Los ojos puestos en la capital

En estas dos últimas semanas hemos presenciado una secuencia inaudita de acontecimientos políticos en plena pandemia: una moción de censura fallida del PSOE y Ciudadanos contra el Gobierno del PP en la región de Murcia; después un adelanto de elecciones en la Comunidad de Madrid; seguida de otra moción de censura fallida en Castilla y León contra el Gobierno del PP y Ciudadanos; y, finalmente, el anuncio de la candidatura del todavía vicepresidente segundo del Gobierno central, Pablo Iglesias, a las elecciones autonómicas de la Comunidad de Madrid. Paralelamente, el extesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, ha ido confirmando lo que la ciudadanía ya intuía como verdadero; y la Covid-19 ha seguido cobrándose vidas.

Prácticamente la totalidad de los medios han tenido a bien denominar toda esta secuencia de acontecimientos como “terremoto político” o “efecto mariposa”. En nuestro caso, nos serviremos de un recurso literario que ya Cervantes, al igual que otros autores, introdujeron en sus obras: el síndrome de Eróstrato. Este complejo, también llamado neocapitalista, hace referencia a un pastor griego que quemó un templo de la diosa Artemisa para ganar notoriedad y poder rubricar su nombre en la historia.

«También viene con esto lo que cuentan de aquel pastor, que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y aunque se mandó que nadie le nombrase ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato» [1].

Toda acción tiene su reacción y viceversa. Lo sucedido tras la decisión conjunta del PSOE y Ciudadanos de iniciar una moción de censura en Murcia ha desembocado en lo que hemos denominado, si se nos permite la expresión, como política erostrática, pues el terreno de juego ha saltado por los aires y los jugadores han cambiado de posición. Yolanda Díaz, ministra de Empleo, relevará a Pablo Iglesias en el Gobierno de coalición y en el liderazgo de Unidas Podemos, empezando con ella un nuevo ciclo para la formación morada; el Partido Popular se verá obligado a marcar distancias con Vox o a convertirse en su padrino; y Ciudadanos e Inés Arrimadas que, como preveíamos, comparten el mismo destino de UPyD y Rosa Díez, y se han agarrado a Edmundo Bal, candidato naranja a los comicios madrileños, cual flotador salvavidas.

Como ya ocurriera con las elecciones catalanas, este adelanto electoral madrileño no tiene únicamente un alcance autonómico, sino que se ha extendido al resto del territorio nacional tras el anuncio de la candidatura de Pablo Iglesias, que ha seguido los pasos del exministro Salvador Illa, y que acabará profundizando en la polarización preexistente de la ciudadanía española.

Por estas razones cabe preguntarse: ¿Es legítimo que nuestros líderes políticos abandonen la primera línea en plena pandemia para participar en una lucha de trincheras que sólo trae más crispación en un momento histórico en el que necesitamos unidad y equilibrio?

Siguiendo el hilo del complejo de Eróstrato, que caricaturiza nuestro presente vertiginoso, tecnológico y líquido, los actores políticos han prendido fuego a varios templos españoles como el que quema un granero repleto de hojarasca con una cerilla sin mirar.

Con todos los ojos puestos en la capital, en una especie de efecto Filomena -durante los días del temporal, el foco mediático sólo iluminaba Madrid-, y los medios españoles resaltando y subrayando las diferencias y las descalificaciones de sal gruesa, se revela como una tarea imposible crear y mantener un equilibrio en un ecosistema político que arde diariamente a manos de unos y otros. Nuestra concepción de España está desequilibrada, desnivelada y fuera de órbita. Y hasta que no queden atrás las etiquetas de colores, el eje de batallas entre izquierda y derecha, fascistas y antifascistas, “comunismo o libertad”, nuestra democracia seguirá ardiendo todos los días.

La candidatura de Pablo Iglesias es un golpe de efecto que polariza aún más los espacios. Una polarización que ya existía entre la ciudadanía, pero ahora, con las campañas políticas que se avecinan, donde Madrid acogerá batallas políticas feroces con las que volverá a acaparar todos los focos mediáticos durante el próximo mes y medio, la polarización será extrema, pues Ayuso polariza a favor de la derecha, pero también incentiva a la izquierda. Y viceversa, Iglesias polariza a favor de la izquierda, pero estimula la movilización de la derecha.

«Si te llaman fascista estás en el lado bueno de la historia», señaló recientemente Isabel Díaz Ayuso. “Hay que impedir que estos criminales, que reivindican la dictadura, (…) puedan tener todo el poder de Madrid, con todo lo que ello implica para España”, declaró Pablo Iglesias en el vídeo donde anunciaba su candidatura. 

Todos tenemos nuestras convicciones, nuestro pensamiento y nuestra ideología. La ideología es innegable y quién la niega está ejerciendo la mayor prueba de su existencia. Sin embargo, ojalá que llegue pronto el día en que abandonemos el pretexto de nuestras creencias para justificar racionalmente las emociones que nos llevan a rechazar a quiénes piensan de manera diferente. Ese día ganaremos todos. Y nuestra democracia dejará de arder.

Notas

[1] Saavedra, M., Alonso, E., Riquer, M., de Cervantes Saavedra, M., de Riquer, M., & Ambrus, V. G. (2004). Don Quijote de la Mancha. Vicens Vives.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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