Lo simbólico de la ciudad (I)

David Del Pino

Tout pour moi devient allégorie

Baudelaire

 

La crueldad y el desgarro de las graves consecuencias económicas, pero sobre todo sociales, derivadas de la Covid-19, han evidenciado, de nuevo, la imposibilidad humana de hacer y deshacer a nuestro antojo la irrefrenable y desenfrenada fuerza volcánica de la naturaleza. La cuestión no es sinuosa y sustanciosamente novedosa, ya el filósofo Jean-Paul Sartre se hizo eco de la cuestión afirmando la nada baldía cuestión de la inconmensurabilidad de las fuerzas de la naturaleza. Permítaseme más bien este parangón: la estruendosa dialéctica entre la naturaleza y las fuerzas humanas es una cuestión sintomática que se repite en la historia bajo diferentes declinaciones.

El transido dolor que nos ha producido y, que aún parece lejos de sanarse, nos debería haber advertido en la resaca de un sistema desalmado, de las consecuencias de unas groseras desigualdades sociales, que enmarañadas con el falso ropaje de la libertad, se encuentra camino inexcusablemente del mayor desastre que estamos en condiciones de recordar como género humano: el cambio climático y la desaparición de la tierra. Estar a la altura de nuestro tiempo histórico nos obliga a no ejecutar falsas ortopedias o, dicho de otra manera, nos impele a comprender las relaciones entre la naturaleza y el ser humano sin ambages, entonces, a desvelar el cinismo propio hegemónico de nuestra coyuntura histórica que en forma de refugio herético de la seriedad y el rigor, es capaz de mirar a otro lado cuando de la relación entre capitalismo y cambio climático se refiere. Si necesitamos paisajes calmados y no caminos umbríos y noches tormentosas, cabría decir alto y claro que sin un cuestionamiento directo y frontal del capitalismo como sistema de producción de vida global, estaremos abocados a la desaparición como especie.

De lo dicho hasta el momento, reverberan por encima de cualquier otro ingrediente las cuestiones de la naturaleza y la cultura. Ambas ideas encarnizan los deshilachados y atomizados movimientos humanos que observamos bajo el telón de fondo de la insoportable fatiga ocasionada por la pandemia. Un ejemplo visualmente muy significativo de lo mencionado es la avalancha de desplazamientos que se han producido de la ciudad al campo. Como si quisiéramos alejarnos de las asfixiantes estructuras de las ciudades en búsqueda de páramos más naturales. Así, afirmamos encontrar en espacios más deshabitados y menos cargados ornamentalmente una salida que nos oxigene de los entornos anestésicos y opresivos de unos ritmos de vida impresos a imagen y semejanza de los circuitos acelerados del consumo. De nuevo, la cuestión no es novedosa y tampoco nos debería sorprender. La pandemia y el dolor generado simplemente han acelerado lo que ya se manifestaba tiempo atrás.

Visto desde este punto de vista, las ciudades son algo más que diseños topográficos al calor de los diferentes tiempos históricos que en sus pugnas y negociaciones fueron dibujando los contornos geográficos por los que discurrió la historia humana. Las ciudades son asideros de sentimientos y nostalgia. También de felicidad y tristeza. La composición de las ciudades despeja los interrogantes históricos de las confrontaciones y desfasajes que se han ido sucediendo. Puestos a explicitar lo presentado, la figura de Walter Benjamin con un acopio importante hace de su obra un tapiz fascinante para comprender la dimensión simbólica de las ciudades. En la obra inconclusa de los Pasajes de París, el filósofo alemán dedicó aceleradas y fascinantes palabras a los personajes que más le sorprendían de una época que irremisiblemente estaba transformando las coordenadas del tiempo y el espacio.

Un Benjamin apasionado e ilusionado con la ciudad de París a finales del siglo XIX, concitó magníficas y eléctricas reflexiones acerca de Baudelaire, a la representación del flanêur, y a los grandilocuentes escaparates comerciales que comenzaban a darse cita en lo que fue el zénit del capitalismo de consumo. El hilo rojo que recorre la fascinación de Benjamin por el París de Baudelaire, el flanêur y los grandilocuentes escaparates, es la insistencia ante un mundo que camina inexorablemente hacia una jaula de hierro del alma y las pasiones, de que los humanos no habitamos un mundo material –una ciudad-, sino que para hacerlo nos vemos congruentemente reforzados por la imaginación, y los sueños, de aquí su fascinación por el espectáculo, la representación y la fantasmagoría. Es la añoranza del París de Baudelaire ante la delineación de sus calles a través del circuito del capital. Tal como leemos en la magnífica obra del geógrafo marxista David Harvey París, capital de la modernidad:

La fascinación que me produce su proyecto viene de la manera en que articula una gran cantidad de información, procedente de toda clase de fuentes secundarias, y empieza a ordenar pedazos y trozos, los detritus de la historia, como los llamaba, como si fueran parte de un gigantesco caleidoscopio sobre cómo funcionaba París y cómo se convirtió en el lugar central que acogió el nacimiento de lo moderno, tanto de su técnica como de su sensibilidad. [1]

En suma, pasear y atravesar los espacios de las ciudades es sinónimo de un complejo repliegue de representaciones, sueños, nostalgia, temores o esperanzas. También, y es algo en lo que particularmente incide David Harvey, las ciudades muestran o son la expresión del poder en la contemporaneidad. Recorrer los barrios más pauperizados de Madrid, las banlieu parisienne, o las anchas y largas calles manchesterianas repletas de homeless, así como los barrios gentrificados de las grandes urbes o el grado cero del capital en las calles más visibles y lujosas tales como la City de Londres o el Barrio de Salamanca en Madrid, nos invita desinhibidos a observar la representación de los flujos del neoliberalismo en la función espacial de las ciudades. Si la ciudad es el objeto de estudio que mejor que volver una y otra vez a la Baltimore en The Wire. Por lo tanto, las ciudades compuestas espacial y temporalmente por la eternización de los flujos del neoliberalismo y de las desastrosas desigualdades que deja a su paso, empuja a experimentar vidas de urgencia, y presas de una conexión perpetua. La percepción de asfixia, de sobresaturación y de no poder tomar distancias en vista a la inmediatez, evidencia uno de los grandes males endémicos de nuestra época: el agotamiento y la imposibilidad de tomar un respiro.

Bajo este telón de fondo, las cuestiones referidas a las manidas categorías de la Naturaleza y la Cultura vuelven a ser protagonistas. Desde posiciones críticas con la asfixiante cultura neoliberal de las grandes metrópolis, un porcentaje cada vez mayor de la población decide dar un paso atrás y trasladarse a ambientes más relajados y pausados denominados: paisajes naturales. Dicho sea de paso que existe un sesgo de clase evidente en la toma de esta decisión. Es ciertamente improbable que miembros de los espacios más golpeados dentro de la estructura social a los que les cuesta, si es que llegan, a pagar la hipoteca o el alquiler de sus casas, decidan tomar esta medida. No todos los trabajadores y trabajadores del territorio nacional pueden teletrabajar o trasladarse a su segunda o tercera residencia. En cualquier caso, la dicotomía Naturaleza y Cultura está más en boga que nunca y, es por ello, que dedicaremos la segunda parte de esta incursión teórica a rastrear su relevancia en la obra del antropólogo Claude Lévi-Strauss.

 

Notas:

[1] Harvey, D., París, capital de la modernidad, Madrid, Akal, 2008, p. 27.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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