La ingenuidad del lenguaje

“Las palabras tienen, pues, un rostro porque configuran,
en sí mismas, una personalidad”
Emilio Lledó

 

 

¡Cualquier tiempo pasado fue mejor! Son reiteradas las veces que hemos escuchado esta afirmación, y más aun las que la hemos creído cierta. No es mentira que en estos tiempos que vivimos se nos llene la cabeza con preguntas, afirmaciones, deseos o plegarias, nunca sabremos si algún tiempo pasado fue mejor; lo que sí sabemos es que esos tiempos fueron superados.

Las historias y sus formas de contarlas realzan los sentimientos hacia el pasado y quizás nos embauquen en nuestra incesante búsqueda de la felicidad. La felicidad bien puede ser pasada pero nunca será estática. Como señala Lledó en su Elogio a la infelicidad “a medida que el lenguaje se fue convirtiendo en algo más íntimo que un mero indicio de señalas el mundo y de comunicarse sobre esas señales, las palabras empezaron a descubrir y describir un universo más abstracto, más ideal que la escueta referencia a las cosas.” Por ello, la felicidad puede ser definida como término pero no es definible en sentimiento.

¿Qué entendemos por felicidad? Una pregunta cuya respuesta es tan diversa y abstracta como seres en el mundo. Sin embargo, hay factores que coinciden –ya desde los griegos- “no fue grande la sorpresa cuando, hace muchos años, estudiando la literatura griega, descubrí que la felicidad se alimentaba de bienes materiales, por así decir, y que ser feliz era, en el fondo <<tener más>>. Era, pues natural que la vida, encontrase una forma de equilibrio en esas cosas <<reales>> que ayudaban a defenderla y afirmarla” (1). La felicidad coincide con la realización.

La realización nos permite estar en una posición de “bienestar” fuera de angustias y preocupaciones indebidas. Tal y como señalaba Epicuro “un sentimiento de paz interior que se conformaba con poco, con poder acallar la voz de la carne que exige el alimento, la luz y el aire para seguir latiendo” (2).
Podemos decir aquí que la felicidad es uno de los estados más personales pues será realmente alcanzada cuando encontremos el óptimo equilibrio en nosotros mismos, pudiendo deducir que la felicidad es el conocimiento personal. Son muchas las referencias culturales sobre el conocimiento íntimo, y muchas las culturas que se guían por la filosofía del cultivo interior, porque “seres de un día ¿quién es uno?, ¿quién no es?, es sueño de una sombra el hombre” (Píiticas, VIII 95-96) (3)

La felicidad como estado personal es lenguaje y representa. Lo mismo ocurre con el lenguaje que expresamos en y para la sociedad; volviendo al inicio del texto ¡Cualquier tiempo pasado fue mejor! Si o no, que fuera mejor no significa que fuera feliz. No debemos caer en la tentativa pesimista de la búsqueda por la felicidad, tampoco en la optimista. De hecho no debemos equiparar optimismo y felicidad. Alba Rico señala que “se puede vivir sin esperanza y ser amable, generoso, ingenuo, valeroso, exigente, comprometido…De hecho, creo que es la única forma de encarar con dignidad y sin cinismo los tiempos venideros” (4)

En su artículo Contra el optimismo Alba Rico marca la diferencia entre la humanidad y la historia, “las malas noticias estridentes dicen mucho acerca de la historia, incluidos en ella los periódicos; las buenas inaudibles dicen mucho acerca de la humanidad” (4); entre el optimismo y la ingenuidad, “el que ha perdido la ingenuidad a fuerza de optimismo, se regodea en la impotencia.”(4). En cierta medida resume el lenguaje de la sociedad actual, una sociedad que no para de echar la vista atrás y de refugiarse en la creación del optimismo perdiendo su innata ingenuidad; que lucha por la optimización del optimismo en vez de por la búsqueda de la felicidad. Una sociedad que quiere crear un nuevo lenguaje dejando de ser su propio lenguaje, ese que le da la plenitud porque la felicidad es lenguaje, citando –de nuevo- a Emilio Lledó “cada uno de nosotros es, efectivamente, un lenguaje, una forma de lenguaje, y no sólo una forma de fonética que nos hace distinguir, aunque no viéramos sus rostros, la voz conocida que nos habla, sino una forma semántica, un universo de referencias, de propuestas, de perspectivas, que individualizan lo que alguien dice que le convierten en persona, y que constituye o que, de manera muy general, podríamos llamar su ideología.” (5)

Que la ingenuidad nos dé la felicidad.

Notas

1. Lledó, E. “Elogio de la infelicidad”, (2005). Pag. 13. Disponible en: https://librosycultura2.files.wordpress.com/2018/03/lledo-2005-elogio-de-la-infelicidad.pdf
2. Lledó, E. “Elogio de la infelicidad”, (2005). Pag. 14. Disponible en: https://librosycultura2.files.wordpress.com/2018/03/lledo-2005-elogio-de-la-infelicidad.pdf
3. Lledó, E. “Elogio de la infelicidad”, (2005). Pag. 46. Disponible en: https://librosycultura2.files.wordpress.com/2018/03/lledo-2005-elogio-de-la-infelicidad.pdf
4. Alba Rico, S. “Contra el optimismo”, (2021). Disponible en: https://ctxt.es/es/20210201/Firmas/34995/Santiago-Alba-Rico-tribuna-optimismo-ingenuidad-pesimismo-humanidad-historia.htm
5. Lledó, E. “Elogio de la infelicidad”, (2005). Pag. 60. Disponible en: https://librosycultura2.files.wordpress.com/2018/03/lledo-2005-elogio-de-la-infelicidad.pdf

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Ana Sánchez-Bayo

Graduada en Ciencias Políticas y con un máster en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado en entornos multiculturales tanto en el ámbito público como en el privado.
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