Joe Biden y el desafío geopolítico actual

David Del Pino

«He decidido contarles una verdad» –dijo Hans Castorp en La montaña mágica de Thomas Mann-, aún exponiéndome a perder vuestro favor, un favor que en estos momentos requiero, lo cual, sinceramente, sería para mí un quebranto impresionable, incluso una desdicha, puedo admitir que un golpe sin paliativos. Quiero correr ese riesgo porque éste es mi deseo desde el momento en el que no doy crédito leyendo la prensa nacional e internacional, acerca de lo que supone la victoria electoral del demócrata conservador Joe Biden. El deseo de que todo esto se aclare con la mayor celeridad posible entre nosotros, entre ustedes, los lectores hacia los que siento mi más profundo respeto, y yo, y eso me parece lo más humano y bello posible. Y, desde este punto de vista, estoy experimentando un gran alivio al redactar estas mismas palabras.

Hay algo más importante que me hace desear decirles la verdad, es la experiencia personal de inquietud que resulta del no saber. Depender únicamente de suposiciones y medias verdades de medios de comunicación y periodistas que celebran afablemente la llegada de Joe Biden a La Casa Blanca. Por mi parte, jamás he podido olvidar, y soy consciente que todo aquel que se encuentre en mi situación de perplejidad inusitada, ante el torrente informativo favorable a la victoria demócrata, debe contar con que ya se han dado tales procesos anteriormente.

Estoy pensando en el fervor revolucionario y democrático que recorrió el alma de la población internacional después de la victoria de Barack Obama. También recuerdo la disconformidad de una parte sustancial de las potencias soberanas del mundo, y de sus poblaciones, ante la agresividad desmedida de la política internacional de una administración impávida y arrogante ante cualquier amenaza que pusiera en cuestión su modelo hegemónico.

Amenaza que deberíamos tener por segura y natural en un sistema en el que la muerte y destrucción entrópica, y por tanto, el descanso eterno tras agotar las fuerzas después de un proceso de creación y actividad normal, ya no se convierte para una potencia en algo horroroso, sino en un proceso natural. Normalidad que los Estados Unidos no asumen, y es por ello, que cargan enérgicamente contra sus enemigos. Obama no atisbó ni un rasgo de duda en autorizar ataques en Libia, Pakistán, Somalia, o Yemen. Bueno, tampoco deberíamos olvidar la crisis diplomática internacional derivada de la Crisis de Crimea de 2014 por lo que la administración Obama tiene mucho que decir.

No obstante, con Trump en la presidencia de la primera potencia del mundo, la escalada de tensión con China ha evolucionado hasta una declarada guerra comercial y asimétrica, que no dejará a nadie impertérrito en las décadas venideras. Estados Unidos se ve debilitado, lo sabe, por tanto morderá y atacará con todas sus fuerzas, no olvidemos que son muchas, a todos los que opongan resistencias, o apuesten por una nueva reordenación geopolítica del tablero internacional, que como es consabido, ya está en marcha. Ahora toca esperar la respuesta de algunos espacios geopolíticos siempre favorables. Estamos pensando fundamentalmente en la Unión Europea, puesto que contamos con una plácida afirmación por parte de Gran Bretaña, Corea del Sur y Australia. El espacio relevante en la futura contienda que se avecina es la Unión Europea, y de su decisión dependerá el signo de las acciones norteamericanas, aunque ya podemos anticipar que no dejará a nadie indiferente. Pero no vayamos tan rápido. Primero debemos dilucidar qué es lo que representa Biden y, el por qué de la ardiente acogida internacional.

Un Joe Biden entusiasmado por la victoria electoral frente a Trump, declaró el pasado  8 de noviembre que el país se encontraba desgarrado por unas pesadas y dolorosas divisiones, a lo que añadimos consecuentemente un desolador aumento de la desigualdad social, una falta visible de recursos públicos y una depauperación de las condiciones laborales, imbricadas en la segmentación de una clase trabajadora aún más golpeada en los territorios raciales y de género. Es cierto que con la administración Trump, y antes de la eclosión de la pandemia mundial, las cifras macroeconómicas habían aumentado, pero no es menos cierto, que el estudio de la letra pequeña, muestra el principio de realidad de una población desigual, por la que parte de la misma ya no puede ser considerada ni proletaria, pues el neoliberalismo ha derrumbado el proceso industrial vinculado al trabajo.

Y es aquí adónde queríamos llegar con el discurso apasionado de Biden, puesto que en su escenografía prometió la unificación del pueblo mediante una reinvención del alma americana: “I sought this office to restore the soul of america, to rebuild the backbone of this nation, the middle class and to make america respected around the world again” [1]

 

Joe Biden en un mitin electoral. Autor: Gage Skidmore

El discurso de Biden convoca abiertamente al pueblo americano a la restauración del alma de los negocios que dio a los Estados Unidos su primacía internacional tras la fecha de 1898. Es un discurso de veneración y devoción del dinero, que esconde weberianamente la alabanza del mundo del trabajo. Religión y economía, o, lo que es lo mismo, teodicea del sufrimiento humano revestida de una ética calvinista ascética vinculada al alma del trabajo.

Así, Weber llega a la conclusión tras años de estudio de las diferentes confesiones religiosas, que en los siglos XVI y XVII únicamente la fe estuvo en condiciones de cambiar la raíz de las estructuras mentales y materiales del tradicionalismo  dominante. El alma del que habla Biden es, precisamente, aquello que compartían Weber y Tocqueville [2] y por lo que despreciaban tanto a la clase empresarial que se arrodillaba ante el Káiser, como a la nobleza francesa parasitaria y corrupta. Ambos admiraban el alma de una sociedad, la norteamericana, que abrazaba un liberalismo clásico, que no olvidó y rehuyó del principio de la subjetividad humana, y fundó en torno a ello una nueva racionalidad de acciones finitas.

Finalmente, el modelo norteamericano entroncado con los principios religiosos ascéticos puritanos, conformaba en el alma del trabajo, las condiciones finitas que rompían las férreas estructuras entre el soberano y Dios. Se trataba de trasladar las categorías kantianas de la finitud del conocimiento humano, y las ideas de la mano invisible de
Adam Smith a una estructura social del trabajo laborioso y virtuoso que permita de esta forma la conformación de un Estado cada vez más testimonial [3]. Precisamente esto último es aquello que unía a Tocqueville y a Weber.

Por lo tanto, el alma al que apela Biden en su ferviente discurso está perfectamente resumida en la idea del Estado barato proferida por Benjamin Franklin y que Foucault recoge en la Leçon du 17 janvier 1979 de su Naissance de la biopolitique, a quien Weber identifica como uno de los verdaderos padres del virtuoso alma empresarial americano: “A virtuous and laborious people could always be –cheaply governed- in a republican system” [4]

Sin embargo, nada más lejos de la realidad, el nuevo sujeto neoliberal al que está apelando Biden, ya no es un sujeto conformado bajo los parámetro ascéticos del trabajo en producción/ahorro/consumo. El antiguo sujeto político, aquel que tanto gustaba recordar Max Weber y que tal vez se consumara en la figura de Roosevelt, que mantenía una tensión virtuosa en el trabajo, y disfrutaba de la inmanencia del consumo de los bienes acumulados, ya no existe.

No se trata de hacer lo que cada uno sabe, entendiendo el trabajo como aquella piedra angular del sistema de unas esferas de acción disgregadas pero con un sentido unitario y, después consumir aquello de lo que se tiene necesidad. Ahora, al sujeto neoliberal se le pide que viva en un presente continuo de plus de goce, lugar donde la flexibilidad, la rapidez y la inconsistencia se dan cita, pues al día siguiente deberás levantarte con las mismas ganas de hacer lo mismo, y así continuamente, en una especie de rueda de hámster que impida la solidificación del pasado, y anule a su vez la acción social colectiva como forma de transformación social.

Definitivamente, la llegada de Biden a La Casa Blanca y la apuesta de “restore the soul of America” no cambiará absolutamente nada. Seguimos tapándonos los ojos cuando tenemos al elefante denominado neoliberalismo delante de nuestras narices [5].

En suma, respecto al problema global que lleva golpeando el mundo de la vida durante décadas, y que ahora no se expresa en su amabilidad pasada, sino en su verborrea autoritaria y antidemocrática, no debemos esperar grandes soluciones de un imperio que está en decadencia. La crudeza de la batalla con China es más que evidente.

Si durante la Guerra Fría, los Estados Unidos jugaron perfectamente el movimiento de resquebrajar la relación de la Unión Soviética y China, asumiendo desde entonces un papel relevante y ganador hasta el derrumbe del Muro de Berlín. Es un desplazamiento que ahora no ha funcionado. Trump lo intentó, pero no le salió del todo bien. China y su confucianismo, pero también un mercado interior de 1,393 miles de millones de personas, así como una balanza comercial más que envidiable, se encuentra en una situación inmejorable para esperar, no cometer errores y trabar las alianzas que haga falta mirando a un futuro no muy lejano.

Es más que evidente que los Estados Unidos y sus socios no permitirán que esto suceda, no está entre sus planes el conceder más metros a la reunificación del antiguo imperio asiático. Y es por ello, que la función de la Unión Europea se hace decisiva y central en estos desequilibrios geopolíticos. Hasta el momento, la Unión no ha dado señal de girar su mirada geopolítica y su sistema diplomático hacia Rusia. Desde el final de la Primera Guerra Mundial, y atendiendo al poder del Heartland desarrollado por Mackinder en su texto Democratic ideals and reality, EE.UU. asumió que Europa y Rusia debían mantenerse divididas. Según la teoría de Mackinder, que fue también manoseada primero por la Alemania Nazi, y después por la Unión Soviética, se asegura que quien domina el este de Europa, domina el Heartland, y que quien domina este Heartland reina en la –Isla del Mundo-, y a su vez, quien domina la –Isla del Mundo- gobierna el mundo entero. La muerte de Mackinder en el 1947 no silenció sus palabras. Tanto es así, que entre los responsables de la nueva situación geopolítica que mantiene Rusia, está Aleksandr Dugin quien en su The foundations of Geopolitics, inspirándose en las ideas de Mackinder auspició que Rusia vivía acorralada y estrangulada por el ansia Occidental [6].

Por todo esto, y asumiendo la creación de las extensas redes ferroviarias que China sigue construyendo a lo largo del continente, posicionándose así, como un candidato más que significativo de erigirse como la potencia terrestre del Heartland. La posición geopolítica que tome la Unión Europea será fundamental. A día de hoy, EE.UU. no tiene nada que temer al respecto. Sin embargo, la idea es muy clara, a EE.UU. sigue sin interesarle la constitución del pivote geográfico de la historia, como fuera definido por Mackinder entre París, Berlín y Moscú.

En la actualidad, el surgimiento del antiguo imperio asiático cuestiona aún más el tablero geopolítico.
La construcción de las vías ferroviarias por parte del gobierno chino nos insta a pensar en la estrategia atisbada.
De momento, la relación entre Rusia y China es buena, pero atendiendo al pasado, nadie está en condiciones de garantizar su longevidad.

Dentro de este desaliñado, la Unión Europea todavía puede jugar un papel relevante en la puesta en marcha de una estrategia coordinada y con pretensiones de futuro. De su decisión, de mirar hacia Rusia y constituir unos intereses propios, o por el contrario, supeditar su agenda a la norteamericana, estará muy pendiente el gobierno de Joe Biden.

No tenemos ninguna duda de que su administración estará profundamente marcada por un tono más cercano con sus aliados, de mantener la división entre Europa y Rusia, de seguir proponiendo “golpes blandos” en América Latina, de someter en la medida de lo posible a los países africanos, y de orientar una estrategia total contra China, y sí, ésta ya no será por Tierra, o Mar, sino por el control del ciberespacio.

Notas

[1] BBC News (2020) “Us election: Joe Biden vows to –unify- country un victory speech” [En línea] Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=Lwi43jsyX_g

[2] Villacañas, J. L., “Ethos y economía: Weber y Foucault sobre la memoria de Europa”, 2010, Recuperado de: https://revistas.um.es/daimon/article/view/148481, pág. 30

[3] Ibid., pág. 31

[4] Foucault, M., La naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France (1978-1979), Seuil/Gallimard, París, 2004, pág. 49

[5] Del Pino Díaz, D., “Un elefante en la habitación” [En línea] Disponible en: https://nuevocampomediatico.es/un-elefante-en-la-habitacion/

[6] Tinline, P., “Teoría Heartland: cómo un geógrafo del siglo XIX desarrolló la idea que rige la geopolítica actual”, 2020, Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/noticias-51066744


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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