La memoria del Holocausto como medicina para el presente

 

Desde el 1 de noviembre de 2005 y tras la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 27 de enero es denominado el Día internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto. Sin la menor intención de llevar a cabo un prurito de erudición histórica, es destacable y necesario por la salud de seguramente una de las corrientes epistemológicas de las Ciencias Sociales más precisas y objetivas, la Historia, devorada y relativizada por las imprecisiones y desajustes de discursos cada vez menos científicos y nada contrastables con lo acaecido en los archivos históricos, mencionar que la conmemoración de cada 27 de enero hace referencia a la liberación del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau en 1945 por parte de las tropas soviéticas.

Si destacamos un hecho como este, es precisamente porque tanto la relativización hipostasiada de las verdades históricas comprendidas en el presente desde una epifanía circunspecta de lo falaz, como el olvido y la desmemoria epitomizadas en virtud de las películas de Hollywood, nos han hecho olvidar frecuentemente que la Unión Soviética fue un actor destacado y prestigioso en la lucha y defensa contra los totalitarismos sanguinarios y enfermizos.

Dicho todo eso, ¿Qué debería suponer conmemorar la memoria de las víctimas del Holocausto desde una ontología del presente ejemplificado por su carácter neurótico y sin memoria? La respuesta es sencilla: es un gesto democrático y humano ante una de las mayores atrocidades que somos capaces de recordar como seres históricos. El ocaso del Dios transcendente y arbitrario de la Edad Media y, la instalación del Dios inmanente y racional de la Edad Moderna, primero vinculado a los Estados-Nación y después al movimiento interminable de las mercancías o, dicho de otra manera, la conclusión de los pretextos de vida incivilizada de la Edad Media y, su sustitución por los taimados modales civilizados burgueses, despertaron como gustaban recordar Adorno y Horkheimer en su Dialéctica de la Ilustración, y también Hannah Arendt, los demonios enfermizos que arribaron tras el laboratorio de la República de Weimar en la solución final del exterminio nazi.

El Holocausto como pináculo del desorden y el derrocamiento del mundo burgués y del proyecto de la Ilustración es observado con pesadumbre por el Angelus Novus “Ángel de la historia” de Walter Benjamin cuyo lacerada mirada histórica nos enseña ruinas y catástrofes. Todo aquello considerado y erigido en progreso ha devenido en regreso y cenizas. Una época definida por Kafka y Benjamin de positivismo tecnocrático y nominalismo experimental observaba el proyecto ilustrado como el vientre del que brotaron y nacieron los monstruos del totalitarismo, como un devenir histórico y orientado a la desesperación y el sufrimiento. Coyuntura histórica definida por los pensadores de la Escuela de Frankfurt como: “La maldición del progreso imparable es la imparable regresión” [1].

El optimismo del proyecto de la Ilustración versaba por la eliminación de las supersticiones y el orden religioso a través de operaciones de desmitificación que dejaban un espacio en el que la ansiedad terapéutica iba de la mano de una acusada autoconciencia y reflexividad. Sin embargo, la Ilustración trajo consigo la nueva dimensión histórica de las “clases medias” y la axiomática del capital. Y, a su vez, una convulsa y violenta era de los imperios donde nihilismo, ensimismamiento, resentimiento, apatía y violencia contra la amenaza de la Unión Soviética, se dieron cita en países como España, Alemania e Italia, uniendo a las clases dominantes lustrosamente apesebradas, y a unas clases medias desclasadas y miedosas ante una supuesta revolución que espolearía las certidumbres pasadas ya atomizadas y desvencijadas por el capital. Las similitudes con la coyuntura actual son más que significativas… ¿no?

No obstante, aún no hemos respondido plausiblemente a la importancia de conmemorar un día como este en nuestro presente. Si algún ávido lleno de curiosidad nos embistiera preguntándose por las características propias de nuestro presente, contestaríamos súbitamente sobre la existencia de una realidad del libre juego de máscaras y roles sin contenidos ni substancias. Relativismo cultural, escepticismo, apatía, e indiferencia hacia la política persisten en virtud de una fragancia que circula por la luminosa inmovilidad de este mundo sin tiempo. Los habitantes de este mundo inhóspito y fantasmagórico nos hallamos esquilados y despojados ahora de todas nuestras mágicas heterogeneidades y reducidos a equivalencias. Un mundo visto como un centro comercial donde las paradojas entre Identidad y Diferencia han desaparecido dando lugar a retóricas ensimismadas, acríticas y, lo peor, indiferentes antes los hechos políticos e históricos reducidos a pequeños pedazos deshilachados.

Ante una coyuntura histórica que nos conduce a un juego interminable de paradojas que se resuelven en el interior de un insistente escepticismo acrítico y acientífico de infinitos espejos e ilusiones ópticas autoritarias y perfumadas de una hybris sublime e inhumano, pensar sobre el exterminio nazi y la solución final del Holocausto debería empujarnos a contemplar la barbarie desde un punto de vista de terapia colectiva con las víctimas presas y devoradas por la despolitización, el escepticismo y el relativismo. Que no es lo mismo luchar contra el fascismo y querer ampliar y ensanchar derechos y libertades, que provocar insurrecciones antidemocráticas y crueles con las minorías de todo tipo debería ser algo pensado como redundante. Sin embargo, y lamentándolo mucho, nuestro presente respira una atmósfera nociva que nos obliga a retrotraernos al tiempo de entreguerras y buscar en semejante hecatombe histórica medicinas para el alma de nuestra contemporaneidad.

Si las acciones empáticas y comprometidas políticamente producen aversión y repugna por parte de un modelo colonizado y sublimado alrededor del consumo, conmemorar la memoria de las víctimas del Holocausto no es un ejercicio de futilidad o nihilismo, sino de presentar la urgencia de nombrar, para obligarnos, al menos, a concebir sistemas alternativos, y escapar de los falsas retóricas escépticas que nos impelen a reducir todo acontecimiento histórico o político a una abstracción propia que conduce a reducir las responsabilidades coyunturales y la necedad de unas élites que pisan los espacios democráticos, con el simple mantra de que todo lo que está fuera del centro discursivo del consumismo como centro existencial civilizatorio es extremismo y, por tanto, descartable y repugnante.

Notas:

[1] Adorno y Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, Madrid, Trotta, 2018, p. 88.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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2 thoughts on “La memoria del Holocausto como medicina para el presente

  1. Muy buen artículo. Sobre todo por la importancia que da en todo momento sobre el sufrimiento del ser humano en la historia del homo sapiens. Un ejemplo muy ejemplificante!!

  2. A veces es bueno una «pequeña» demostración de cómo la Mediocridad del ser humano se sucede una y otra vez en la historia, en el presente, y en el futuro?
    Q no vuelva a suceder obviamente depende de nosotr@s, pero… desafortunadamente la noria sigue girando

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