Irresponsables clamando por el fin del 2020

Sí, 2020 se ha terminado. Y la gente lo celebra como si fueran carnavales. En toda retrasmisión televisiva del día 31 se decía que por fin acababa el año, que todos podíamos alegrarnos, que nunca un año había sido tan cruel y merecía tanto llegar a su fin, etc. Hasta mi compañía telefónica me manda un correo en el que se puede leer: “Así que en vez de contarte nuestro rollo, hemos preferido aprovechar este mail para darte muchos ánimos desde aquí y recordarte que el 2020 se acaba por fin. Que todo pasa y que el 2021 será mejor.”

Parece que la cuestión de la pandemia necesariamente se ve enclaustrada en los márgenes del año, como si terminado éste la pesadilla hubiera acabado del todo. Pues no, no es así: el 2021 no será necesariamente mejor si somos incapaces de entender las prioridades de cada momento así como las necesarias restricciones a las que debiéramos hacer frente. Irresponsables fueron aquellos que en marzo, pero también durante todo el año, no quisieron amoldarse a las medidas necesarias para evitar el desastre. Irresponsables son ahora los que viendo que la vacuna está cercana, lo cual en cierta medida es más que matizable si atendemos a los calendarios previstos de vacunación en nuestro país debido a la complicación logística del mismo y de la dificultad del abastecimiento general, han querido permitirse unas Navidades asimilables a las de otros años. (A nadie que se lo haya contado se ha tomado en serio en ningún momento mi idea de proyectar unas Navidades en las que quedara prohibida toda manifestación pública a modo de festejo y durante la cual reinara el luto nacional.) Irresponsables aquellos que llevan meses deseando viajar fuera de esta ciudad gris porque les va la vida en ello mientras que los que realmente la pierden por el camino son otros.

Pocos minutos antes de tomar las uvas me dio por decir una de las frases más lúcidas del año. Algo que creo que resume en gran parte lo que ha sucedido en este año que dejamos atrás. Mis palabras fueron algo semejantes a: “Creo que lo que podemos sacar de este año es que la gente está hecha de una muy mala pasta, de tal modo que cualquiera está dispuesto a pasar por cualquier noción de interés colectivo, aduciendo razones de bienestar o de una mal invocada salud mental, con tal de preservar sus intereses más inmediatos o sus deseos más irrisorios y egoístas.” Y no me malinterpreten: yo nunca he creído en el consuelo absurdo que representa la frase típica de “no hay mal que por bien no venga”. No hay nada positivo que sacar de una pandemia, y por supuesto que no ha venido para un bien mayor. Una crisis es una crisis, no una oportunidad. La oportunidad es la de vivir bien. Esto es igual de cierto que asumir que salir de la zona de confort no tiene sentido puesto que si uno sale de ella es precisamente porque no le otorga confort: no somos masocas.

Tampoco, y esto cabría señalarlo, estoy como los anuncios y campañas que se han visto por ahí, que la irresponsabilidad de la población en este sentido estuviera localizada en el sector de población más joven, incapaz de frenar sus ansias de contacto social. No se trata de que tengamos que permanecer firmes como rocas ante una situación como esta, ni que no tengamos derecho a un cierto desahogo por medio de algún tipo de celebración, ni que haya que sostener que el confinamiento u otras medidas no nos han afectado en nuestra forma de ser o nuestro carácter. Aquí no se trata de reivindicarse como fuerte mentalmente. No, no estoy hablando de nada de eso. A lo que me estoy refiriendo es a la mera idea de la toma de conciencia del ámbito colectivo y a la capacidad de sacrificio en contextos de apremiante necesidad.

Cuando la pandemia hizo su primera aparición, el Gobierno de España hizo gala en un primer momento de una retórica de guerra que apelaba a la unión del país con el objeto de vencer la crisis. Llovieron las críticas, porque parece que la mera mención a la guerra es negativa en sí misma. Pero, ¿Cómo tratar de llegar a las mentes de aquellos que llegando a la primera decena de miles de muertos en el país se dedicaba a salir a la calle con el pretexto de ir a comprar y volvía con una lata de cerveza? El gobierno dio un paso atrás y decidió, a la vez que disminuía las alusiones metafóricas referentes al esfuerzo bélico, prescindir de los militares en las ruedas de prensa como forma de apaciguar las críticas recibidas. Y no sugiero que haya una relación directa, pero poco después llegó el verano que todos vivimos y que llevó a un aumento sostenido de la incidencia de casos.

¿Para qué han servido las apelaciones a la responsabilidad individual que han hecho los políticos durante los últimos meses? Una noticia fechada el 11 de mayo, pasados menos de dos meses de confinamiento, apuntaba a que “Las propuestas de sanciones impuestas por las Fuerzas de Seguridad desde que se decretó el estado de alarma ascienden ya a 869.537”. Esta cifra, que de ser actualizada tras la segunda ola sería todavía más escandalosa, representa en torno al 2% de la población española. Y lo peor no es la cantidad de denuncias interpuestas sino el discurso que se generalizó durante muchos momentos de que las medidas impuestas eran arbitrarias y atentaban contra la libertad más básica de los individuos. Lo que sucedió en el Barrio de Salamanca fue solo una muestra.

Descartada la apelación a la moral bélica, las campañas en favor de las restricciones decidieron poner el acento en señalar que no era la sociedad la que se veía afectada por la irresponsabilidad de cada uno, sino que podían ser los familiares directos los que sufrieran las consecuencias. Claro, porque ¿a quién le preocupa que muera la vieja del quinto? Es decir, como dijo Thatcher, en lo que constituía la más perversa de las propuestas políticas, “No hay tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres y hay familias» (“I am homeless, the Government must house me!’ and so they are casting their problems on society and who is society? There is no such thing! There are individual men and women and there are families and no government can do anything except through people and people look to themselves first.”). Asumiendo esto, ¿Qué otra cosa cabe hacer en un contexto de pandemia que evitar contagiarse de la enfermedad con la única intención de no dañar a los más cercanos?

Frente a esto, ¿Qué cabe hacer? En primer lugar, pongámonos en guardia frente a estas apelaciones y sirvámonos de las propuestas teóricas que se enfrentan al salvajismo individualista. Para ello podemos rescatar la idea de un ciudadano que se construye a sí mismo como individuo solo en tanto que miembro de una comunidad que le da asiento, sin la cual no podría subsistir. Es decir, puesto que el ser humano es un ser absolutamente indefenso en el momento de su nacimiento y durante sus primeros años de vida, y como una familia nunca ha sido suficiente como para enfrentarse a un entorno que fuera de toda civilización es hostil, debe aparecer en el seno de una sociedad que le acompañara del tal modo que pueda desarrollar sus facultades y poder llevar a cabo una vida plena.

Asumir esto implica hacer frente a la idea de que no existen derechos previos del individuo, puesto que estos derechos son obtenidos en el contexto del conflicto social, y todos ellos van a la par de una serie de deberes y compromisos con la comunidad que no pueden ser eludidos. No se trata de pensar, como algunos así lo han enfocado, que nuestro compromiso con lo público suponga exigir a los ciudadanos un comportamiento propio de los santos, sino simplemente la necesidad de cada uno de nosotros sea capaz de entender su papel dentro de una comunidad de la que no puede desembarazarse y cuyos intereses colectivos están por encima de caprichos y bajas pasiones. ¿En qué momento prescindir de acudir a conciertos o reuniones multitudinarias ha pasado a ser interpretado como un sacrificio que merece de nuestro reconocimiento?

Dar pasos en la dirección correcta pasa por motivar que aquellos que profesan este tipo de valores aceptaran la batalla ideológica y las presentaran en el debate público. Será este un primer paso para evitar hacer de nuestros conciudadanos sujetos totalmente carentes de una moral de convicciones, aquella que, tal y como la describía Max Weber, si bien podía resultar inadecuada para el político una vez se convirtiera en una inflexible doctrina, podría alumbrar las conciencias de los sujetos de a pie en su compromiso con la comunidad. Así, en el momento en que seamos más conscientes de que la vida de quienes nos rodean, aunque resulten del todo anónimos para nosotros, debe estar por encima de las cañas del domingo, de los viajes a la playa o de las compras en rebajas, podremos comenzar a salir de la idea presentada por Benjamin Constant de que la libertad que más valoran los modernos es la de la propia individualidad como esfuerzo consciente de moldear un plan para alcanzar la felicidad propia. Solo en ese momento nos daremos cuenta de que esa libertad moderna no es otra cosa que un plan para debilitar los nexos sociales que aún perduran.

Sin embargo se trata de un horizonte que se ve muy lejano, de tal modo que me cabe poca duda de que el propio Constant hubiera tenido la sensibilidad suficiente como para manifestarse en favor de las restricciones públicas con el objetivo que no finalmente no hemos conseguido como sociedad. ¿Estoy diciendo que uno de los principales teóricos del liberalismo político y principal defensor de la libertad como desarrollo individual habría sido más sensible a las necesidades comunitarias y menos proclive a una defensa incondicional y dogmática de las irrisorias libertades de las que de ninguna manera están dispuestos a desprenderse muchos de nuestros conciudadanos? Creo que sí.

Por tanto, no haber conseguido frenar la epidemia debe ser interpretado como un fracaso colectivo puesto que parece que somos incapaces de canalizar gran parte de nuestras fuerzas en una dirección única conforme a un interés general evidente que debía haberse materializado en evitar que el 2020 no fuera un año marcado por la muerte de, como mínimo según cifras oficiales, 50.000 personas a causa del virus. Y ahora…a esperar un necesario rebrote tras estas fiestas.


Miguel Fernández de la Peña

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente Investigador Predoctoral en el departamento de Historia, Teorías y Geografía políticas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
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