La centralidad de lo popular

David Del Pino
La escuela y el sistema de educación constituyen una de tales instituciones distinguiendo la parte valorada de la cultura, el patrimonio cultural, la historia que debe transmitirse, de la parte «sin valor».
Stuart Hall

En las últimas décadas, tal vez, a propósito del giro conservador que impregnó y desvencijó los marcos políticos aparentemente sólidos y consolidados tras la Segunda Guerra Mundial que permitían la interpretación de los sufrimientos y dolores en clave de clase, acostumbramos a realizar sistemáticamente una vuelta atrás, a pensar las condiciones de vida de lo común nostálgicamente, reverberación de lo popular bajo no sabemos exactamente sobre qué declinación en función de quién tome posición. Espectralmente, la forma desinhibida pero informe de lo popular arrecia y nos acecha a cada paso que pretendamos dar. Ningún continente político, a izquierda o derecha, ha sido capaz de imponer un óbice a semejante implosión discursiva. Podríamos fijar nuestra mirada en algunos países de nuestro entorno en virtud de descifrar que el laboratorio español no es un caso aislado. Aquí, como en otros muchos países, la mirada política se concentra en atender a lo popular tanto por el lado de la izquierda, veamos el caso de Ana Iris Simón, como por el lado de la derecha, el intento de Vox de imponer su último programa ‘Viva 21’ y la intervención de la líder de Fratelli d’italia es significativo de lo comentado.

Sin pretender llevar a cabo un ejercicio de equidistancia, nada más lejos de la realidad, ambas posturas exigen una posición sobre lo popular como mínimo problemática. En el caso de Vox simplemente repugnante. Mientras que el ejemplo de Ana Iris Simón es sintomático de la lectura sobre lo popular que comienza a tomar una cierta posición relevante en las filas políticas de algunos sectores que podemos denominar de «izquierdas». Esa lectura nostálgica y, enormemente conservadora, la de un mundo rural e industrial sólido y ordenado, destruido por las volcánicas y rapaces fuerzas de la axiomática del capital completa una apología acrítica y adocenada de la complejidad inscripta en lo popular. Esta crítica intestina del lóbrego horizonte postmoderno cuya presencia de la comunidad popular sin previas fisuras o dolores ha sido sustituida por la representación de la diferencia, termina dibujando una imagen que hace un flaco favor a las crueldades y sufrimientos de una «estructura de sentimiento» de las comunidades industriales. Se idealiza una comunidad estrictamente heterosexual y masculina, lugar donde las mujeres mantienen una posición estólida o sumisa, los homosexuales son abiertamente reprimidos, y las personas racializadas figuran prácticamente en fichas comerciales de compra/venta. No se confundan, la rapacidad del capital no tiene límites, y el neoliberalismo es un sistema de vida nocivo y dañino para todas. Sin embargo, una lectura aproblemática de lo popular nos arroja más problemas que soluciones.

Si he desarrollado esta introducción es debido a que querríamos dedicar la entrada a dialogar brevemente con el artículo publicado hace algunas semanas por Amador Fernández-Savater intitulado El problema político de la fuerza en CTXT. He de confesar que es de las mejores piezas que he leído en los últimos días. Me impactaron sobremanera ciertas ideas que desarrolla Amador y que me sugirieron de entrada lo que he descrito al comienzo. Me interesa resaltar la última parte del artículo, aquello que el autor titula La fuerza de los débiles y las instituciones. La apelación a la «fuerza de los débiles» como acicate de superación del escarnio que sufren los que no tienen nada que perder excepto sus cadenas cuya fuerza o fortaleza se concentra en una exterioridad inaccesible por la política institucional pero bien delimitada para las que han (hemos) conformado nuestra cotidianidad bajo la materialidad de la experiencia plebeya significa apuntar al corazón de la manida idea de lo popular desde una posición más rica, matizada y fructífera. En palabras del autor: “Es una fuerza asimétrica, de naturaleza y materialidad diferente, con otros valores, otros tiempos y otros espacios, otra racionalidad u otro lenguaje, exterior a la política institucional”

La evocación de una fuerza o élan de los débiles autónoma, destartalada o no sistemática pero exterior y vigorosa a la institucionalidad nos sitúa en una tradición teórica enormemente sugerente en la que desfilan figuras tan reputadas como Mijaíl Bajtín, Julia Kristeva, Michelle Vovelle, Michel de Certeau, Jacques Rancière, Jesús Martín-Barbero, Raymond Williams, Richard Hoggart, E. P. Thompson y, aunque pueda parecer extraño por su cercanía con la escuela de la sociología crítica de Pierre Bourdieu, a Claude Grignon y Jean-Claude Passeron. Tanto Grignon como Passeron, aunque especialmente este último, decidieron progresivamente alejarse de una figura cercana y fundamental como Pierre Bourdieu, para tomar en consideración y rescatar los trabajos cartográficos de la experiencia de la clase obrera en la época de auge y ebullición de los productos de la cultura de masas como son los de Richard Hoggart.

Estoy convencido que, si me llamó tan fuertemente la atención el artículo de Amador, fue por la evocación de una fuerza popular y plebeya autónoma situada fuera de la institucionalidad con posibilidad de impugnación a ésta, ya que guarda una estrecha cercanía con pensadores que durante algunos años me llamaron tanto la atención como los mencionados, en especial, el triunvirato destacado de los Estudios Culturales. Durante este tiempo, acercarme a este elenco de referencias bibliográficas, no sólo encendía en mí la ilusión por la siempre posible transformación social y emancipación humana, sino que constituyó una «caja de herramientas» si lo decimos con Foucault, para interrogarme y entender que la fuerza de la que había sido participe, tal vez hasta mi entrada en la universidad, y que hizo que mi incrustación en la misma se hiciera más difícil, conservaba una exterioridad con capacidad a pesar de su poca sistematicidad como bien atisbó Gramsci, de ganar la batalla cuando ésta se diera.

No obstante, desde la llegada a mis manos de La distinción y, sobre todo, Autoanálisis de un sociólogo de Bourdieu, lo que constituyó para mí no sólo su rápida lectura, generando una «conmoción ontológica» como afirmó la escritora francesa Annie Ernaux cuando tuvo que desvelar lo que le había sugerido su lectura en los años setenta, sino un infatigable viaje al núcleo y corazón de su trabajo reflexivo que continúa hasta el día de hoy. Inevitablemente, el acercamiento tan asiduo a la obra de Bourdieu me generó rápidamente un cierto extrañamiento y distancia con las lecturas que hasta ese momento habían estado presentes en la mesilla de noche de mi habitación. Las intenciones de Amador, así como las de otros pensadores como Rancière, son, o al menos lo parecen, sinceras y cercanas con las oprimidas. Pero, reconozco que bajo esa etiqueta abarcadora y casi inmaculada de los débiles, se esconden fuerzas voluntaristas, sinceras pero infructíferas, que al no prestar la suficiente atención a los mecanismos de la dominación social, caen presas de un «ethos de clase» o un «sesgo escolástico» como afirmaría Bourdieu en sus Meditaciones pascalianas, contrario a lo que constituiría un programa de sociología reflexiva que explique tanto los mecanismos de la reproducción, como que en ocasiones nada desdeñables en número, lo reconozco en los espacios familiares y laborales en los que he desarrollado parte de mis últimos años, los dominados bajo el horizonte de su habitus mantienen no deliberadamente un apoyo irrestricto con sus verdugos.

Respecto a esto último, la imagen que presencié en el bar en el que trabajé hace unos meses entre uno de mis compañeros y la propietaria de ese establecimiento e innumerables inmuebles con los que gana una buena cantidad de dinero con su alquiler, en la que se fundían ambos en un tierno abrazo por la victoria de la candidata popular Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid, me persigue como los fantasmas de los que hablaba Mark Fisher. La lectura del texto de Amador súbitamente me hizo volver la mirada sobre las palabras del alumno y amigo de Bourdieu, Didier Eribon, en su capítulo publicado en un volumen colectivo editado por Édouard Louis Pierre Bourdieu: l’insoumission en héritage, en el que tomando como ejemplo el escrito de Bourdieu en mayo de 1968 titulado Llamamiento a la organización de los Estados Generales de enseñanza y de la investigación, éste se pregunta al calor de las protestas de Mayo si los estudiantes universitarios que impugnaban el orden establecido daban acceso a la palabra a quienes no hablan o a quienes no se les escucha. Bourdieu nos recuerda, empero, que en la denuncia de los estudiantes universitarios no se estaba tomando en buena consideración la voz o la palabra de los dominados, los desposeídos y despojados del capital cultural, habida cuenta que el sistema escolar y, más concretamente, el sistema universitario, funciona como un mecanismo de descarte de los hijos de las clases populares. Entonces, si el sistema escolar deja fuera en gran medida a los hijos de las clases populares, los cuales son ellos mismos en función de sus habitus los que se autorechazan y observan con desdén y lejanía esos espacios, solo tengo que recordarme, que de los chicos y chicas que cursamos estudios de primaria en un colegio popular, somos muy pocos, los que hemos proseguido la senda de los estudios universitarios, cuando se produjeron las revueltas de Mayo ¿realmente se le dio voz a las que per se no estaban dentro del circuito universitario? ¿Sólo tomaron partida hijos e hijas de familias bien ubicadas en el espacio social que terminarían pocos años después ocupando el sitio que les correspondía por ser «Herederos»?

Esto mismo que se preguntaba elocuentemente Bourdieu para el caso de Mayo del 68, puede ser conducido hacia el artículo de Amador, es decir, cuando hablamos de la fuerza de los débiles, ¿ estamos dando el poder de la palabra a los desposeídos o, por el contrario, caemos presas del sempiterno sesgo escolástico que pretendiera ver en todas y todos los débiles agentes revolucionarios? Ni que decir tiene que objetivamente los débiles ocupan una posición concreta en el interior de la dominación social. Cuando he tenido que trabajar durante cuatro años para no dejar mis estudios de doctorado he comprobado, diariamente, la crueldad de un sistema social jerárquico y asimétrico que me recordaba la posición que ocupo y, también, las dificultades con las que me iba a topar si quería continuar una senda para la que no estaba convocado desde mi nacimiento. Rechazar el voluntarismo de los débiles es asegurar que, en muchos casos, quienes ocupan ese espacio social de agravio objetivo, no se piensan o sienten como excluidos del sistema, ejerciendo un conservadurismo del que dan buena cuenta autores y autoras que han sufrido el insulto, la vergüenza, o el «estigma» si lo queremos decir con Erving Goffman, por ser homosexuales o mujeres. A este respecto, las obras de Didier Eribon Reflexiones sobre la cuestión gay o Una moral de lo minoritario son representativas.

Para terminar el escrito, asegurar que más que la fuerza de los débiles o, con el objetivo de escapar a cierto eclecticismo político al que conducen los análisis reflexivo de Pierre Bourdieu, apostar por un programa político pedagógico como el relatado por Antonio Gramsci. En los desordenados y caóticos Cuadernos de la Cárcel del sardo italiano encontramos tanto una majestuosa lección de vida humana, como un arsenal de herramientas en virtud de pensar lo político y lo popular sin trampantojos o discursos acríticos y condescendientes. Para Gramsci, todo acercamiento a la hegemonía implica necesariamente una relación pedagógica. Leer los Cuadernos en el siglo XXI todavía nos convoca a pensar su proyecto de filosofía de la praxis como un proceso pedagógico con las clases populares. Asumir de entrada la capacidad que tienen los dominados de recibir y poder estudiar los complejos circuitos que recorren los laberintos de lo llamado «alta cultura». Esto también debe integrar en su seno un trabajo de sociología reflexiva que permita comprender los mecanismos de la reproducción evitando tropezar en situaciones voluntaristas o pre-reflexivas. Por lo tanto, volver a Gramsci, es retomar a un pensador interesado en la función educativa de un «estado integral» o una «hegemonía alternativa».

Dicho esto, nos gustaría terminar con estas palabras de Gramsci en el Cuaderno 8 que arrojan luz sobre lo mencionado: “[…] toda la función del Estado es transformada: el Estado se vuelve «educador», etcétera. […] Una clase que se postule a sí misma como capaz de asimilar a toda la sociedad y sea al mismo tiempo capaz de llevar a cabo este proceso, lleva a la perfección esta concepción del Estado y del derecho, hasta el punto de concebir el fin del Estado y del derecho, inútiles a fin de cuentas por haber agotado su misión y haber sido absorbidos por la sociedad civil”.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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