La popularidad y la transformación digital

Luis Velasco

Últimamente contemplo el mundo como una especie de safari donde la gente mira y siente la realidad a través de la pantalla de algún dispositivo electrónico. Un circo que comenzó con la implantación de los móviles polifónicos como una nueva extremidad del cuerpo humano y cuyo graderío no ha dejado de vociferar términos como revolución tecnológica, revolución 4.0 o transformación digital desde entonces. Términos que, en esencia, se suelen utilizar para describir el momento en el que nos encontramos pero que, en el fondo, su signo es otro, pues en realidad el concepto de transformación digital define más bien si una persona está preparada, o no, para afrontar cambios de manera rápida y sucesiva. O, dicho de otro modo, si una persona acepta convivir en un estado de cambio permanente como el actual.

En realidad, la revolución digital no se dirime únicamente en los cambios tecnológicos que se puedan dar, sino que se trata de una metamorfosis cultural hacia un pensamiento digital cuyo idioma universal son los algoritmos. Ese cambio cultural, entendiendo la cultura como el asidero de los valores sociales, es acompasado por las diferentes estrategias comerciales que configuran nuestros hábitos de consumo a través de ese lenguaje construido a base de ceros y unos.  Y que ha culminado con una inaudita mezcla entre racionalidad numérica y emocionalidad para introducir la popularidad como un factor determinante y como un nuevo valor social. Se trata de la “cultura fan” nacida de los márgenes, descrita por Henry Jenkins en su libro Convergence Culture. La cultura de la convergencia de los medios de comunicación (2008), pero carente de estigma social y elevada a niveles exponenciales.

No hay más que asomarse a la televisión o a plataformas audiovisuales como Netflix para comprobar la abarrotada parrilla de realitys shows como Gran Hermano, Masterchef, Los Gipsy Kings, la Isla de las Tentaciones, The Circle, Supervivientes, Jugando con fuego y un sinfín de opciones al gusto del consumidor. Carne fresca para la demandante y agotada masa social necesitada de una salida de emergencia para su cotidianidad.

Elisabeth Roselló escribió una columna en El País que me resultó de lo más reveladora. En aquellas líneas, la autora planteaba si el término digital era sinónimo de futuro dado que nuestro presente está atravesado por dos realidades superpuestas. Una que se desarrolla dentro de las pantallas de nuestros dispositivos electrónicos; y otra que se dispone fuera de ellas. Pero más impactó en mi memoria la reflexión que hacía: “el simple hecho de que existan diversas miradas sobre el momento tecnológico, social, económico y cultural que vivimos enfatiza que no puede ser posible una única respuesta universal sobre qué podría ser el mañana”.

La cada vez más difusa línea que divide la realidad de nuestras pantallas y la realidad de nuestro día a día es ese claroscuro donde surge el monstruo, donde la conciencia social, atravesada por el humanismo con su ética social y su moral individual, ha aceptado la popularidad como un nuevo valor al nivel de la libertad, de la democracia o de los derechos humanos.


Imagen del capítulo ‘Nosedive’ (En Picado) de la serie Black Mirror.

Ya en los años 90, el filósofo tunecino, Pierre Levy, ilustraba en su libro Cibercultura que la misma era algo así como el conjunto de prácticas, actitudes, pensamientos y valores que surgían de las tecnologías de información y comunicación (TIC). Una sociedad con una cultura digital, además, cuyas formas dominantes de información, comunicación, obtención de conocimiento, producción y organización laboral, son configuradas por estas tecnologías.

La extravagante mezcla de racionalidad numérica y emocionalidad ha derivado en una pócima repelente para todo aquello que rezume a pasado. Y ha dejado huérfanos a los valores básicos de la cultura universal que el sociólogo francés, François Lyotard,  atribuía a la posmodernidad: la verdad para el conocimiento, la justicia para la política, el bienestar para la ética y la belleza para la estética. Puesto que todo lo que no pueda ser convertido y analizado en ceros y unos es irrelevante para nuestro presente líquido.

Se ha llevado a cabo una revolución silenciosa, bajo nuestros pies, que ha alimentado y aupado las bajas pasiones. Vamos a un restaurante en función de las estrellas de valoración que nos muestre el buscador de Google; revalorizamos las reseñas de un producto de Amazon para decidir si lo compramos o no; visitamos lugares maravillosos antes ocultos y ahora descubiertos por la magia de Internet; utilizamos los domicilios de particulares como la mayor red de hoteles del mundo; los bancos y las empresas cierran sucursales para potenciar sus ventas a través del uso de sus webs y sus aplicaciones; niños que prefieren jugar delante de una pantalla o ver cómo otros juegan…  Un espacio público, dividido y banalizado, que ha reducido todas sus posibilidades a las valoraciones y a la popularidad que pueda alcanzar según quién y qué. Y que, además, ha devorado el mínimo de escrutinio crítico de aquello que debería interesarnos como el fuego que consume los bosques.

Hasta la aparición de esa lógica algorítmica circense, solo suscitaba curiosidad la vida y el destino de personajes públicos. Sin embargo, la mirada se ha desplazado a la gente corriente, a personas del montón. Una democratización de la popularidad que encontró su manifestación más evidente en la primera década del 2000 con plataformas prototipo como Messenger, Photolog, MySpace, Vota Mi Cuerpo o Tuenti en España, entre otras, y cuya evolución y posterior desarrollo ha devenido en espacios de sobra conocidos como Facebook, Tinder, TikTok, Instagram, Youtube, Linkedin… en cuya cima sociodigital el hombre-masa puede hallar una sensación ficticia de haber encontrado lo que da pleno sentido a su vida.  Un proceso que recuerda a la vida posterior de un ganador/a de un reality show en la que se recorre los platós de televisión gracias a la fama adquirida. Y una prueba de ello es cómo los llamados influencers acceden con cada vez más frecuencia a espacios y personas que pertenecen a ese mainstream mediático (deportistas, actores, periodistas,…).

Lo peor no es que esto suceda, si no la falta de alternativas, la ausencia de miradas distintas que decía Roselló ante una sociedad engullida por la popularidad de los ceros y unos, por la lógica de la rentabilidad y el beneficio. Porque mientras esto sucede, miles de personas son despedidas de sus puestos de trabajo en los que llevaban buena parte de su vida por la transformación digital; las personas mayores no pueden operar con su dinero porque no conocen el funcionamiento de la aplicación bancaria y no pueden ir a la sucursal porque está cerrada; los comercios locales se rebanan los sesos para competir con gigantes como Amazon; los precios de los alquileres escalan como el sherpa que sube el Himalaya mientras se potencia el uso de los llamados pisos turísticos; los participantes de realitys shows anuncian aplicaciones de citas y acaparan miles artículos de medios…  

Siguiendo la lógica del consumo, de la rentabilidad y el beneficio, los algoritmos, vehiculados por nuestros intereses más ocultos recogidos a través de los móviles, se han convertido en nuestra herramienta racional, dejándonos la parte emocional como nuestro factor más humano.

Enmendaría el proverbio chino del aleteo de la mariposa, referente a la teoría del caos, por este otro: “la débil fuerza con la que el pulgar hace el selfie puede provocar un tsunami al otro lado del mundo”.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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