Libertad y odio en la guerra de la información

Luis Velasco
Manifestación antivacuna en Madrid (02/01/2022). Fuente: NCM

Acaba de pasar un año desde aquella mañana del 6 de enero de 2021, en la que Donald Trump arengó a los suyos a través de Twitter para intentar un golpe de Estado imposible en Estados Unidos tras la victoria electoral de Joe Biden: “Iremos al Capitolio y lucharemos. Lucharemos como fieras”. Los resultados de esta demencia son de sobra conocidos: 5 muertos, 140 policías heridos, un país aún más dividido y Donald Trump expulsado de las plataformas digitales.

Es una evidencia más de que transitamos un momento histórico de resurgimiento de algunas ideas y valores que creíamos desaparecidos. Un momento en el que la radicalidad, y no la moderación, se extiende por todos los espacios donde interactuamos. Son la propaganda y la lógica de la polarización de las redes sociales trasladadas a todos los estadios de nuestra vida cotidiana y que, en el último momento, se volvieron contra Donald Trump.

No obstante, el expresidente americano no ha sido el único en lanzar mensajes extremos desde las plataformas digitales. Lo vimos con el exministro del Interior italiano, Matteo Salvini, con Jair Bolsonaro en Brasil, con Boris Johnson en Reino Unido, con Marine Le Pen en Francia, con Viktor Orban en Hungría y, en España, con Santiago Abascal. Todos ellos utilizaron las redes sociales, envueltos en guerras de información, para lanzar mensajes que sirvieron para alimentar la crispación y para señalar un enemigo de turno: los adversarios políticos, los periodistas, las minorías, la inmigración, las nuevas leyes de igualdad y género e, incluso, la ciencia. Discursos de odio que sobrepasan los límites de la libertad y de la verdad cuyo único fin es frenar el desarrollo social y el conocimiento.

En los últimos meses he podido comprobar esa guerra de la información, la radicalidad y el mismo círculo vicioso en la céntrica calle Arenal de Madrid donde, a través de las redes sociales, se han ido convocando una serie de manifestaciones y contramanifestaciones como resultado de esa pócima de polarización cuyos ingredientes son la política, la propaganda y las plataformas digitales. Recuerdo especialmente una marcha en el pasado mes de noviembre contra las agresiones sexuales por sumisión química que habían tenido lugar en el ocio nocturno de Madrid. Contó con un gran seguimiento y apoyo tanto en la realidad de nuestras pantallas como en la realidad fuera de ellas. Sin embargo, al día siguiente y en la misma calle, proliferaban gritos de «stop feminazis» de una concentración que confrontaba con la del día anterior y que tuvo también cierto apoyo.

Son tiempos en los que la bruma surgida de la guerra de la información impide ver más allá de nuestras convicciones u opiniones. Una niebla que mezcla la propaganda, la posverdad, las nuevas tecnologías y, especialmente, una política que ha abandonado la moderación y se ha adaptado a la radicalidad de las redes sociales en busca de un mayor beneficio.

En un documental de ‘La noche temática’, que abordaba este y otros asuntos de la desinformación, se planteaba qué ocurriría al pasar por delante de un semáforo en rojo si no estamos de acuerdo en lo que significa. Esa misma pulsión se genera cuando, como sociedad, no nos ponemos de acuerdo en los hechos y nos lleva a vivir realidades diferentes, a no alcanzar el entendimiento necesario para continuar con el desarrollo social.

Se suponía que las nuevas tecnologías o, en este caso, las redes sociales, encarnaban la idea de liberalización de los pueblos y, sin embargo, han logrado todo lo contrario porque reproducen la desconfianza del ciudadano hacia las instituciones. No encuentran un consenso. Cada día se lanzan cientos de argumentos triviales que van contra los hechos o la ciencia y que acusan a las instituciones o al representante político de ocultar la verdad como el crío que inculpa a su hermano de haber roto el jarrón de su casa mientras esconde tras su espalda un pedazo de él.

Manisfestación antivacuna en Madrid (02/01/2022). Fuente: NCM.

Los discursos de odio, pronunciados en nombre de la libertad y difundidos en este contexto de guerra de la información, se han aceptado como un argumento fundamental porque los representantes políticos han logrado construir una comunidad en torno a ese odio que permite censurar cualquier punto de vista que sea contrario a sus convicciones.

Esta espesa niebla solo se puede combatir desde la educación y el desarrollo de una vida en sociedad basada en la diversidad, el pluralismo y el consenso. Porque debe haber miradas diferentes acerca del mundo, pero los cristales de esas gafas no pueden estar empañados de odio y violencia.

La formar de mirar nuestro alrededor está condicionada por todo lo que nos rodea pero, como pensaba Jean Paul Sartre, “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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