La sombra de Nietzsche

David Del Pino

Ya han pasado los suficientes meses desde que dimos el pistoletazo de salida a este proyecto para ser capaces de mirarnos a nosotros mismos mediante las mismas lentes con las que miramos el frío desangelado de todo aquello que nos rodea, nos otorga una identidad, nos limita, y nos confronta. Hasta ahora, hemos sido testigos en primera persona de la dificultad que conlleva conformar una plataforma abierta, plural y movida por la confrontación de ideas, puesto que la neutralidad social es una arcadia abstracta y tejida por quien tiene la capacidad y la fuerza de determinar que su posición, su lugar desde el que observa el mundo, y sus perspectivas, son las entendidas por todos como las neutrales. En la época de la sobresaturación de información o, mejor dicho, de la desinformación; del solipsismo ideológico de un yo descorporeizado y deslocalizado pero que puede verse a sí mismo dueño de sus opiniones, gustos e ideas; de la rapidez y fluidez de una información poco o nada trabajada, cotejada y rigurosa, donde te topas neuróticamente con esa maléfica palabra que aparece en todas las reuniones de grupo: SEO; de la precariedad e ínfimas posibilidades de comenzar una vida alejada del domicilio familiar, etc., decidimos ilusionadamente levantar este proyecto.

Nuestra contemporaneidad del presente continuo no exento de que la división social del trabajo de un capitalismo ya cognoscitivo disgregue y atomice la pujante abstracción –Yo- fortificada por el romanticismo e idealismo alemán o, dicho de otra manera, el desfasaje de un yo atormentado por el alejamiento y, al mismo tiempo, la inmediatez de las cosas, es una totalización que nos envuelve a todos. Foucault en su Nacimiento de la biopolítica ya nos lo advirtió y, ahora vemos cuánta razón tenía. Para Foucault, la razón que respiraba el mundo en la década de finales de los años 70, se correspondía por el intento de producir un medio –el neoliberalismo- capaz de garantizar el nivel máximo de libertad para los individuos. Dicho planteamiento escondía en su seno la trampa del proyecto, ya que si bien el medio –neoliberalismo- era la creación de unas élites políticas que no se podían permitir una nueva regulación del capitalismo industrial tras la crisis llamada del petróleo a comienzos de los años 70, su lado oculto reflejaba la totalización y reducción de todas las instancias de la vida a la mercantilización y la cosificación de la supuesta libertad que venían a garantizar. El proyecto no fue fácil, pero consistió básicamente en trasladar la industria a países que hasta el momento no participaban del capitalismo industrial, con el objetivo de intensificar la primacía del dólar haciendo caer al mismo tiempo la unidad del patrón oro e impulsar la financiarización de la economía. Para ello los países se debían ajustar a unas medidas internacionales que auspiciaba el recorte del gasto público, la reducción del déficit, y presentar una balanza de pagos al corriente que imposibilitaba y confrontaba directamente con el tipo de modelo económico que lo da todo a un Estado del Bienestar robusto. Este modelo, intensificado en muchos sentidos, es el que hemos acordado en denominar de presente continuo: un estadio histórico caracterizado por la cancelación del futuro que, en última instancia, lo que pone encima de la mesa es la imposibilidad de una realidad que anestesia cualquier sentimiento de crítica, de poner en duda todo y a todos. Así, Nuevo Campo Mediático nace bajo este telón de fondo, con la pasión de contribuir en la medida de nuestras posibilidades a acabar de una vez por todas con la parálisis de la crítica que asfixia y ahoga.

Nuestro trabajo hunde sus raíces, tal y como venimos acostumbrando, en hacer dialogar, tal vez, un poco forzosamente, al Bourdieu más denso y oscuro, con el Nietzsche que se siente un educador y, por lo tanto, un médico de su tiempo, cuya obra reverberó en hacerle conocido por su estela de médico de la cultura. En este sentido, una de sus obras de mayor envergadura es Aurora, donde Nietzsche insiste con un tono calmado pero crítico, en las golferías y abusos de una moral que disfrazándose con muchas capas, como la moral ilustrada defendida por el Kant más arrollador contra el Antiguo Régimen, nunca permite al ser humano sentirse dueño de sí mismo, que en términos de Nietzsche, esto equivale a defender el hecho de experimentar con nuestros cuerpos y aprender y filosofar desde las posibilidades que nos da lo fisiológico. El Nietzsche que quiere ser un médico de la cultura y que como Marco Aurelio emplea el botiquín de batalla del alma [Parágrafo 571] dice a todas luces en el parágrafo 443 el objetivo de su trabajo: “Sobre la educación.- Poco a poco he ido viendo claro cuál es el defecto más general de nuestra forma de enseñar y de educar: nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad” [1].

Bajo este boceto denso y frondoso, en efecto, se hallan y se concentran los esfuerzos indecibles por levantar este proyecto. El objetivo de nuestra invectiva es la conformación de un espacio de diálogo y confrontación de ideas pausadas y estudiadas. Frente a la sobresaturación y fluidez desmedida de las noticias y la información, apostamos por abrir caminos en las trilladas y casi impenetrables calzadas que no conducen a ningún sitio, ya que nuestro presente vacío de memoria gira alrededor de una rueda de hámster. Tiempo histórico donde la conmemoración solemne de las hazañas de héroes deja paso al espectro gris de la inmediatez tecnológica. Por lo tanto, y recurriendo de nuevo a Nietzsche, se trata de defender un modelo que priorice y ponga en el centro del debate el hecho de procesar una lectura lenta, pausada y calmada como uno de los medios a nuestro alcance para comenzar a sanar nuestra cultura plagada de simulacros y consumismo des-almante: “Ahora bien, una última palabra para concluir, ¿por qué tenemos que decir tan alto y con tanto ardor lo que somos, lo que queremos y lo que no queremos? Considerémoslo más fría, distanciada y prudentemente, desde lo más alto; digámoslo con mucho sigilo, como si lo dijéramos entre nosotros, tan bajo como para que pase inadvertido, para que pasemos nosotros mismos inadvertidos, pero, sobre todo, digámoslo muy despacio… […] Un libro y un problema como éstos no tienen prisa; y además tanto mi libro como yo somos amigos de lo lento” [2]

Entonces, leer despacio, no tener prisas por conocer cosas, y ser amigos del trabajo lento y pausado pero crítico y riguroso, está tanto en el corazón del proyecto de Nuevo Campo Mediático como en las palabras proferidas por Bourdieu contra los agoreros que criticaban la complejidad de su lenguaje: “En todo caso, es cierto que no busco hacer discursos simples y claros y creo peligrosa la estrategia que consiste en abandonar el rigor del vocabulario técnico a favor de un estilo legible y fácil. En primer lugar, porque la falsa claridad es a menudo el hecho del discurso dominante, el discurso de aquellos que encuentran que todo es evidente, porque todo está bien así. […] Tengo la convicción de que, a la vez por razones científicas y por razones políticas, es necesario asumir que el discurso puede y deber ser tan complicado como lo exija el problema del que se trate. Si la gente considera al menos que es complicado, es ya una enseñanza” [3]

Un presente que se nos muestra descarnadamente en un sinfín de envolturas fluidas y porosas hunde sus raíces en las aguas frías y gélidas de la atomización individual y disgregación de todos los lazos sociales. Los pedazos deshilachados de los noticiarios, en una apuesta decidida y desmedida por la espectacularización empuja y condena al supuesto e ideal espacio público, como Hannah Arendt y Habermas gustaban de rememorar, de las potencialidades de su pluralidad y confrontación. Esta idea del espacio público en Arendt y Habermas no se halla exenta de contradicciones. Si bien no tenemos la más mínima intención de esbozar nítidamente un mapa crítico de sus proyectos, ambos autores bajo el rótulo de conceptos y abstracciones intelectuales adheridas al republicanismo, ocultan o se mantienen al margen de problematizar un espacio público que pareciera aproblemático a las diferentes violencias de un sistema connaturalmente desigual. No obstante, el espacio público actual o, el espacio de la razón neoliberal, cierra en sus pretendidas funciones la posibilidad de atisbar cualquier alternativa y apuesta por un firme compromiso social. En el desarrollo de estos fuegos fatuos donde la individualidad queda estrangulada en el plexo de la racionalidad económica neoliberal o como nos advertiría Simmel, como hombres que caminan por un barco en la dirección contraria a su marcha, emprendemos la ardua tarea y la difícil empresa al modo de Walter Benjamin de empujar el freno de mano y parar la locomotora que nos arrolla y arredra al sinsentido de una dinámica fluida y acelerada contraria al corazón de este proyecto. Por todo esto, nos deberíamos congraciar por lo obtenido hasta el momento.

En suma, frente a la sobresaturación de información tomamos la decisión de oponernos al macabro juego de máscaras porosas que nos priva de un punto arquidémico sólido sobre el que apoyarnos e interpretar la realidad. Este punto nodal que defendemos en este proyecto se halla impreso en la II intempestiva de Nietzsche que lleva por título Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. En este texto, Nietzsche denuncia la pasión y el entusiasmo de finales del siglo XIX alemán que caracteriza como de exceso y enfermedad del historicismo. Nietzsche se oponía a una visión que tras la guerra franco-prusiana se daba entre sus compatriotas de aceleración, fluidez y relativismo histórico. De esta forma, Nietzsche intuía que si la grandeza de cualquier presente se encontraba en no cortar los lazos y vínculos con el pasado y que, esto se debía traducir, en no desgarrar todos los velos que conformaban los contornos del sentido e imaginario de una época, y en no destapar todos los mitos organizadores del sentido común, ya que de ellos aprendemos y estamos en condiciones de experimentar pasiones que no se tropiecen frente a lo que él ya entendía como el mal endémico de la modernidad: el nihilismo: “Esto quiere decir que necesitamos la historia para la vida y para la acción, aunque, en realidad, no para su cómodo abandono, ni para paliar los efectos de una vida egoísta y de una acción cobarde y deshonesta. Sólo en la medida en que la historia sirve a la vida queremos servirla nosotros […]” [4] Si quisiéramos traducir estas dolorosas palabras nietzscheanas a nuestro lenguaje presente diríamos que la patología que él denomina de enfermedad histórica –nihilismo- quiere decirse para los contemporáneos de un presente caracterizado por una aceleración como nunca de la información y, de la flexibilidad y descrédito de la misma. Frente a este exceso, rapidez y fluidez de la información, que hemos acordado en denominar con Nietzsche como de patología historicista, creemos en un proyecto pausado, tranquilo, lento, y calmado que pueda generar estructuras e inercias que traten la información desde una atalaya más reflexiva y nos permita abrir caminos en los lúgubres y sombríos horizontes de futuro: “Dicho en otras palabras: con el fin de actuar contra y por encima de nuestro tiempo a favor, eso espero, de un tiempo futuro” [5]

Notas:

[1]Nietzche, F., Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales, Biblioteca Nueva, Madrid, 2015, p. 251

[2] Ibíd., p. 63

[3] Bourdieu, P., Cosas dichas, Gedisa, Barcelona, 2000, p. 60

[4] Nietzsche, F., Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida [II Intempestiva], Biblioteca Nueva, Madrid, 2010, p. 38

[5] Ibíd., 39

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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