. Pero hay que diseccionar finamente porqué hay unos lobbys en Bruselas queriendo que la política agraria tenga esta orientación. Y eso hay que neutralizarlo con argumentos. Hay que acompañar movimientos sociales de protesta con argumentación científica, con programas de comunicación y divulgación. Tienen que haber muchas vías para que entre todos entendamos bien el problema y resolverlo. No admitamos ‘pulpo como animal de compañía’.

Según Fraunhofer Institute for Solar Energy Systems (Instituto Fraunhofer para Sistemas de Energía Solar), Alemania produce más electricidad con fotovoltaicas que España teniendo la península mejores condiciones para generar ese tipo de energía renovable.

La situación de las fotovoltaicas, en general de la producción de energía en España, arrastra un legado histórico. Es un oligopolio-monopolio, de apenas dos o tres grandes empresas, que en su día hicieron fuertes inversiones y que tienen desde entonces una especie de derechos consolidados que hay que revisar.

Indudablemente, las propias empresas son conocedoras de esto en pleno detalle porque les va mucho dinero en ello. Pero mientras no haya más presión social o más presión política, o todo junto, pues posiblemente irán haciendo la transición a su ritmo. A un ritmo que les asegure los beneficios que están acostumbrados a tener. Hay que invitarlas a que revisen sus privilegios amablemente, a que faciliten la entrada de minoristas en la producción de energía. En España hay varias Comunidades Autónomas, incluyendo la de Madrid, que ponen todavía muchas trabas administrativas al autoconsumo.

Legalmente no pueden ponerte impedimentos pero, en la práctica, muchas veces desmotivan al usuario con una serie de pasos que lo que van haciendo es que la evolución sea lenta. Y se dan situaciones como la de que Alemania, con menos horas de sol y con menor intensidad, aproveche mucho más el sol que el que tenemos en España.

El autoconsumo nunca va a permitir el 100% de la provisión de energía, pero puede proporcionar muchísimo más de lo que proporciona en la actualidad, como demuestra el reciente mapa solar del Ayuntamiento de Pamplona, que revelaba que la capital navarra tiene potencial para generar el 76% de la energía de la ciudad con instalaciones solares fotovoltaicas en el techo de los edificios.

Para no evitar ningún punto de conflicto pensemos que las renovables tampoco son inocentes en cuanto al tema ambiental. Hay que ver dónde pones un generador, cómo son los paneles fotovoltaicos, los huertos solares… Todo esto puede convertir a las renovables en una nueva forma de amenaza ambiental. Hay bastantes grupos que están denunciando situaciones que se hacen ‘sin ton ni son’ con una planificación muy ligera. Las empresas no tienen que limitarse a cumplir la legalidad, sino ir un poco más allá. Hay que saber que se cuenta con el apoyo no solo del municipio, sino de la región, y también comprobar que de todas las alternativas esa es la menos dañina desde el punto de vista ambiental.

A la vez que se favorecen las renovables, también tenemos que estar alerta. Porque en renovables no vale todo. No puede convertirse en el nuevo ‘pelotazo’.  No puede ser la nueva forma de invertir rápido y ganar mucho dinero aprovechando los fondos de ‘Nueva Generación’. Porque quien acaba pagando los pelotazos, además del consumidor, es el medio ambiente.

Haces hincapié en cómo utilizar y dónde poner esas fuentes de energías renovables.

Para también ilustrar ese pensamiento muy científico de que nada es bueno o malo. Hasta el agua puede ser tóxica dependiendo de la cantidad que bebas. Cuando le preguntan a un científico como a mí si las renovables son buenas o malas, yo digo depende.  Son imprescindibles. Pero a ver dónde las pones, cómo las pones y desde luego tienen que ir acompañadas de mucha más información, de más implicación de la sociedad, para entender sus riesgos y sus ventajas.

Me parece muy injusto que la gente se entere de los planes de un municipio para implantar una serie de molinos o de paneles fotovoltaicos por el telediario.  Eso indica que el sistema no está funcionando bien.

La gente tiene que ser arte y parte de proyectos tan importantes como la transición energética, que es una parte clave de la transición ecológica. Todos podemos aportar sugerencias de ubicación o apoyar el mantenimiento de ese plan… Es muy distinto eso a que te lo encuentres ya todo resuelto en un despacho de una gran ciudad.

Creo que es uno de los temas más candentes, el cómo implicar más a la gente, aunque eso suponga que las cosas vayan algo más despacio. Y se puede aplicar no solo a las energías renovables, sino a cosas como el modelo de ciudad, de transporte, de los residuos…


Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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One thought on “Fernando Valladares: «Tenemos que trabajar colectivamente para cambiar nuestra relación con la naturaleza»

  1. Excelente artículo. Tendría que existir una asignatura específicamente en la enseñanza primaria secundaria y universitaria que se llame Cambio climático o relacionado con este tema para intentar cambiar drásticamente las costumbres y caprichos de todas las personas empezando por los gobiernos. Y que las leyes sean más estrictas..

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