La cancelación de la Revolución (I)

David Del Pino

De sobra es conocido y, lamentablemente sufrido en nuestras propias carnes, que en las últimas décadas, sobre todo, dejando tras de sí dos dolorosas crisis de consecuencias indeciblemente desgarradoras, las condiciones de vida del común de los mortales se han visto recrudecidas y golpeadas hasta índices que nos obliga a emprender un vuelo contraintuitivo bajo el aguacero de una asfixia sistemática en la época del “no tengo tiempo” para tomar un respiro y cartografiar teóricamente lo que se nos viene encima. Transidos de dolor, y ebrios de incertidumbre, con cada crisis económica que sufrimos, salimos más golpeados y destrozados. No es una mala noticia estridente y, tampoco una anomalía histórica, sino que es una verdad inaudible que teje los harapos descosidos propiciados por la codicia de los pocos y subyuga nuestra solidaridad y resistencia pretérita. Lo propio de la época, incluso adentrados en los lúgubres y trillados caminos del sufrimiento, es la reverberación de un cinismo tan deleznable que nos insta a actuar como si nada estuviera ocurriendo o, por emplear un dicho popular, creemos que llueve cuando lo que rocía nuestros rostros es un espesa orina.

En estas circunstancias, términos como precariedad laboral, sufrimiento, dolor, apatía, complejo de inferioridad, y enfermedades mentales son sinónimos de la metonimia de nuestra cotidianidad. La articulación de estos sentimientos conforman la metáfora precisa de un día a día cada vez más desértico, pero que, y es lo paradójico y más desolador de la situación histórica en la que vivimos, parece que nada cambia, es como si no existiera pasado ni futuro, es decir, como si no existiera un más allá de la mirada trágica que desplazamos a nuestros aparatitos tecnológicos cuando queremos abstraernos del daño y tristeza que padecen, que padecemos, nuestros compañeros de viaje en este tren que llamamos vida al caminar a nuestro lado pidiendo o solicitando ayuda. Hacemos como si nada estuviera pasando, creemos que quien recorre los largos y enrarecidos pasillos del metro reclamando solidaridad y ayuda, es un verso suelto y descarrilado, de un mundo jalonado de felicidad y mercancías con lo que responder a nuestros followers de Instragram.

Decíamos que el cinismo se abre camino entre olvidos y pérdidas de afecto bajo el telón de fondo de un objetivo, palpable y empírico recrudecimiento del nivel de vida del conjunto de los que no tenemos más que nuestra fuerza de trabajo con la que sobrevivir. Empujados a desarrollar vidas sumidas en la abulia, la rutina asfixiante de la incertidumbre, y borrachos de un sentimiento de mediocridad cuando nos miramos a nosotros mismos en un espejo que nos genera problemas y desfasajes psicológicos que explica el índice de enfermedades mentales actuales, parece poco probable o, me atrevería a afirmar, prácticamente imposible, la conjunción de estos padecimientos del nivel individual al social y, a su vez, en un programa conjunto entretejido de solidaridad y desaprobación de clase frente a los responsables de este descalabro. Es una realidad, frente al modelo histórico cosido por los pocos en fastuosas veladas epitomizadas por el coloquio Lippmann en 1938 y en La Sociedad Mont Pelerin en 1947, aquello que llamamos neoliberalismo, los muchos adolecemos de la capacidad que tuvieron las generaciones del Siglo XX, que en su unión y organización como clase obrera obligaron a los caballeros y defensores de la libertad y el mercado a acometer una serie de reformas que a la postre denominaríamos Estado de Bienestar.

Parece ser que pese a la vaciedad, banalización, dispersión, sufrimiento, y desigualdad que soportamos día a día y con lo que evitamos confrontar sistemáticamente presas de los flujos continuos de la rapacidad del capital en aplicaciones tales como Instagram, no atisbamos señales en el horizonte de alguna fuerza mítica o excelsa de un mundo nuevo que detenga la mise en abysse con el que nos topamos. La respuesta crítica contra una realidad que compone una sociedad que muere por sobredosis de desigualdad y precariedad, porque ya hemos comentado, que con cada crisis que sufrimos somos un poco más pobres mientras paradójicamente los beneficios de los directivos de las grandes compañías no paran de crecer y aumentar, es compleja y no exenta de contradicciones y malentendidos. Seguramente no mentiríamos, e incluso, se podría validar desde posiciones políticas dispares, que algunas de las causas de la adocenada posición de las fuerzas emancipadoras que en la contemporaneidad no cuentan con los instrumentos necesarios frente al reinante cinismo neoliberal, son una consecuencia lógica del cambio social propiciado por el cambio económico después de la Segunda Guerra Mundial en la medida en que el nivel de vida se incrementó dando como resultado el abandono de la penuria en pos de la abundancia.

Dicho proceso histórico, hizo posible que el conjunto de las desigualdades existentes en la asimétrica sociedad capitalista entre los diferentes estratos sociales, tendieran a disminuir y desplazarse hacia bienes y servicios de consumo. Este esquema concluiría con una suerte de aburguesamiento de la clase obrera y la desaparición de las clases mismas. Dicho de otra manera, se trataría de la universalización de las clases medias. Este proceso iniciado tras la Segunda Guerra Mundial estuvo fuertemente atravesado hasta la consecución del pináculo del neoliberalismo por dos etapas añadidas, en primer lugar, por el aumento y presencia de los medios de comunicación y el consumo asociado a la sociedad de masas y, por último, pero no menos importante, por el modelo de ataque y derribo de Margaret Thatcher y su doctrina neoliberal contra el Estado de Bienestar y su ejemplar contraofensiva frente a los mineros, por ser uno de los sujetos colectivos prototípicos en la consecución del Welfare state y la incipiente sociedad de masas vinculada a las diferencias de clase. Entonces, pasaríamos del modelo del Estado de Bienestar que amplió y efectuó el crecimiento y mejora de las condiciones de vida de la gente, pero que seguía marcado por la asimetría de clase, a un modelo, el neoliberal, que en el núcleo de su proyecto se concentraba en desdibujar las líneas divisorias entre las clases sociales con mecanismos que ya sí se tomaban muy en cuenta la importancia de la subjetividad y el control asistencial de las mentes humanas.

Bajo este prisma, la imposibilidad de una revolución social en la época de un presente huero, zafio y miserable es de tal importancia que observamos desvencijados cómo desde el cinismo reinante y a pesar de sufrir en nuestras carnes el desgarro y el dolor de unas condiciones de vida que aprietan y ahogan cada vez un poquito más, somos capaces de domeñarlo y sublimarlo, adquiriendo acríticamente y sin problematizar aplicaciones tecnológicas que ahondan precisamente a que estemos abocados a un continuo juego de acontecimientos caóticos eternamente reciclables porque es como si nada tuviera un anclaje sólido. Tal vez no tengamos tiempo para experimentar vidas humanas más allá de unas sufridas jornadas laborales interminables, pero aceptamos, y esto es lo crudo de la cuestión, sin problematizar y encontrar límites, la estructura ideológica de aplicaciones que consuman la deshumanización. Una sociedad asistida por narcóticos y desnortados cínicos hacia la aprobación de prácticas enajenantes, imposibilita la solidaridad y la conjunción social de los males experimentados individualmente requeridos para una transformación de la necedad que aguantamos. Porque tenemos que tener una cuestión meridianamente clara, la aprobación del paquete de medidas que posibilitó el Estado de Bienestar no fue la consecución pasiva del vistazo rápido a nuestros Stories o los matches de Tinder, sino la organización y unión activa por la dignidad humana.

A pesar de lo comentado en esta reflexión, restarían un puñado de ideas para explicar la imposibilidad de una revolución en la contemporaneidad que trataremos de argumentar en la segunda parte de este escrito.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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