Los espectros de la desigualdad

David Del Pino

“Pero conservemos provisionalmente, para este momento muy preliminar de nuestra introducción, el esquema del discurso dominante. Si un discurso tal tiende hoy a llevar las de ganar en la nueva escena de lo geopolítico, éste es el que diagnostica, en todos los tonos, con una seguridad imperturbable, no solamente el fin de las sociedades construidas conforme a un modelo marxista sino también el fin de toda la tradición marxista, incluso de la referencia a la obra de Marx, por no decir el fin de la historia sin más” Leemos aquí unas palabras de Jacques Derrida en su celebrada obra Espectros de Marx. Filósofo y prolijo pensador de la deconstrucción, Jacques Derrida considerado por los autores de La pensée 68 como el exponente oscuro del heideggerianismo francés, muestra a todas luces cómo tras el derrumbe de la Unión Soviética, la publicación del texto de Francis Fukuyama El fin de la historia y el último hombre, responde a la pulsión desenfrenada del escaparate ideológico del capitalismo vencedor en una democracia liberal que, después de todas las zancadillas y piedras en el camino, accedió a la plenitud de su programa.

La invectiva de Fukuyama estaba destinada a vociferar abiertamente, frente a cualquier diatriba alternativa y, por lo tanto, frente al pensamiento crítico del marxismo en cualquiera de sus formulaciones, el convencimiento de una síntesis que se tenía que dar por buena y asentada: la unión de la democracia liberal y del libre mercado. Hoy en día sabemos cuán terrible proyecto se forjó subterráneamente en los laberintos ocultos de la Guerra Fría. La victoria del modelo de Fukuyama es inapelable. Modelo histórico que responde con el nombre de neoliberalismo. Tal es el signo de su victoria, que nos ha imposibilitado pensar el proyecto de la democracia como un sistema político que se oponga frontalmente a la democracia liberal y al sortilegio del “libre” mercado, lugar de mercaderes y pobreza, donde reina una desigualdad histórica cuya génesis es estructural y violenta.

Ante semejante paisaje lóbrego y oscuro para las aspiraciones de un pensamiento emancipador que empuje por resituar el concepto de la democracia más allá de los confines abigarrados en los que queda encadenado bajo el mantra del neoliberalismo, la arenga de Derrida es pertinente también para nuestro presente más inmediato. Frente al modelo del fin de la historia cuyo objetivo principal estaría encaminado a levantar acta de defunción de las desigualdades estructurales existentes y perdurables en las arterias y corazón del funcionamiento del sistema capitalista, bien sea industrial o financiero, Derrida atisbaba que la figura tanto de Marx, como de su obra, permanecía vigente y actual en forma de espectro.

Quiere decirse que, el espectro del pensamiento de Marx, indica una visibilidad que se hace tal desde una invisibilidad de origen. La invisibilidad de origen lleva por nombre la hegemonía de una aldea global que imperturbablemente nos acompaña incluso en nuestro sueño biológico, diciéndonos al odio dulce y sosegadamente, que las desigualdades sociales son algo así como una entelequia que enarbolan serios y aburridos desquiciados a los que no tienes que hacer ningún caso. La desigualdad, obviamente existente, se reduce a la mala suerte o a que no has trabajado o te has esforzado lo suficiente para alcanzar tus objetivos. En este diseño neoliberal de lo social poco o nada queda para la aparición de lo verdaderamente relevante: una reproducción social estructural y genética por la que en la mayoría de los casos, si naces en una familia humilde, consolidarás un porvenir y un futuro asimilable y parecido al de tus progenitores.

El espectro del marxismo respondería, según Derrida, a la persistencia de un presente pasado, al retorno de un muerto, una fantasmal reaparición de la que no consigue deshacerse la actividad del duelo mundial. Una realidad descarnada y desgarradora que asfixia y corrompe al espíritu de la democracia, entendida ella como consecución plena del epítome libertad e igualdad. Los sacerdotes de la libre circulación del mercado tras su nombramiento por los apóstoles del neoliberalismo Reagan y Thatcher han pergeñado la corporeización del sujeto errante que vagabundea y bucea por el consumo con un aliento de incansable voracidad por adquirir novedades.

Entonces, el aislamiento y la soledad se convierten en los únicos portadores de pseudoprotesta contra los rigores, la fría abstinencia, la ética y el bienestar egoísta de una sociedad corriente en su insolidaridad y enfermedad. Y esto, únicamente, cuando irrumpe un ánimo de protesta. No significa que la protesta haya desaparecido. Pero tampoco podemos hacer como si nada hubiera pasado durante las últimas cuatro décadas. Apelar a los valores arcádicos de la clase obrera como forma espectral contra el neoliberalismo, dice más de la existencia de un sujeto político que aún no ha desaparecido, y no es nada desdeñable, que atender a la complejidad de nuestro presente en el que la clase obrera como sujeto compacto, si es que alguna vez ha existido en su objetividad, está atravesada, como otros muchos actores sociales, por la consumación subjetiva de lo aspiracional.

En ningún caso pretendemos argumentar la inexistencia de las clases sociales, de hecho, la relectura que proponemos de la obra de Derrida, correspondería a resituar las desigualdades sociales y la existencia de las clases, en el mismo corazón del proyecto neoliberal. Pero no seamos ingenuos. La objetividad de un sujeto político como la clase obrera, ha estado y sigue estando en cuestión, incluso en momentos históricos que se datan por la irrupción volcánica de sus energías escondidas. Sin embargo, las clases sociales más desfavorecidas por el reparto de cartas en este macabro juego llamado capitalismo, han sido bombardeadas, seguramente hasta la saciedad y consumación, por un modelo que primero visualizamos con las películas de Hollywood y que nos hizo sentir una pulsión irremisible por la compra de los avances industriales que nos facilitarían la vida del hogar tales como lavadoras o televisores y, que posteriormente, tras el paso del huracán Thatcher y Reagan, empezamos a vincular con lo aspiracional como horizonte irénico.

La dificultad que encontramos a causa de la distancia que no tenemos de la necesidad económica y de nuestra urgencia práctica de ganarnos la vida como sea en un mundo jalonado por la felicidad que incansablemente enseñamos en nuestro timeline de Instagram, no nos permite tomar un respiro hondo y profundo y visionar la aceptación que hemos consumado del paquete de vacaciones de todo incluido adquirido en El Corte Inglés. No cometamos un error, que habida cuenta histórica nos lleva ocasionando enormes quebradores de cabeza, de considerar el paquete de lo aspiracional que se impuso desde la década de los ochenta como mera ideología. Lo aspiracional en forma de ser propietarios de una buena vivienda, de tener dos coches en la puerta de nuestro hogar, de poder pagar nuestro importe anual en el Santiago Bernabéu, y si no es así, de comprarnos un televisor de unas dimensiones superiores al espacio destinado para el mismo en nuestro salón de estar, si es que tenemos la suerte de disponer de algo de esto, no puede ser infravalorado con el argumento de esperar a que las fuerzas económicas reales ejerzan su determinación histórica y consumen la revolución proletaria.

Por el contrario, el modelo de lo aspiracional ha desdibujado las fronteras subjetivas y culturales de la experiencia de las clases sociales. No es una cuestión de la inexistencia de las mismas, sino que en sus enclaves culturales, cotidianidad y pulsiones internas, ya no sienten como tal, la experiencia de clase que sentían en otros momentos históricos. La sociedad de consumo ha colmado e impuesto la aspiración de formar parte de la clase media. Una parte muy importante de la población se siente o quiere formar parte de esta clase. Debemos aclarar que sociológicamente es una categoría social muy complicada de definir. Esto no quiere decir que no exista, pero su complejidad compone la trampa neoliberal de lo aspiracional como horizonte de querer formar parte de este club selecto. Independientemente de cómo cifremos su composición sociológicamente, si una parte sustancial de la población cree o quiere formar parte del club, debemos tomarnos muy enserio y cifrarlo teóricamente sin tapujos o escaramuzas ideológicas que de entrada obligue a defenestrar las experiencias que siente un número considerable de ciudadanos.

Diagnosticar debidamente la cuestión es de tal importancia, que el sentimiento de lo aspiracional y de formar parte del club selecto de la clase media que ha impuesto la sociedad de consumo, nos ayuda a explicar la irrupción de las extremas derechas en el mundo entero como forma de mirar con desprecio hacia abajo, es decir, al que mantiene una experiencia más degradada que uno, al obrero o al inmigrante, a la mujer o al pobre. Sabemos que para la clase media, y son muchos los que se identifican con esta clase social a pesar de su complejidad sociológica, existe una inseguridad originaria en su posición, que produce adulación hacia arriba y el desdén y denigración hacia abajo. Esto nos puede ayudar a explicar cómo es posible que en un mundo que cruje y amenaza con derrumbarse, a través de la sinfonía de lo aspiracional, atisbemos con desdén, cinismo y culpabilicemos a los que no alcanzan a tener un techo.

El proyecto de lo aspiracional cumplió las esperanzas ocultas en las protestas del mayo del 68. La exhibición y las magnificencias de la incasable búsqueda de espacios de mayor libertad, absolutamente legítimos y deseables para todos los que queremos vivir sin constricciones autoritarias, fue tornado hacia la publicidad y el consumo. Allí donde se luchaba por encontrar espacios de libertad y autodeterminación para el sujeto, las fuerzas neoliberales dieron la batalla mediante sus peones los publicistas. Por ello, sentirse libre, y buscar la autodeterminación de decisiones individuales sin constricciones se tornó en un paquete de vacaciones de El Corte Inglés, la compra de un coche que te haría tocar con los dedos la enfática libertad casi únicamente al alcance de Dios, y una segunda vivienda en la playa. Este modelo hizo posible la coexistencia de manera comprensiblemente aceptable de una producción creciente, un desempleo extendido y una pauperización sustancial sin ser ninguna paradoja.

Volviendo a la lectura que hacíamos al comienzo del escrito sobre Derrida, la realidad del capitalismo que pretendieron obturar siempre retorna en su forma fantasmal. La desigualdad social es una cuestión que va emparejada al capitalismo y que no podrán hacer desaparecer aunque en su hacer esté el contratar a cada vez más publicistas y publicar infatigablemente libros de autoayuda. A pesar del bombardeo de mensajes publicitarios, de coches y segundas viviendas, seguimos activamente vinculados a la expulsión, el desalojo y la división social. Que lo aspiracional sea una realidad subjetiva para un número importante de ciudadanos, y que como tal, deba ser atendido en su complejidad y no con falsas ortopedias ortodoxas y economicistas, tan propias del marxismo más vulgar, los fundamentos de la sociedad de clase no fueron destruidos por la sociedad de consumo. La sociedad de consumo no ha destruido la existencia de las clases sociales, pero como ya hemos dicho, sería ingenuo pensar que tras cuatro décadas de hegemonía neoliberal no ha modificado profundamente los patrones de lo social, traducidos en última instancia, en la experiencia de clase, las expectativas de la vida cotidiana y el horizonte de posibilidad para la mayor parte de la gente corriente. Es, creo, en medio de este interregno dialéctico, en el que nos deberíamos mover, no sólo como antídoto frente a los que apelan un retorno hacia la virtuosidad de la clase obrera pretérita como si nada hubiera pasado, sino también contra algunas experiencias políticas e ideológicas postmodernas que no sitúan en el centro de su ideario el mal endémico pasado y presente: la desigualdad social y la lucha de clases.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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