Los intereses creados

Luis Velasco
José María Aznar, Mariano Rajoy, María Dolores Cospedal, Javier Arenas y Luis Bárcenas declarando en el juicio sobre la financiación del Partido Popular.

Continuamos con las semanas de desequilibrios políticos y judiciales.  Esta vez, los protagonistas han sido los exdirigentes del Partido Popular que han sido llamados a de­clarar como testigos en el juicio sobre la financiación irregular del partido tras las declaracio­nes del extesorero, Luis Bárcenas, en las que aseguraba que la cúpula popular era conocedora y supervisora del cobro de sobresueldos con dinero negro, de donaciones ilícitas y, en definitiva, de la existencia de una ‘caja B’.

“Señor letrado, me puede preguntar 30 veces o 500 veces la misma pregunta en distintas páginas de distintas comparecencias que la respuesta va a ser siempre la misma (no lo sé o lo desconozco)”, declaraba el expresidente del Gobierno de España, José María Aznar, sobre si conocía o no la existencia de ‘la caja B’.

Las respuestas del resto de los testigos citados a declarar, entre los que se encontraba otro expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, seguían la misma línea negacionista y desmemoriada: “No hay ninguna caja B del Partido Popular. Habrá unos papeles de Bárcenas, que son del señor Bárcenas y que él tendrá que explicar”, aseguraba Rajoy.  

A lo largo del recorrido del juicio, se han dado escenas que recuerdan a la obra ‘Los intereses creados’ de Jacinto Benavente. El autor, un dramaturgo burgués del primer tercio del siglo XX, critica en la obra la hipocresía y las falsas apariencias de la burguesía a través de la historia de Crispín y Leandro que, valiéndose de triquiñuelas y engaños, consiguen una serie de préstamos con los que tejen una red de vínculos e influencias para conseguir un objetivo más ambicioso. Cuando un arrepentido Leandro pretende destapar la farsa, Crispín le hace ver que es imposible: “Piensa que hemos creado muchos intereses y es interés de todos salvarnos” [1].

Aznar, Rajoy, Cospedal, Cascos, Arenas, Trillo,… ninguno se interesó nunca, durante 30 años, por las cuentas del Partido Popular, ni por la procedencia ni por la supervisión del dinero que entraba tanto en sus cuentas bancarias como en las del partido, puesto que la gestión de los salarios y la procedencia del dinero eran tareas que únicamente correspondían a los extesoreros Álvaro Lapuerta y Luis Bárcenas y, por tanto, no eran de su incumbencia.

A pesar de las evidencias y de dos sentencias judiciales que afirman y corroboran la existencia de ‘la caja B’, el cobro de sobresueldos con dinero negro y de donaciones ilícitas, todos han negado con rotundidad su existencia o han declarado su completo desconocimiento -recordemos que un testigo llamado a declarar debe decir siempre la verdad en sede judicial-. Y no sólo eso, sino que la desfachatez es aún mayor cuando el propio José María Aznar, en un intento de fusionar las convicciones viscerales con los hechos, para restarles credibilidad, por los que un juez ha decidido llevarle a juicio, se revestía como acusación popular e identificaba a los letrados: “¿(usted) Es el señor Boyé, el abogado de Puigdemont?”.

La ciudadanía se ha hecho cargo de que la mentira forma parte del sistema, la concibe como un error necesario de los engranajes sociales que permite que el resto de la maquinaria funcione correctamente, y por tanto se contempla como algo natural e innato a la política. Pero acabamos de ver una obra teatral desleal a la verdad de la que no podemos escapar. No podemos levantarnos de la butaca y simplemente marcharnos de la sala.

La mentira es un valor mutable que cohabita en el campo político, forma parte de las reglas del juego. Pero las mismas reglas asumen que si se destapa al farsante este debe pagar un precio, abandonar el juego. Sin embargo, la bisagra oxidada que es la mentira cínica actual rompe con dichas normas invisibles y estamos viendo que ya no solo equivale, a muchos efectos, a una deslegitimación de la moral, sino a una despenalización jurídica. La impunidad de quienes tergiversan, distorsionan, manipulan, engañan, mienten o deforman la realidad a su antojo deviene en una terrible desprotección de los ciudadanos. ¿Dónde está el límite de la mentira impune?

Corren tiempos que sugieren que la verdad es un valor que forma parte del pasado y que la honestidad ha dejado de ser la cualidad alternativa a la mentira. Sin embargo y como decía Hannah Arendt, la verdad es lo que no podemos cambiar. Como ciudadanía educada en valores democráticos debemos redibujar el límite de la falacia. Rescatar la verdad y la honestidad del cajón de los valores en desuso para acabar con quienes, movidos por su ambición y sus deseos, utilizan a los individuos para satisfacer sus propias pasiones. Y no hay mascarilla que oculte la cara de esa realidad.

Notas

[1] Benavente, J. (2005). Los intereses creados. Madrid, España: El País. Pág 95

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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