La inevitabilidad de la muerte susurrada por Roland Barthes

David Del Pino

Habitamos un mundo atravesado por imágenes visuales. Nunca antes en la historia de la humanidad los seres humanos habían tenido que lidiar con un campo visual tan amplio, rico y complejo como en la actualidad. Si miramos hacia atrás en la historia del pensamiento, advertimos la difícil e interesante empresa que supuso la aparición de la imagen. De ello, surge súbitamente la necesidad de aludir la pesadumbre con la que Platón arremetía en su mito de la caverna contra el deleite y costumbre ancestral de tomar partido en la vida mediante el «conocimiento» derivado de las imágenes. El asunto viene de lejos. Sin embargo, no creemos descubrir nada nuevo, si afirmamos la profusión nunca antes vista de contenido visual. De este modo, ya en un clásico trabajo sobre la fotografía, la filósofa y ensayista norteamericana Susan Sontag mencionaba que una de las condiciones de ser propias del industrialismo era la transformación de sus ciudadanos en yonquis de las imágenes. A lo que a reglón seguido, continuaba admitiendo la irresistible contaminación social que busca, anhela y encuentra el modelo industrial de unos ciudadanos atrapados bajo los intrincados muros ortopédicos de una épica visual que inexorablemente condenaba la «experiencia» al contenedor de la historia.

El déficit de «experiencia» como consecuencia de la pululación inimaginable hace unos siglos de los numerosísimos recursos visuales desarticulaba el espacio humano de la experiencia vivida. Es como si la propia materialidad de unas experiencias dolorosas, traumáticas, pero también felices y alegres que enhebraban los lazos de la comunidad, desaparecieran bajo la mirada ensimismada hacia un sinfín de recursos visuales. Es evidente, que de lo dicho, podríamos ir tejiendo un discurso que termine aceptando como válido que el mito de la sociedad de consumo, mito envuelto por una atmósfera de imágenes y signos que articulan y distribuyen papeles, distinciones y funciones sociales como bien atisbó Barthes en El sistema de la moda o Baudrillard con una impronta claramente barthesiana en El sistema de los objetos o La sociedad de consumo, arribó desvencijando la «experiencia» de comunidad de las clases populares y hegemonizando un tipo de estructura del sentir de clases medias hedonistas y consumistas. Por otro lado, nos podríamos situar en una posición, quizás, complementaria, pero también distante, algo que ya tiene en cuenta Susan Sontag, y comprender que el aumento de las recursos visuales ha permitido la democratización de la «cultura», permitiendo el acceso a materiales o disquisiciones artísticas previamente destinadas a sus héritiers.

Dicho lo cual, y dejando, creemos, relativamente esclarecida la relevancia de tener en cuenta el aumento de las imágenes y lo visual a lo largo del siglo XX y de lo que llevamos del siglo XXI, es interesante situar el foco en una colosal obra publicada en 1980 por Roland Barthes con el título original La chambre claire (La cámara lúcida). Esta magnífica obra de un prolijo y sagaz pensador clásico del estructuralismo francés trata, sin ambages, de pensar el Tiempo, la mirada nostálgica de la pérdida y, por supuesto, la muerte, en una época histórica de enormes transformaciones y cambios sociales en las actitudes hacia la muerte. El desarrollo de la sociedad industrial había propiciado la desacralización de la muerte, pasando de la celebración de una ceremonia pública, a la privatización, y al caso clínico y reglado estadísticamente. El eco de pensadores como Heidegger es evidente. De hecho, en algún momento de la obra, Barthes confiesa el haber abundado en sus apuntes sobre fenomenología.

Estas aclaraciones previas nos permiten abordar brevemente algunas características relevantes de la obra de Barthes. En La cámara lúcida, el pensador francés da muestras de que el hecho de la fotografía es un medio de un tiempo pasado. ¿Qué quiere decir Barthes cuando alude que la fotografía es un medio de un tiempo pasado? Así, la fotografía habla de algo que estuvo ahí y que ya no está. Lo que se capta en una fotografía es la distancia entre el espectador y aquello que se tomó en el momento de fotografiar algo. Por lo tanto, el pasado que se captó en la fotografía no puede regresar, no se puede volver a captar y nos advierte de que inexpugnablemente estamos abocados a la muerte, arrojados a perecer.

El motivo por el que Barthes determina escribir esta obra fue la muerte de su madre. Barthes contrasta que la imagen siempre es un ejercicio nostálgico. Un ejercicio emocional que reconstruye un pasado que no es ficticio, puesto que la imagen fue tomada en un presente real, pero del que ya no somos participes, mostrando descarnadamente que el pasado nostálgico que nos evoca una fotografía está directamente orientado a pensar en nuestra propia muerte como hecho biológico ineludible: “La fotografía no rememora el pasado (no hay nada de proustiano en una foto). El efecto que produce en mí no es la restitución de lo abolido (por el tiempo, por la distancia), sino el testimonio de que lo que veo ha sido” [1]

Para Barthes, la relación del espectador, de él mismo cuando observa las fotos de su madre, con el objeto en cuestión, la fotografía, debe mantenerse en silencio, alejado de todo «charloteo técnico». La relación del espectador con el objeto se produce en silencio y con los ojos cerrados. Es en esa relación personal que alcanzamos, según Barthes, la subjetividad absoluta de nuestras sensaciones con el momento pasado que ha sido fotografiado. No obstante, la muerte se posa sobre nuestras cabezas en forma de espectro o fantasma, no nos la podemos quitar de encima. Concentrarnos en una fotografía es devenir hacia la muerte: “Imaginariamente, la fotografía representa ese momento tan sutil en que, a decir verdad, no soy ni sujeto ni objeto, sino más bien un sujeto que se siente devenir objeto: vivo entonces una microexperiencia de la muerte (del paréntesis): me convierto verdaderamente en espectro” [2]

 

Notas:

[1] Barthes, R., La cámara lúcida. Notas sobre la fotografía, Paidós, Barcelona, 1990, pág. 145.

[2] Ibíd., pág. 46

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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