La arrogancia de los pocos

David Del Pino

Parece ser que la explotación como ejercicio inherente del decurso histórico es una constante que aún no se ha soliviantado a pesar de que algunos de los denominados gurús neoliberales califiquen su semántica de apócrifa. Explotación de la naturaleza por el hombre, del hombre por el hombre, de la mujer por el hombre, del negro por el blanco, de las minorías étnicas por los hombres legítimos, de los proletarios por los burgueses, y así sucesivamente. Un vistazo somero a lo descrito precisa de alguna apreciación. Tal vez, algún interesado haya establecido súbitamente una relación de simetría teórica y diacrónica con el famoso concepto de lucha de clases. No sería ingenuo pensarlo. De hecho, sugerimos que así se haga. Sin embargo, todo lo que digamos desde este momento, reverberará en el filo de una, quizá, presumida paradoja.

La explotación y extracción de las tres esferas que estructuraban el intercambio de todo orden cultural según Claude Lévi-Strauss (bienes materiales, seres humanos –mujeres-, lenguaje) están plenamente atravesadas en la contemporaneidad por los designios calculados y calculables de unas élites políticas y económicas bien definidas. La supuesta paradoja estriba, en efecto, en que la atroz lucha de clases no es dirimida fácilmente en términos dicotómicos. El espacio social donde cada uno de los ciudadanos –si queda algo en pie de esa categoría burguesa- desarrollamos nuestras vidas y nos sentimos parte de algo o de nada, dibuja sus contornos estriados alrededor de muchas contradicciones sociales que implican un principio de complejidad, entonces, su incapacidad de solucionarse a través de cualquier principio lógico que no incorpore en su seno la incapacidad de cierre.

En suma, el régimen de explotación en la contemporaneidad, si bien es cierto que encuentra su arcadia en la explotación encabezada por la codicia de unos pocos, y que esto mismo condiciona la vida de los muchos, en ningún caso, estos muchos tienen por qué articular críticamente la experiencia desgarradora del yugo de los pocos. Lamentablemente, suele ser muy al contrario. Que las disposiciones diarias, los gustos, los miedos, las aficiones, y muchas enfermedades mentales devienen y tienen su origen en una estructura social desigual y asimétrica es consabido, de esto el término de habitus de Bourdieu da buena cuenta de ello. Sin embargo, que estas disposiciones de clase se hilvanen alrededor de una fulgurante crítica requiere de un trabajo político constante, es decir, que la explotación de clase neoliberal y su respuesta ciudadana en forma de apatía y descredito de toda crítica es un hecho histórico contrastable.

Sobre la relación existente entre la explotación neoliberal y el auge de la extrema derecha se han sucedido en los últimos días dos buenos artículos, uno de Íñigo Errejón titulado La coalición de los frágiles frente a la coalición de los solos [1], y el otro de Luciana Cadahia La raja [2]. En relación a estas dos buenas perspectivas complementarias para encarar una de las mayores problemáticas que asolan a nuestra era del presente continuo, hace unos meses ya nos hacíamos cargo de la situación en Breve anatomía del fascismo en la contemporaneidad. En él afirmábamos que pese a las múltiples diferencias históricas y académicas de peso que dan cuenta de las especificidades, concreciones y, también disimilitudes, en conformar bajo el signo de “fascismo” algunas de las experiencias históricas de los años 30, advertíamos que cualquiera de los modelos –español, italiano, alemán- convergieron y se erigieron formando monstruos sin órganos, unidos a pesar de sus singularidades nacionales, frente a la amenaza que representaba el poder bolchevique, como por la crisis económica que había conseguido arrastrar a parte de la clase media a una posición de desclasamiento visto como vergonzante.

Y, después de casi un siglo, nos enfrentamos a una situación con parecidos más que razonables. El auge de la extrema derecha a lo largo del globo es un hecho verificable. La situación es grave puesto que son formaciones políticas feroces y monstruosas cuyos vástagos pistones que dan forma a su motor están revestidos por una idea totalizadora y asfixiante contra cualquier sujeto político que represente una amenaza a la unidad. No debemos caer en errores, que por otro lado, son usuales. Las extremas derechas forman discursivamente sus amenazas frente a cualquier sujeto que pretenda desgarrar su visión única y totalizadora. Es un discurso donde no caben alternativas a lo Uno. Por eso mismo, en un mundo en el que esta visión sea hegemónica, toda disidencia política de clase, de género o raza sería acallada a martillazos. La simplicidad de sus argumentos es diametralmente opuesta a la complejidad de su génesis.

La génesis del auge de las diferentes extremas derechas concita una única respuesta: la razón neoliberal. La explotación de clase neoliberal en sus procelosos laberintos de espejos y connivencias entre los que Bourdieu denominaba la mano derecha del Estado, y la “naturalización” de las relaciones de aquello que comúnmente entendemos como los mercados, han generado una pauperización sangrante de una parte sustancial de la población mundial, agravándose claro está, en cada una de las intersecciones de clase, género, raza y etnia.  El mundo neoliberal es un espacio donde las viejas certezas se han derruido, donde encontrar un trabajo bien remunerado o, al menos, con ciertas garantías de seguridad se ha visto reducido a la mínima expresión, donde el consumismo ocupa cada vez una parte más sustancial de nuestra cotidianidad, donde no sabemos si seremos capaces de pagar el alquiler, la luz y el comedor de nuestros hijos el mes próximo. En definitiva, un mundo más sombrío, tenebroso y difícil aunque acostumbremos a ver sonrisas simuladas en plataformas tecnológicas que empujan con fuerza cualquier resquicio de compromiso colectivo, es decir, nos sentimos envueltos en una desangelada orfandad crítica.

La tristeza, la apatía, la sobresaturación de información, la imposibilidad de pensar un horizonte futuro, y las graves consecuencias de una desigualdad social y una asimetría cada vez mayor son las condiciones de posibilidad, como en los años 30 del pasado siglo, para que aparezcan desde los caminos más oscuros y desgarradores del túnel de la historia las fuerzas del odio y la totalización. Esto no quiere decir en ningún caso, como también sucedió en los años 30, que sean formaciones políticas que pretendan desanimar o desacreditar los pilares de la axiomática del capital. Todo lo contrario. Son partidos políticos que alimentan su odio de sancionar, castigar y agravar a los más débiles, a los que están peor que ellos, a los inmigrantes, a las mujeres, a los pobres, a las personas LGTBI, pero después comparten opíparas comidas y circunspectas miradas con aquellos definidos por sus taimados, suaves, y comedidos modales.

Mientras las condiciones de vida de la gente común se encarecen y sistemáticamente se estrechan las posibilidades de obtener una vida digna, las élites mundiales escapan de lo común, generando pequeñas cartografías emancipadas con su sanidad privada, educación privada, policía privada, parques perimetrados contra la amenaza exterior, etc. El continuo proceso que han llevado a cabo las elites emancipándose de lo común ha sido fantásticamente descrito por el sociólogo francés Christophe Guilluy en Twilight of the elites. Prosperity, the periphery, and the future of France. Ante esta situación, el auge del fascismo como respuesta de clase a una coyuntura histórica caracterizada por la zozobra, azota el odio hacia el más débil, exonerando complicidades con los responsables de esta catástrofe social.

Entonces, ante la pobreza generalizada, la carencia de armonía e interiorización propiciada por un consumismo abusivo, y el descredito y apatía de una ciudadanía asfixiada y agotada por saber si podrán pagar sus facturas el mes siguiente, las fuerzas provenientes de los túneles más oscuros de la historia pujan por crecer y armonizar las contradicciones que se dan en el seno de una sociedad compleja. Conversando con el profesor y sociólogo Luis García Tojar, él atisbaba sagaz e inteligentemente cómo personajes de la talla de Donald Trump insisten en posicionarse como líderes carismáticos en virtud de acumular en su figura todas las contradicciones sociales, aliviando en forma de contrapartida el peso de las mismas a todos sus votantes.

En vistas de la necrosis social que ha profundizado la razón neoliberal, una parte de la población, aunque debemos destacar que el voto a la extrema derecha en España excepto en Catalunya se concentra entre las clases más pudientes, pueden ceder a la petulante tentación de abrazarse ensimismados al odio hacia el más débil, es decir, paliar la sed de certidumbre con odio y resignación contra todos aquellos que lo están pasando peor que tú, o que son diferentes a lo Uno (mujeres, inmigrantes, LGTBI…). Sociedades humanas convertidas en individuos aislados, atomizados y atormentados requieren de certidumbre y algún mínimo de seguridad, no se puede vivir continuamente atravesando flujos eternos a la espera de la muerte. Los seres humanos necesitamos tejidos (textos, vivienda, y ropa), asideros concurridos (ideologías) y posibilidad de trascender nuestra existencia con finales épicos o ficticios. Por lo tanto, en un mundo con exceso de materia y déficit de forma, así como de experiencias humanas desgarradas y sin memoria, conforman las coordenadas requeridas para el retorno del fascismo.

 

Notas:

[1] Errejon, Í., (2021) “La coalición de los frágiles frente a la coalición de los solos” [En línea] Disponible en: https://reportesp.mx/2021/2/lecturas/la-coalicion-de-los-fragiles-frente-a-la-coalicion-de-los-solos/

[2]Cadahia, L., (2021) “La raja” [En línea] Disponible en: https://reportesp.mx/2021/2/columnas/la-raja/?fbclid=IwAR3gN0Z2MIe67o-5KUoXYDHA6wZ3E55yRWpyOuovS0-dZbJqYNCbyU6VEq

 
Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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