Mi laberinto temporal

“…gira el mundo gira
en el espacio infinito…
…el mundo
no se ha parado ni un momento
su noche muere y llega el día
y ese día vendrá”
(Jimmy Fontana)

 

Estoy en casa, son las once de la mañana de un domingo otoñal y me dispongo a hablar del tiempo y del espacio en un momento en el que están definidos. A medida que voy escribiendo, y borrando, ese tiempo va pasando. Ya son las 11.01, cuánto ha pasado en este tiempo inmóvil y efímero. ¿Cuál es mi temporalidad en este preciso instante?, ¿cuál es la temporalidad de mis palabras escritas frente a las de mis pensamientos? Durante este tiempo mi cerebro me recuerda la pasión que siento sobre el tiempo, su temporalidad, y su respuesta, lanzándome a un futuro incierto y seguramente irreal,que pasa por un presente cuestionado que se esfuma en un microsegundo.

Miro el reloj y han pasado cuatro minutos concluyendo en que medimos el tiempo a través del reloj: sesenta segundos, un minuto; sesenta minutos, una hora; una medición que, junto a los 365 días, las 52 semanas, y los 12 meses del año del calendario cuantifican nuestro tiempo. O parte de él. Entrando aquí en la concepción más física del tiempo utilizada como unidad de medida nos sentimos aliviados sobre su cuestionamiento.
Sin embargo, el tiempo no es solo una medida, y aunque sólo fuera eso, ¿por qué ha variado tanto a lo largo de los años? He aquí una de las principales premisas de su no-significación, o de su eterna significación.

Newton nos facilitó esa enumeración temporal y lineal, ese segmento que transcurre en movimiento, ese tiempo matemático. Me gusta la idea de medir el tiempo, pero la premisa kantiana de que el tiempo no se puede suprimir y forma parte de la inteligencia y la sensibilidad humana capta más mi atención. Si esto es así de qué tiempo estamos hablando porque si el pasado ya no es, y el futuro todavía no existe, nos queda el presente, un cuestionamiento que me devuelve al pensamiento aristotélico. Aristóteles concebía el tiempo como movimiento, ese movimiento entre el pasado y el futuro; entre el ser y el no ser; entre lo que fue y lo que será; un momento presente en creación. Cabría preguntarnos si el tiempo está creado por dimensiones que se van entrelazando, ¿es el tiempo un claro ejemplo de la caverna de Platón? Autor que hablaba del mismo como un movimiento astrológico de la eternidad:

 

“Por lo pronto, es preciso distinguir entre lo que es y existe siempre sin devenir jamás, y lo que deviene o pasa siempre, sin subsistir lo mismo. Es preciso decir que lo que es y subsiste lo mismo, es comprendido por el puro pensamiento, y puede ser conocido con certeza; que lo que deviene siempre, objeto mudable de los sentidos y de la opinión, no puede ser conocido sino de una manera conjetural. De aquí se sigue que no hay ciencia posible de la naturaleza y en general del mundo; y no será poca fortuna, si se llega a dar una explicación probable de la formacion del universo inmenso” [1].

 

El tiempo es y nos cuestiona; nos mueve y nos engrandece. El tiempo presente nos enseña un pasado para crear un futuro. El tiempo lineal o el tiempo circular vuelve pues, aunque el tiempo pase, la memoria permanece. El tiempo es propio, pero también es del mundo como nos enseña Heidegger.

 

“Cada instante es el foco de manifestación de una dinámica eterna en la cual participan el Retorno y el Devenir. De ello se deduce una triple modalidad de la temporalidad cíclica: como Retorno eterno, como Presente eterno, como Devenir eterno.” [2]

 

Además, ya sea como creación, como espacio, o como medida el tiempo es propio del ser humano y, por ende, cultural. La culturalidad del tiempo radica en su evolución, en su historia y en su cuantificación. Hemos oído hablar de los relojes de sol y los de arena; de los sistemas de medición en base decimal, duodecimal y sexagesimal; de los calendarios de doce meses y de los de dieciocho, de los lunares y de los solares, llegando a la conclusión de que el tiempo se repite en su irregularidad. El tiempo pone en relieve las costumbres dando su aspecto más social y cultural a la época.

 

El tiempo efímero.  El tiempo eterno.

 

[1] Platón., “Timeo. Tomo VI”, Patricio de Azcárate, tomo 6, Madrid, 1872. Recuperado de: http://www.filosofia.org/cla/pla/img/azf06131.pdf

[2] Guinard, P., traducido por Rocamora, A., “El tiempo de los filósofos: de Platón a Nietzsche, y de Nietzsche a Platón”, 2003. Recuperado de: http://cura.free.fr/esp/27tiempo.html


Ana Sánchez-Bayo

Graduada en Ciencias Políticas y con un máster en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado en entornos multiculturales tanto en el ámbito público como en el privado.
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