La construcción del carisma en las democracias mediatizadas

David Del Pino

Uno de los objetivos más afamados y prestigiosos de la vasta obra del sociólogo alemán Max Weber es el estudio del carisma. ¿Qué debemos entender genuinamente por dominación carismática? El despliegue teórico realizado por Weber del concepto de carisma permitió explicar ciertas cualidades sobrehumanas de atracción y mistificación sobre sus seguidores, legitimándolos y, erigiéndolos como una deidad. Según estudios llevados a cabo por Freud, la existencia de grupos humanos que concentran sus anhelos, temores e incertidumbres en la figura del líder carismático se corresponde a los diferentes lazos libidinales en los procesos de identificación social. ¿Qué estamos queriendo decir exactamente? Que la aparición y la construcción de líderes carismáticos y, el continuo lazo afectivo que mantiene simbólicamente la relación de manera retroalimentada, pertenecen inherentemente a inclinaciones humanas. El líder carismático está llamado a encarnar en sí mismo el orden político, pudiendo llegar a ser fuente de la diferencia y de la especie más alta de autoridad.

De todas las significativas características que Weber desarrolla en torno al concepto de carisma, la más destacable es la inestabilidad. El líder carismático estará provisto de una fuerza y una vitalidad irracional que le hará ubicarse en una posición sediciosa, rupturista y sobrehumana. ¿Para la consolidación del movimiento rupturista es inexorable el reconocimiento en el otro? Absolutamente sí. Debemos apuntar que la relación que mantiene el líder carismático y sus seguidores es necesaria y consustancial al desarrollo mismo.

El mayor reto al que se enfrentará el líder carismático surgido de la espontaneidad rupturista es el fenómeno natural del paso del tiempo. Por encima de las consideraciones fácticas que haya podido obtener, el fenómeno crítico con la coyuntura política y social que le hizo nacer y crecer cede a las fuerzas de lo cotidiano. Cuando nos encontramos ante esta situación, el líder carismático asume un rol de normalidad perdiendo esa vehemencia que ardía en los corazones de sus diferentes seguidores.

Pese a que el paso del tiempo cerciore las condiciones sobrehumanas de transcendencia y simbolismo en las que pudo emerger una fuerza carismática creadora y revolucionaria, Max Weber comprendió que todo cambio o transformación en cualquier dirección dentro de los márgenes impuestos por un régimen político cualquiera, encontraba su precedente en el papel conductor de la fuerza extracotidiana.

¿Qué ha sucedido en términos históricos para que surja la figura del carisma contemporáneo? Son muchas las razones históricas que pueden y deben ser resueltas para responder a una pregunta como esta. Sin embargo, los diferentes cambios en el uso y en el ejercicio de las campañas electorales a lo largo de los siglos XIX y XX son una buena manera de acercarnos al fenómeno señalado. Si las democracias en el siglo XIX se caracterizaban por un ejercicio fuerte de parlamentarismo donde las campañas electorales tenían un ensamblaje local y personal, mítines largos y complejos; en la actualidad las campañas políticas sirven en gran medida para presentar mensajes vacíos, banales y, por supuesto, intencionados. Es decir, el campo mediático, y en concreto la televisión se ha convertido metafóricamente hablando en el terreno de batalla donde se disputarán las diferentes sensibilidades políticas.

En la actualidad, la relación entre las diferentes fuerzas rupturistas con el orden impuesto transita o se canaliza necesariamente a través de los medios de comunicación. Si el carisma genuino descrito maravillosamente bien por nuestro autor es señalado como vitalidad irracional con gran atracción magnética; el carisma contemporáneo construido en los medios de comunicación se ha racionalizado, o lo que es lo mismo, “democratizado”. La racionalización del carisma contemporáneo permite que sea descrito como una fuerza tangible y desplegada a cualquier líder político sin tener marcadas las capacidades de liderazgo pasando, por ejemplo, de Pablo Casado a Pablo Iglesias, o de Pedro Sánchez a Santiago Abascal.

Como indica el sociólogo Salvador Giner, los seres humanos aún no hemos sido capaces de resolver los grandes problemas filosóficos asociados con los límites y la finitud de la existencia, así como las grandes cuestiones filosóficas asociadas a la misma. Retomando la lectura de Giner, el lanzamiento de las propuestas de marketing de proyectar múltiples y, cada vez más, variopintos líderes carismáticos a desempeñar una función retórica en el amplio escenario de la política mediatizada no constituye el problema de fondo. Se sitúa, entonces, en las coordenadas naturales del momento histórico en el que se mueve a gran velocidad el tejido cultural. Tales estrategias y puestas en funcionamiento están atravesadas por una serie de contradicciones endémicas de la modernidad que confieren un carácter un tanto aterrador a muchos de los pseudocarismas de nuestro tiempo.


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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