La verdad es demasiado dolorosa

David Del Pino
Los reyes Felipe VI y Mohamed VI.

Las acciones del actual rey de Marruecos Mohamed VI son clarísimamente un chantaje que un país como España no debe tolerar. Decir que España no debería tolerar el acto de felonía de un sátrapa perteneciente a la Dinastía alauí significa que la Unión Europea se tiene que manchar las manos y ser un actor con peso en este conflicto internacional si quiere pintar algo en el nuevo tablero geopolítico que lleva unas décadas dibujándose con la displicencia de una diplomacia europea al servicio del patrón. Un patrón, los Estados Unidos, que han jugado un papel fundamental y que están llamados a jugarlo en las próximas décadas al reconocer la soberanía marroquí del Sahara Occidental, desestimando, a su vez, la resolución de las Naciones Unidas respecto al Sahara.

Una administración, la de Trump que perpetuará el vanagloriado Biden, que durante años lleva armando a un territorio, Marruecos, con una constelación de artefactos tecnológicos que ni las autoridades militares españolas contemplan en su haber, se ve capacitado para hacer saltar por los aires los consensos de las Naciones Unidas. No es novedoso, tampoco sorprendente, ya que Bush recordó a la ONU que no necesitaba el permiso de nadie para bombardear un territorio actualmente devastado y arruinado como es Irak. El tejano con aires imperiales José María Aznar tampoco necesitó el consenso legislativo para involucrarnos en una guerra mentirosa y canalla que terminó con el sentido desgarro del pueblo español por el atentado del 11 de Marzo de 2004.

El monarca marroquí Mohamed VI ha aprovechado la excusa de la acción humanitaria de asistir sanitariamente al líder del Frente Polisario en territorio español para declarar un conflicto diplomático que se ha tornado en un conflicto humanitario desolador. Las aspiraciones del monarca son claras y no medrará hasta obtenerlas. Quiere la soberanía del Sahara para imponer a martillazos los designios delirantes de su propia empresa narcisista. Pero su compromiso con la escatología histórica no termina aquí. La relación fructífera y amistosa entre los Estados Unidos y Marruecos, y la adquisición del arsenal militar que colman las reservas militares mejor guardadas nos insta a intuir que lo que ahora es el Sahara, posteriormente será Ceuta y Melilla y, quizás, también las Islas Canarias. Y, para todos sus planes, su arsenal asimétrico consiste en la instrumentalización de un pueblo que utiliza como moneda de cambio.

Lo que ha demostrado este conflicto a todas luces es la poca importancia que concede el mandatario alauí a la vida de su pueblo. No ya que sea un país que sistemáticamente vulnera los derechos humanos más elementales, y que mantiene muerta de hambre a toda una población mientras conserva cautelosamente cuentas millonarias en bancos suizos o se jacta vomitivamente de sus caprichos cuando realiza escapadas náuticas en su yate de 90 millones de euros frente a las Islas Canarias, sino que empuja decididamente a su pueblo al abismo de unas aguas que separan los anhelos y esperanzas de quiénes quieren vivir en mejores condiciones. Que a Mohamed VI no le importe la vida de su gente no es sorprendente y era lo esperado de un territorio que se salta los derechos humanos cuando quiere, pero que España lleve mirando a otro lado tanto tiempo cuando un pueblo se desangra merece toda nuestra atención.

Ahora bien, esto no significa no conocer ingenuamente la importancia geoestratégica que tiene para los intereses españoles y europeos una monarquía, la marroquí, que vulnerando los derechos humanos, cierre la puerta en lo que a cuestiones migratorias se refiere con un látigo ardiente en la mano. Una puerta que separa la miseria de una aspiración y anhelo de mejorar las condiciones de vida. Eso no significa que los europeos comamos langosta cada noche. En suelo europeo también existe desigualdad y dolor, es decir, lucha de clases. Pero no es menos cierto que disfrutamos de unas comodidades y seguridades de las que carece gran parte del mundo entero. Decíamos, que Marruecos, como también la Turquía de Erdogan, son espacios geoestratégicos de una importancia crucial para los intereses de la Unión como matones de discoteca que impiden el paso de poblaciones que viven condiciones de verdadera miseria y que buscan un futuro mejor para ellos y sus descendientes. Motivo por el que Erdogan cada poco tiempo, amenaza a la Unión con abrir las fronteras y permitir el paso de refugiados. Se calcula que Turquía alberga en su territorio a unos tres millones de refugiados.

Las amenazas de Erdogan, o las acciones emprendidas por Mohamed VI, son una concisa constatación de las debilidades de un mundo europeo que requiere para la supervivencia de sus pueblos aunque sea cada vez una vida más precaria y dolorosa, de matones que golpeen fuertemente el látigo de la ‘realpolitik’ a los que sufren pobreza, miseria o guerras en sus territorios por intereses creados por élites endógenas o exógenas. Una empresa, la de las relaciones internacionales epitomizada por el conflicto y el acuerdo bajo el reino del cinismo, que escamotea al humanismo hasta estrangularlo y asfixiarlo en acuerdos de la ONU que se erigen como mantras para los que a la hora de la verdad poco importan.

La ‘realpolitik’ siempre fue el nudo gordiano que descorazona los deseos de una realidad humanista firme, sin ambages. Una realidad, la de la política internacional, basada fundamentalmente en un perpetuo conflicto incardinado por acrecentar y mejorar los intereses de cada actor en el interior de un campo de fuerzas siempre asimétrico pero no estático, para que en pos de obtener beneficios, cualquier ofrenda o daño, aunque sea de vidas humanas, es un daño colateral. Acostumbrados al conflicto, pero también al acuerdo y la negociación. Acuerdos realizados sobre la concreción de los máximos dirigentes del conflicto en una misma sala firmando un papel con una sonrisa falsa y simulada en la cara y blandiendo escondida el arma en la espalda. Un ambiente fulgentemente simulado que se complejizó todavía más, aumentando el cinismo y empequeñeciendo un poco más al humanismo, cuando de ceros en cuentas bancarias se trataba. Momento por el que cualquier decisión en la impronta del realismo político en el tablero internacional quedaba supeditado a las aspiraciones de poder y dinero de unos dirigentes políticos y fuerzas diplomáticas para los que su pueblo simplemente es una abstracción metafórica con la que jugar en acalorados discursos retóricos.

El humanismo se estremece en un juego de máscaras compuesto por intereses y dinero que explota como bengalas de magnesio en un cielo nocturno y tormentoso. Los españoles somos perfectamente conocedores de lo descorazonador del realismo político como para mirar a otro lado sobre la vulneración de derechos en Marruecos solo por ser nuestro matón y permitirnos una política migratoria que no mire a la cara al verdadero problema: la pobreza y miseria de poblaciones situadas en páramos ricos en materias primas que con la connivencia de sus élites endógenas devastamos y espoleamos.

Los españoles somos un pueblo que hemos sufrido las consecuencias más agridulces y desalmadas del realismo político. Un ejemplo histórico más que significativo se produjo durante la guerra civil que posibilitó que la sublevación de Franco frente al régimen legal y legítimo de la II República fuera fecunda. La mayor derrota de la República, mucho más que en cualquier campo de batalla se produjo cuando Gran Bretaña y su presidente Chamberlain no quiso enfrentarse directamente con Hitler a causa de la desmembración de Checoslovaquia.

La República tenía la esperanza de que un estallido nacional alinease a Francia, Gran Bretaña y Rusia contra la Alemania de Hitler. No solo Negrín como presidente de la República mantenía esta idea, sino que Franco temía que el apoyo a su causa por la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, desencadenara la reacción del resto de las potencias europeas. Finalmente, y dentro de los parámetros del realismo político que impera en las relaciones internacionales, Chamberlain entregó Checoslovaquia a Hitler en los Acuerdos de Múnich del 29 de septiembre de 1938 y eso llevó a Stalin a replantearse su estrategia sobre España. Hecho que fue transcendental en España, puesto que la Unión Soviética dando prioridad a sus intereses propios decidió dejar de lado a España. Ahora ya sí, la República se encaminaba a la derrota, y las fuerzas fascistas que perdieron en la Segunda Guerra Mundial dirigieron este país durante cuatro décadas hasta que el dictador a diferencia de las dictaduras de Portugal y Grecia murió en la cama con todas las disquisiciones ceremoniales del Estado.

Y es desde este telón de fondo que debemos acercarnos al conflicto diplomático y humanitario desencadenada por el sátrapa Mohamed VI. Lo que se mantiene subterráneamente escondido y velado en todo este conflicto es la necesidad que tiene España y la Unión Europea de pagar a matones de discoteca para que sean ellos los que se manchen las manos de sangre, mirando a otro lado cuando se vulneran derechos o se estrangulan vidas humanas en el Sahara o en Palestina, para seguir manteniendo una sonrisa simulada y falsa por la diplomacia cuando recorren el mundo entero llenándose la boca de palabras tales como universalidad, derecho, tolerancia o democracia. Para que la diplomacia europea, israelí, estadounidense, china o rusa porte cada uno a su manera los principios e intereses que consideren ganadores dentro del cínico tablero internacional existe un continuo y sistemático ataque frontal al humanismo. En última instancia, los perdedores de todo siempre somos los mismos, los seres anónimos, que en función de un tipo de identificación nacional u otra, la vida vale un poco más o menos.

El paisaje levantado en este escrito se corresponde claramente con las palabras pronunciadas por Jack Nicholson en la película Algunos hombres buenos de Rob Reiner. En esta magnífica película que retrata a la perfección lo que significa el realismo político en la figura del teniente de la marina interpretado por Jack Nicholson hallamos la dificultad que tiene encajar la verdad de un mundo desigual y despótico dirigido por acuerdos difícilmente entendibles en un sentido estrictamente moral:

Coronel Jessep.- ¡Tú no puedes encajar la verdad! Vivimos en un mundo que tiene muros, y esos muros han de estar vigilados por hombres armadas. ¿Quién va a hacerlo?; ¿tú?… ¿usted, teniente? Yo tengo una responsabilidad mayor de la que tú puedes calibrar jamás. Tú lloras por Santiago y maldices a los marines. Tienes ese lujo. Tienes el lujo de no saber lo que yo sé, que la muerte de Santiago, aunque trágica, seguramente salvó vías, y que mi existencia, aunque grotesca e incomprensible para ti, salva vidas. Tú no quieres la verdad, porque en zonas de tu interior de las que no charlas con los amiguetes, me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro. Nosotros usamos palabras como honor, código, lealtad. Las usamos como columna vertebral de una vida dedicada a defender algo. Tú las usas como gag. Y no tengo ni el tiempo, ni las más mínimas ganas de explicarme ante un hombre que se levanta y se acuesta bajo la manta de la libertad que yo le proporciono, y después cuestiona el modo en que la proporciono.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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