La autocensura y la espiral del silencio

Según el pensamiento de la politóloga y periodista alemana, Elisabeth Noelle-Neumann, los miembros de una comunidad examinan constantemente las opiniones de su entorno social con el fin de averiguar cuáles son las creencias compartidas por un mayor número de personas. A partir de esa evaluación, en la que se analizan los medios de comunicación y se perciben indicios e inclinaciones definitorios del entorno, los individuos forman una imagen global de la opinión dominante, que puede concordar o no con la realidad, a la que ajustan su pensamiento para evitar una sanción social a modo de aislamiento, es decir, para evadir el sentimiento de soledad e impedir ser apartado o rechazado por los demás.

El motivo en el que descansa este comportamiento no es otro que el temor acentuado a la soledad, al aislamiento social de ciertos colectivos que podría producirse a raíz de emitir opiniones no dominantes y que, al mismo tiempo, suscitaría que una persona estuviera dispuesta a no expresar su opinión, a priori contraria a la de la mayoría, o incluso a modificarla con tal de mantener los vínculos sociales.

De acuerdo con la misma teoría, que Noelle-Neumann llamó la espiral del silencio y que se ha convertido en un modelo para explicar la configuración de las opiniones y la promoción de los consensos desde que se formulara allá por los años 70, el miedo puede llevar a que una opinión compartida por un gran número de personas liquide de la esfera pública una visión discrepante cuando es percibida como minoritaria, dado que las personas con un pensamiento disidente estarían menos dispuestas a expresarlo. En este sentido, la tesis de la espiral del silencio predice que, si una persona siente que su opinión no forma parte de la mayoritaria, ésta tiende a silenciar sus ideas, provocando la falsa creencia de que sólo existe una única opinión.

La expresión de las opiniones, al margen de los postulados de la anterior teoría, está ligada estrechamente a características personales que pueden tener un efecto directo sobre la disposición a hablar sobre un tema concreto. Y una de esas particularidades es la autocensura, de la que tanto se está hablando en nuestros días. Se trata de un concepto que se refiere a la inhibición de la expresión de nuestra opinión propia por miedo a que otras personas puedan estar de acuerdo o no con ella.

Nuestro compañero David Del Pino tenía a bien escribir en Hablemos sobre la libertad’ que “la libertad es uno de los principios rectores de la condición humana, un axioma que se manifiesta no en la individualidad, sino en la apertura al otro, a su reconocimiento y empatía”. Conceptos como libertad, democracia e igualdad han dejado de servir como lazos de la sociedad tras el hedonismo cognitivo devenido por las nuevas tecnologías y de nuestro presente continuo, puesto que son unos presupuestos que necesitan de un imaginario que los alimente y vele por su permanencia. Precisa de un relato épico que justifique la adhesión ciudadana a estos términos. En este sentido, la industria cultural americana fue pionera a la hora de construir en el imaginario colectivo el concepto de libertad individual, al menos en términos políticos.

Palabras como ‘poder del pueblo’, ‘igualdad ante la ley’, ‘sufragio universal’, ‘libertad de expresión’ son pilares que sustentan el imaginario colectivo de una sociedad democrática que vive en base a una interacción o una conciliación entre las inclinaciones políticas y la diversidad que habita en dicha sociedad. En ese supuesto reside, también, la expresión libre.

Libertad de expresión. Fuente: A.Mash. Licencia Creative Commons

Imaginemos que estamos en una conferencia sobre el periodismo digital a la que acuden grandes personalidades de los medios de comunicación y a la que asisten particulares desconocidos como, por ejemplo, estudiantes universitarios, que tendrán la posibilidad de formular sus preguntas y expresar sus opiniones al final de cada intervención. Y visualicemos que uno de estos forasteros expresa una posición claramente discrepante con las del resto de los conferenciantes sin que fuera interrumpido. En los momentos previos a la exposición de su opinión, el universitario se preguntará si hace bien o no tomando la palabra, se sentirá frágil, poco convencido de lo que va a enunciar a sabiendas de que su manera de pensar no es la predominante, como el niño que va a clase sin haber hecho los deberes. El universitario se pronuncia porque se encuentra en un espacio libre de coacciones; porque, aunque minoritaria, quiere defender su posición y sabe que tiene la libertad para hacerlo.  

La retórica es en este caso la mejor arma del universitario, que se atreve a dar su opinión discrepante para intentar transformar las opiniones ajenas. Y al hacerlo revela que la expresión libre es un instrumento que brinda la oportunidad para alterar la cosmovisión de las cosas. John Stuart Mill reflexionaba en Sobre la libertad que lo que se debe proteger no es el derecho a hablar, sino el derecho a escuchar, dado que la única vía de la ciudadanía para alcanzar la verdad sobre los asuntos relevantes es discutiendo y escuchando.

Si nos censuran, o nos autocensuramos, se causa un perjuicio a la sociedad. Se limita el potencial conocimiento que podemos alcanzar a través de la manifestación de distintas ideas. Porque si hablamos con nuestros vínculos sociales no es sino para cuestionar, modificar o revalidar nuestras convicciones.

Es difícil hablar de autocensura sin mencionar la libertad de expresión. La autocensura es un proceso silencioso que anula la creatividad y la resistencia al pensamiento único; y cuando una persona decide no exponer su pensamiento en una mesa de debate, en su entorno más cercano o en las redes sociales porque podría resultar políticamente incorrecto, nuestra libertad y nuestra diversidad de opinión se debilitan.

Replicando a nuestro compañero bajo este paraguas, la libertad es la posibilidad de mantenernos firmes sobre nuestras creencias ante lo que se intenta imponer como realidad única. Nuestras percepciones no pueden permanecer enjauladas por el miedo al qué dirán y a que nos puedan rebatir. ¿En qué momento una opinión tiene que ser del agrado de todos los integrantes de una comunidad? En la libertad se haya el libre pensamiento como píldora para curar el miedo y la autocensura y, al mismo tiempo, para revalorizar la libertad de expresión y la democracia:

“Para que haya una democracia tiene que haber demócratas y para ser demócratas hay que tener libre el pensamiento. Pero toda la educación que nos dan va contra la libertad del pensamiento. Si usted no tiene libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor. Si lo que usted está expresando es lo que le han dicho que diga, no tiene ningún valor personal. Deberían educarnos para pensar por nuestra cuenta, para razonar por nuestra cuenta y arriesgarnos por nuestra cuenta y ser cada cual quién es”

José Luis Sampedro

Notas

[1] Noelle-Neumann, E., & Calderón, F. J. R. (2010). La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social. Barcelona, España: Paidós Ibérica.

[2] Mill, J. S., Azcárate, P. D., & Berlin, I. (2013). Sobre la libertad (1.a ed.). Madrid, España: Alianza Editorial.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.


Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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One thought on “La autocensura y la espiral del silencio

  1. No perdamos nuestro referente como personas con personalidad propia y pensamiento propio. Totalmente de acuerdo.
    Es imposible gustar a todo el mundo. Así que no perdamos el tiempo y la referencia, y digamos lo que pensamos sinceramente.

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