La termodinámica del capitalismo

David Del Pino

Que el sistema de producción capitalista se adecue y vincule simétricamente a los nuevos avances técnicos y físicos no debería sorprendernos. De hecho, los orígenes magmáticos y violentos del capitalismo en la acumulación de sucesivas revoluciones industriales quedó soliviantado y emparejado en arterias y mentideros de relaciones asepsias con los descubrimientos científicos. La imposición de una asfixiante angustia material y espiritual en virtud de una árida omnipresencia de racionalidad instrumental o, dicho de otra maneara, el despliegue de la razón capitalista desde su nudo de origen intricado y traumático, puso fin como ponen de manifiesto maravillosamente los trabajos clásicos del antropólogo Claude Lévi-Strauss, a la relación cíclica y edípica entre el ecosistema –naturaleza- y la estructura antropológica y psicoanalítica –cultura- que había imperado desde el Neolítico. Esto quiere decir, so pena de caer en una burdo reduccionismo, que el tiempo histórico del capitalismo modificó cruelmente el tiempo de la división sexual imperante desde el Neolítico, hasta erigir la división social del trabajo.

El tiempo circular en el que la existencia entre el ecosistema y la estructura edificaba estruendosamente una división sexual del trabajo quedó atrapado desde el desarrollo del capitalismo moderno en un sempiterno de tensiones incómodas y plurales, propiciando una linealidad acumulativa de mercancías, fuerzas de trabajo y tiempo, en consonancia con la desintegración de una realidad ya tachada maléficamente de tradicionalista. Así pues, el nacimiento de la Primera Revolución industrial se correspondió con el establecimiento de las bases de la mecánica clásica de Newton y el papel relevante de la materia.

La producción en forma de elemento sine qua non para poner a funcionar al capitalismo, implicó la exigente transformación de la materia. Todo movimiento lineal conformado desde este momento ponía a circular un proceso “producción” de transformación de “lo material”. El valor de uso modificaba la composición primera de la materia añadiendo y agregando los contornos preferibles para su valor de cambio. De este complejo proceso se derivan súbitamente dos características: ora el desgarro experimentado por el cuerpo humano vinculado en su circularidad a aldeas o gremios, hasta su concreción en materia siempre transformable: fuerza de trabajo; ora en un proceso que conducía inexorablemente al tránsito de la epifanía de la materia en estado sólido “valor de uso” a un estado líquido, volátil y perpetuamente hipostasiado “valor de cambio” que tal y como lo trazaba Marx en el Manifiesto Comunista podemos resumir que: todo lo sólido se desvanece en el aire.

Si la Primera Revolución Industrial concluyó con la producción de productores, es decir, con el juego continuo de conformación de los –seres humanos- en materia plástica que cubra un valor de cambio transformable en función de las circunstancias, situando de esta manera a la materia en el centro de la producción, la Segunda Revolución necesitó la “educación” de los productores producidos y formados como robots, así como el almacenamiento y movimiento de la energía tras los trabajos sobre electrodinámica y termodinámica química llevados a cabo por Ferdinand von Hermholtz que permitieron poner a circular el conjunto de las maquinarias necesarias que aceleraron y estandarizaron burocráticamente un capitalismo ya profundamente productivo y definido en sus diversas dicotomías: valor de uso/valor de cambio, capitalistas/proletarios, capital/trabajo, etc. En suma, la requerida “educación” de la materia transformable y vendida como fuerza de trabajo se caracterizó por la construcción de espacios panópticos de control tal y como fueron definidos por Bentham y perfectamente clarificados por la sagaz pluma de Michel Foucault en Vigilar y Castigar.

Decíamos que el primer epítome se conformó en la relación de la Primera Revolución Industrial con la materia; el segundo, con la Segunda Revolución Industrial y la energía; entonces, el siguiente movimiento transitivo fue la Tercera Revolución Industrial y la información. Este tercer movimiento, del que aún no se han podido sustraer todas las potencialidades del concepto de información, debido a las paradojas inacabadas e irresueltas de Hawkins sobre los agujeros negros, evidenció la transformación de un modelo de subsunción industrial basado en los principios físicos de la electricidad, a un modelo de subsunción financiera cuya máxima es el desorden entrópico propio de la segunda ley de la termodinámica.

La revolución ontológica de nuestra contemporaneidad se encuentra en el desplazamiento del tiempo acumulativo y lineal que había resquebrajado y disuelto el tiempo cíclico y relacional iniciado desde el Neolítico, hacía una nueva no linealidad epitomizada en un perpetuo caos monstruoso capaz de generar un orden más o menos calculable que permita su propia regeneración en un caos mayor, y así de nuevo encontrar una estabilidad ficticia y comenzar otra vez una inercia caótica y destructiva. De esta forma, el capitalismo está destinado a permanecer entre cenizas informacionales muy cercanas al mundo de Matrix si no somos capaces de ponerle freno. Y repetimos, aún no se han clarificado todas las potencialidades de las paradojas de los agujeros negros de Hawkins.

La ciencia clásica heredera de la mecánica clásica desarrollada por las aportaciones majestuosas de Newton, trabajaba con sistemas de ecuaciones lineales en forma de cálculo diferencial e integral. La relación en este sentido entre Newton y Leibniz es más que significativa. Les debemos a ambos el conjunto de los avances matemáticos que posteriormente desembocarían en la mainstone de la maquinaria productiva del capitalismo. La linearidad de los avances matemáticos de la época suponía como refleja el estudio del capitalismo industrial una cierta probabilidad de aquellos elementos más altisonantes, y que finalmente eran absorbidos por el equilibrio y el buen hacer del espacio.

En referencia a esto último, el espacio era concebido desde la lectura de Leibniz como un cuadro de puntos relaciones en el que por inercia de equilibrios encontraba una proporcionalidad entre la causa y el efecto. La lectura que realiza del –espacio- Leibniz es cercana sin ninguna duda a las aseveraciones realizadas por Aristóteles en su Metafísica, quien se oponía al espacio absoluto o vacío –inexistente- de los trabajos de Platón.

A este orden cerrado propio de la termodinámica clásica para el que un sistema puede equilibrarse mediante mecanismos de ecuaciones diferenciales –Newton, Leibniz- cuyo espejo fue la concreción de un capitalismo productivo violento y desgarrador con la vida del ser humano denominado “tradicionalista”, como demuestran los trabajos sobre Argelia en la década de 1960 de Pierre Bourdieu, se le opuso triunfantemente un modelo –el neoliberalismo- heredero de la segunda ley de la termodinámica –entropía- cuyo suelo que pisa es un caos o desorden derivado de una situación de equilibrio u homogeneidad:

[…] En 1850, Rudolf Clausius convirtió ese pensamiento en un principio básico. Afirmó que existe energía que es accesible, mientras que existe también un residuo de energía que no lo es. Llamó entropía a esta energía inaccesible y formuló la famosa Segunda Ley de la Termodinámica: la entropía aumenta constantemente. En el universo, el calor escapa a una especie de lago de igualdad en el cual ya no es accesible. […]

Cuando la energía es degradada, dijo Boltzmann, se debe a que los átomos asumen un estado más desordenado. Y la entropía es un parámetro del desorden: esa es la concepción profunda que se desprende de la nueva interpretación de Boltzmann. [1]

Entonces, el neoliberalismo como escenario contemporáneo del capitalismo ha deshilachado el paso de la materia a la energía propia del sistema industrial de la primera mitad del siglo XX, hasta conformar un repliegue de información algorítmica por la que su propia supervivencia y extracción de plusvalía se corresponde con un continuo desorden propio de la física actual representada por la teoría de las catástrofes –desaparece el equilibrio y la continuidad de las ecuaciones clásicas- y de la teoría de los objetos fractales –desaparición del sentido-.

En definitiva, la violencia del capitalismo originario –productivo- generó indiscutiblemente y, necesariamente para su reproducción en el espacio y tiempo, las cuales son variables que se encuentran en la actualidad en un estado gaseoso o inconsistente, requirió de un trabajo de alfarería que derritiendo la materia –sólida- de la fuerza de trabajo que permanecía en estado líquido, la redujo a una forma de viscosidad hipostasiada y fetichista susceptible para que el capital pudiera rellenar todos los espacios aún abiertos y supurados de una vida humana empática y edípica.

Sin embargo, el movimiento fue un paso más allá, transformando el estado líquido de la fuerza de trabajo a estado gaseoso a través del proceso físico de ebullición y evaporación. En última instancia, y en términos sociales, este nuevo giro de tuerca significó, y ahora sabemos cuán grave fue la torsión, la aceleración del mundo como voluntad de representación –Schopenhauer- a un sistema de simulación y simulacro –Baudrillard-.

Hemos pasado de una voluntad violenta, pero en cualquier caso, con vocación de re-presentar en tanto que re-cuerdo y no simulación, es decir, repetición ávida de una presencia del recuerdo pleno que llena el vacío en el que se constituye, a un coherencia plástica y mórbida que se disuelve en el simulacro donde todo es cambiable y transferible, o, dicho de otra manera, simétrico y reversible. Bloques errádicos a la deriva que se acoplan en su –libertad- pregonada a cualquier terminal de producción o consumo. Por lo tanto, individuos condenados a la neurosis de un anémico y pandémico presente gaseoso e inestable:

La topología del dispositivo panóptico es sustituida por la topología del laberinto. En el laberinto siempre hay una salida practicable, pero ninguna de las salidas conduce a la salida; hay caminos, pero ninguno lleva a ninguna parte (a ningún lugar ni a ningún tiempo); no hay paredes, pero todo el espacio y todo el tiempo es una pared. Nada tiene sentido. Los centros comerciales son el laberinto modelo. Ahora la institución por antonomasia no es la cárcel, sino el centro comercial, y el filósofo por antonomasia no es el reflexivo Bentham, se refracta en una puluración de umbrales y de cuetos. La cárcel era una metáfora de la colmena, el centro comercial es una metáfora del estercolero: el espacio y el tiempo estallan en una multiplicidad de vallas y altavoces; los que un día fueron abajes son moscas aturdidas, van de aquí para allá o de allá para aquí, de antes a después o de después a antes, sin fin y sin objeto, ciegamente, brownianamente, empapuzándose en el camino de basura y ruido. [2]

Notas:

[1] Bronowski, J., El ascenso del hombre, Bogotá, Fondo Educativo Interamericano, 1979, págs. 339-340

[2] Ibáñez, J., “Madrid-2: Dos ciudades a elegir”, en Ibáñez, J., Por una sociología de la vida cotidiana, Madrid, Siglo XXI, 1994, pág. 68

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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