Hablemos sobre la Libertad

El movimiento promovido por el tándem de la Moncloa Pedro Sánchez-Iván Redondo de deslingar la paraje de baile que componía el gobierno de la Región de Murcia entre el Partido Popular y Ciudadanos, con la inestimable cooperación, dicho sea de paso, del partido de Abascal, socio destacado por la imposición del discutido “pin parental” en la agenda de prioridades sobre el territorio, ha desencadenado un movimiento sísmico que ha azotado a la maltrecha política española. Tal como auguraba Vladimir Lenin, hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas, la política española, en efecto, se ha enredado y tensionado de tal manera, que tal vez, estamos recogiendo una cosecha excesiva de ejercicio retórico y político. El paisaje político escamoteado estos días ante los doloridos ciudadanos españoles que clavan sus miradas los unos con las otras bajo la furibunda sombra de ojos vidriosos que gritan mudos el fin de este sufrimiento derivado del desgarro de la covid-19, ha abierto un escenario volcánico y tembloroso, que a tenor de los últimos compases, puede terminar empujando al partido de Inés Arrimadas a su desaparición por los fiordos acelerados que ya atropellaron a otros proyectos autodefinidos de centro como UCD o, más recientemente, UPYD.

El partido de Ciudadanos, proyecto iniciado por intelectuales ultranacionalistas españoles en Catalunya fatigados por el ambiente hegemónico de las diferentes fracciones del nacionalismo catalán y, después, presentado afablemente como la caricatura lavada en forma de luctuosas jornadas de marketing en los escurridizos pasillos del IBEX 35, está convocado a fagocitarse e incluirse en un apéndice del partido de Pablo Casado. Recordemos, a pesar de las dificultades que concita bajo un principio de realidad tan acrítico e hipertrofiado, que el partido encabezado entonces por Albert Rivera, dio el salto al panorama nacional tras la llamada del amo Josep Oliu, presidente del Banco Sabadell, quien en el 2014 manifestase con un tono jocoso y humorístico la creación de un podemos de derechas. Pues dicho y hecho. Poco tiempo después, con la encomiable complicidad de los principales medios de comunicación y sus homúnculos, el partido de Rivera se alzo y superó al partido de Iglesias.

Parecía que todo funcionaba bien. El frente abierto contra la formación morada era amplio y recogía sus frutos tras meses y años tejiendo un fermento esperando agua de mayo que lo hiciera brotar. Esta agua de mayo se llamaba Ciudadanos y era naranja. Sin embargo, un codicioso Rivera auguraba algo más de él y su partido que ser simplemente aquello para lo que había sido creado: conformar un partido bisagra capaz de pactar con unos y otros, que infundiese respeto y cariño alrededor de despachos ubicados en edificios altos y acristalados de las principales calles de Madrid, al mismo tiempo que revistiéndose de un cinismo exagerado y de una neutralidad política inexistente cuando vivimos en sociedades asimétricas de intereses socio-económicos y culturales contrapuestos, interpelaba a una ciudadanía cansada y adormecida que no tiene el suficiente tiempo ni las ganas de interesarse por los quehaceres de la política y, mucho menos, por verse bajo las lentes de una posición de clase. Partido político, el de Albert Rivera, que ausente de perspectiva y sentido de Estado, el cual es siempre a largo plazo e histórico, pensó en estado de ebriedad que la posición bisagra que debía liderar en virtud de cerrar y garantizar la longevidad de un régimen del 78 que abierta su hendidura y colándose una formación, la de Iglesias, que impugnaba el relato hegemónico que nos hemos contado todos sobre lo sucedido en los años oscuros tras la muerte del dictador Franco, los caballeros cristianos enfundando en su mano derecha el dinero y en su mano izquierda la constitución, no podían permitirle deslizarse más tiempo por su necrosada hemorragia.

Desde el presente, pero también humildemente observado en el pasado, la descomposición de Ciudadanos hace gala de la inoperancia de unas personalidades que creyeron que el juego de la política es algo así como chistosos eslóganes de campaña, o la venta de créditos bancarios. Parece ser que ya se han dado cuenta, o si no lo han hecho, me temo que son más inoperantes de lo pensado, que Aristóteles, Maquiavelo, Hobbes, Gramsci, Hannah Arendt o Laclau son algo más que autores que escribieron manuales con exceso de polvo en bibliotecas oscuras y espacios seguramente tildados de lúgubres.

Dicho lo cual, el terremoto político desencadenado por la moción de censura en la Región de Murcia, ha alcanzo sorprendentemente al mismo Gobierno de España tras la decisión del Vicepresidente segundo Pablo Iglesias de liderar la candidatura de la formación de Unidas Podemos en la Comunidad de Madrid después de que Ayuso rompiera el pacto de gobierno con la formación naranja de Ignacio Aguado. Del movimiento de Iglesias y, del cruce de declaraciones jalonadas en agresividad por los diferentes candidatos a las elecciones del próximo 4 de mayo, atisbamos que el marco más sobresaliente será el de libertad. Y, es sobre este concepto, al que dedicaremos unas breves anotaciones. Paradójico, sobremanera estimulante, es observar a los acólitos de las privatizaciones, de la caja en B, del desmantelamiento del Estado de Bienestar, y de los que pagan las obras de su sede con dinero de dudosa procedencia, declararse los valedores más operantes de la libertad. Es raro, y más si se observa históricamente, que los hijos ideológicos de los que antepusieron el mercadeo de sus operaciones y transacciones, al aumento de libertad, dignidad e igualdad de la amplia mayoría de la gente, del común, vocifere hasta la extenuación ser los templarios de la libertad.

Cabe recordar que durante todo el siglo XIX los principios de libertad y democracia que reivindicaban las amplias capas de la población fueron desgarrados y vilipendiados en nombre del capitalismo y el comercio. Sí, y es una verdad incontrovertible ubicada en los manuales de historia, que durante el siglo XIX, también durante el siglo XX y sino qué sería de los orígenes de los totalitarismos, que el capitalismo y el mercado se contrapusieron a la libertad y a la democracia. Con sus diferencias, los pensadores del liberalismo clásico creían que las virtudes del mercado eran naturales. Que los contornos de su discurrir provenían de una suerte de derecho natural al que debían empujar y fomentar a través de mecanismos de libertad y abolición de restricciones, y que al gobierno había que asignarle límites, en Adam Smith mediante la imposición de los mecanismos de un mercado que se regularía a sí mismo, en John Locke a través del derecho, o el cálculo utilitarista por Jeremy Bentham. La imposición de las reglas del mercado preconizaba la amnesia general de la génesis de su producción. Por ello es siempre harto recomendable leer los pasajes históricos de El Capital de Marx.

No obstante, cuando por vicisitudes históricas el desarrollo del mercado y su lógica expansiva chocó con las reivindicaciones de la gente por mejorar las condiciones de miseria en las que se malvivía, no hubo duda o remordimiento por parte de las élites políticas y económicas en desmantelar violentamente las protestas en un ejercicio que poco tiene que ver con la libertad. De hecho, John Stuart Mill, otro de los destacados pensadores liberales, ante la ocurrencia de la gente por reivindicar algo tan peligroso como la libertad y la democracia declaró: “Se precisa también la protección contra la tiranía de las opiniones e impresiones predominantes; contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintos de las penas civiles, sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a aquellos que disientan de las mismas” [1]. Queda claro, pues, que para los pensadores liberales el mercado y los intereses capitalistas debían prevalecer frente a la libertad y la democracia, motivo por el cual es casi insultante que las fuerzas progresistas no traten de disputar un término tan aglutinador como el de libertad en manos de precisamente los hijos e hijas ideológicos de aquellos que sofocaron las ansías reivindicativas de un pueblo hambriento en pos de unos intereses que solo favorecían la acumulación de los pocos frente a los muchos.

La cosa no queda aquí, ya que después de la Segunda Guerra Mundial y del derrumbamiento de los totalitarismos, se impuso el modo de vida neoliberal, el cual es aún más descarado y violento en cuanto a la libertad y la democracia se refiere. Tal es el caso, que Milton Friedman fue un ardiente defensor de la imposición tiránica de Pinochet tras el golpe de Estado cometido en la Chile de Allende en 1973. Más relevantes, en este sentido, son las declaraciones de los padres de la locomotora neoliberal: Friedrich Hayek y Ludwig Von Mises. Para el primero, Hayek, la democracia no es un fin en sí mismo, tanto es así, que estuvo obsesionado con la idea de que la democracia pudiera tornarse como en el caso de Stuart Mill, en una democracia totalitaria, declarando a un diario chileno la escalofriante sentencia: “Personally I prefer a liberal dictator to democratic government lacking liberalism” (Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente” [2]. Mientras que Ludwig Von Mises dio un paso más allá, admitiendo claramente la despreocupación que debía regir a los neoliberales respecto a sus pueblos tachados de inferiores: “Tienes el coraje de decirle a las masas lo que ningún político les dijo: sois inferiores y todas las mejoras en vuestras condiciones que simplemente dais por sentadas se deben al esfuerzo de hombres que son mejores que vosotros. Si esto es arrogancia, como algunos de sus críticos observaron, sigue siendo la verdad que había que decir en la era del Estado de Bienestar” [3]

La libertad es uno de los principios rectores de la condición humana, un axioma que se manifiesta no en la individualidad, sino en la apertura al otro, a su reconocimiento y empatía. La defensa de la libertad nos garantiza un espacio de dignidad. Sin embargo, debemos decirlo alto y claro, la libertad se contrapuso y así lo ha hecho históricamente a la edificación del capitalismo. El vapuleo de los acólitos del mercadeo a la libertad entendida no como una falsa concreción abstracta e individual que se regiría por la elección personal en un supuesto campo aconflictivo, sino como la reconocida apertura al otro y a la dignidad humana que solo es garantizada, como bien entendió el republicano Marx, cuando aseguramos el reino de la necesidad. Y, es justamente aquí, donde encontramos la gran contradicción de quienes desmantelan lo público vociferando la palabra libertad. Ella, la libertad, es una condición humana de primer orden, que garantiza y otorga dignidad, pero que sólo puede darse a condición de asegurar la viabilidad del reino de la necesidad o, dicho de otra manera, simplemente aparece cuando las desigualdades de todo tipo han desaparecido. Por lo tanto, libertad e igualdad son algo más que dos proclamas operantes, son la condición de ser de toda reivindicación democrática.

Notas:

[1] Stuart Mill, J., Sobre la libertad, Madrid, Tecnos, 2008, p. 77

[2] Laval, C., Dardot, P., La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, Barcelona, Gedisa, 2015, p. 185

[3] Human Action, “Carta de Ludwig Von Mises a Ayn Rand” En línea [Disponible en] https://la-accion-humana.blogspot.com/2010/06/la-rebelion-de-atlas.html

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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One thought on “Hablemos sobre la Libertad

  1. Expectacular el artículo. No podemos más que alzar el significado de la palabra Libertad ante aquellos que la mal utilizan, como siempre para su propio interés.

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