La rata y la ardilla

David Del Pino

El pueblo ‘siente’ pero no siempre comprende lo que sabe. El intelectual ‘sabe’ pero no comprende o, particularmente, ‘siente’.

Antonio Gramsci

La historia de la rata y la ardilla presentada al comienzo de la película de Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009) del director norteamericano Quentin Tarantino presenta un paisaje teórico de cómo se interrelacionan dos posiciones entendidas como antinómicas por la historia del pensamiento: materialidad y simbolismo. La historia trataría de mostrar la inconsistencia científica y material de la presencia simbólica que irremisiblemente experimentamos cuando abruptamente sentimos repulsión y aversión por las ratas, al tiempo que se nos dibuja una sonrisa bucólica al ver pasar una ardilla. Tanto las ratas como las ardillas, forman parte de la familia de mamíferos conocida como roedores. Ambas especies pueden ser propagadoras de enfermedades. Sin embargo, la animadversión y el rechazo que genera una rata no lo genera una ardilla. Lo extraordinario de la reflexión es que por más que presentemos científicamente la inconsistencia de la diferenciación, la asquerosidad que sentimos por las ratas continuará ejerciendo presión simbólica sobre nuestras percepciones. No sabemos el por qué, incluso, con los datos en la mano, pero continuamos experimentando repugnancia por las ratas. Esto es debido al sinsentido de seguir presentando lo material y lo simbólico como compartimentos separados, de forma que lo material o las relaciones objetivas de primer orden formarían una constelación prioritaria sobre nuestras subjetividades, relegando a un segundo plano el estudio de lo simbólico.

La labor del Partido Popular durante más de 25 años presidiendo la Comunidad de Madrid ha sido precisamente la de concitar una atmósfera lo suficientemente cotidiana e invisible o, dicho de otra manera, hacer pasar por natural y normal lo que en sí mismo supone un arbitrio político, histórico e ideológico, en virtud de un plan urbanístico y de un tipo de políticas públicas que han tejido e interrelacionado magníficamente bien lo material y lo simbólico. La decisión política e ideológica de impulsar un modelo de ciudad basado en la desmembración de lo comunitario en forma de espacios públicos sin parques, de calles saturadas de máquinas ruidosas, de pelotazos inmobiliarios, de construcciones de nuevos barrios donde la única oferta escolar al servicio de las familias son colegios concertados, el aumento del precio de los alquileres, etc., genera extraordinariamente una estructura de experiencia cotidiana del pueblo madrileño que obviamente repercute en su percepciones diarias. Un plan urbanístico y un tipo de decisiones políticas como las mencionadas son claramente cuestiones materiales, pero que afectan inexcusablemente a la experiencia subjetiva de una ciudadanía que genera un tipo concreto de ‘habitus’. Un tipo de ‘habitus’ atravesado por los principios existenciales del neoliberalismo que hace que los ideólogos de este modelo impelen a los ciudadanos imbuidos dentro de esta cotidianidad a actuar en todas las instancias de la vida tal como predica el lema del “sálvese quien pueda”. Así, más allá de ser una cuestión de falsa conciencia, la concretización biopolítica está tejida merced de hacer saltar por los aires la incomprensible antinomia material/simbólico.

Es por ello que asistimos impertérritos ante diagnósticos políticos e históricos que siguen aferrados en levantar un muro entre ambas instancias y demuestran no entender realmente el núcleo principal de la victoria de Ayuso. La victoria de Ayuso no se explica aludiendo a lo alienados que permanecen los obreros y precarios madrileños votando a sus verdugos. Volvemos de nuevo sobre lo mismo. Es como si las condiciones objetivas de existencia, el ser un obrero o un precario, te impulsara, sin ambages, a tomar una decisión política que bajo ninguna circunstancia se solventaría con el voto a Ayuso. Explicar científicamente, con los textos de El Capital de Marx en la mano, a pesar de su brillantez y de la luz que arrojó y que continua arrojando para comprender ciertas dinámicas inmanentes a las sociedades capitalistas, no esclarece el desmedido desprecio que sentimos por la rata. Hay algo que escapa a las estructuras científicas, que tiene que ver con nuestras percepciones y sensibilidades, con nuestro ‘habitus’, que transciende la antinomia presentada. Es aquello que Bourdieu comentaba acerca de su noción de ‘habitus’ merced de la superación entre objetivismo y subjetivismo, a decir que los efectos ideológicos más exitosos son aquellos que no necesitan palabras y no piden más que un silencio cómplice. Entones, erigir una cierta composición urbanística desde instancias ideológicas, que son materiales, transita hacia la configuración de ciertos modelos de experimentación de la cotidianidad que quedan inscritos en nuestros cuerpos.

Las continuas apelaciones a los bares y las cañitas dentro de este esquema material/simbólico de un tipo de cotidianidad cuyo objetivo es devastar y destruir todo lo que haya a dos o tres horas de Madrid, alzándose como la única voz con autoridad de lo que debe ser la españolidad, contiene una de las pocas respuestas políticas que se pueden lanzar cuando todo lo sólido se ha desvanecido en el aire y quedan ruinas, escombros y vidas precarias y asfixiadas. La comunidad, que es sentida por los transeúntes como verdadera, y si es sentida como verdadera, entonces es que es así, a pesar de que con el material científico en la mano algunos sigan considerándolo como alienación, concita un refugio de comunidad, experimentada como tal, cuando las certezas se han derrumbado y la penumbra y la asfixia de un sistema desigual y sádico que pisotea felizmente a los que menos tienen es visto y observado como si de una inclemencia natural se tratase. Derivado de su normalidad y naturalización, ello explica los sistemáticos mensajes de obreros y precarios que entienden su subalternidad como lo que les ha tocado vivir, en lugar de la condición necesaria de un sistema egoísta y violento con los que menos tienen.


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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