“No creo ser…, no creo poder…”

“No somos: nos estamos convirtiendo ¿No confiamos en nosotros mismos? No importa: confiemos en lo que podemos convertirnos”
Charles Pépin, filósofo y novelista francés.

 

En el año 1978 las psicólogas estadounidenses Pauline Rose Clance y Suzanne Imes [1] crearon el concepto terapéutico del “síndrome del impostor”. Un fenómeno psicológico en el cual las personas se sienten incapaces de internalizar sus propios logros sufriendo, de este modo, un miedo constante de ser descubierto como un fraude, es decir, como un estafador/a. Estas psicólogas clínicas demostraron en una investigación, que realizaron a un grupo de mujeres con grandes logros, que la gran mayoría desconfiaban de ellas mismas. Esta manera de pensar y sentirse no es considerada una patología mental oficialmente reconocida, por lo que no se encuentra en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. Sin embargo, el no sentirse nunca lo suficientemente bien es un síntoma destacado y frecuente en el marco de nuestras sociedades posmodernas, capitalistas y neoliberales que parece ir en aumento según avanzamos este siglo XXI.

Este hecho psicosocial, ya que soy firmemente defensora de que lo psicológico no es hecho psíquico aislado, sino que hunde sus raíces en el contexto sociocultural en el que vivamos, así como en factores biológicos; es más patente en el caso de las mujeres. La periodista Elisabeth Cadoche y la psicoterapeuta Anne de Montarlot [2] han escrito un libro referente a las causas psicológicas, sociales y culturales de este complejo sentimiento, centrándose principalmente en las mujeres: el síndrome de la impostora.

Fotografía de Daria Shevtsova en Pexels

“En realidad, no sé si pueda hacerlo”, “Si, es verdad, llevo muchos años estudiando pero no tengo experiencia”, “No creo ser capaz”, “Bueno, no es para tanto, he tenido mucha suerte”, “Posiblemente es gracias a que tenía contactos para acceder al puesto”, “Parece que nunca hago lo suficiente”, “No me he esforzado lo suficiente”, “Sé que debería agradecer todo lo que tengo, pero siento que algo no va bien”, etc. Estas son algunas de las frases que escuchamos y que decimos o nos decimos en la cotidianeidad, especialmente las mujeres. El síndrome de la impostora podría reducirse a la mera duda de sí misma. La falta de confianza perjudica mucho a las mujeres, ya que la falta de autoestima te lleva a dudar constantemente de tu potencial. Esto no sólo se produce a nivel profesional, sino también en otros ámbitos de la vida como son las relaciones interpersonales, la propia imagen y la relación con el entorno. Para llegar a esta desconfianza y a una autoestima muy deteriorada o nula, influyen muchos factores como pueden ser la trayectoria escolar, nuestro lugar en la familia, el modo en que esta gestiona los fracasos y los triunfos, las experiencias personales y, muy especialmente, los estereotipos de una sociedad y sus parámetros para medir el éxito.

El aprendizaje social, justo ese que nos va a permitir estar dentro de una estructura comunitaria, se va produciendo a lo largo de toda la vida y nos marca profundamente. Este no resulta ser un proceso estático, al contrario, es un proceso muy dinámico y permanente que va estableciendo múltiples estados psicológicos y emocionales. A veces es difícil determinar con claridad todos los cambios interiores y exteriores que se producen, e intentar establecer armonía entre los mensajes que vienen del exterior y cómo impactan en los procesos interiores de cada persona. Descuidar ese paisaje interior nos lleva a distraernos y a perdernos en las apariencias de la persuasión social, donde circulan discursos dañinos de mensajes de felicidad, belleza y éxito.

En nuestras sociedades el éxito se define desde parámetros sexistas y jerárquicos: el estatus y el poder. Para muchas mujeres cuanto mayor es el éxito, mayor es la duda. Es una especie de círculo vicioso que nos puede derivar a una forma de pensar paralizadora y prolongada en el tiempo. Este mecanismo cognitivo identificado ya por el año 1958 por el psicólogo austríaco Fritz Heider como una distorsión del pensamiento, tiene que ver con un problema de “atribución”: el no merecimiento. Heider identificó este sesgo cognitivo como un mecanismo que hace creer que los logros obtenidos en la vida, sea en el área que sea, son debidos a la suerte o el azar. Una trampa mental de infravaloración, autocrítica, miedo al fracaso, dudas, etc.; que si se vuelve crónico estaríamos hablamos del “síndrome del impostor/a”.

“Nuestra sociedad tiene la tendencia a enseñar a los niños que eres buena persona si tienes éxito y mala si fracasas” Psicólogo Kevin Chassangre.

Fotografía de Daria Shevtsova en Pexels

La noción de legitimidad es poco existente en las mujeres debido al contexto histórico y sociocultural: constante presión tanto en el rendimiento como en la imagen y unos estereotipos difíciles de romper, como por ejemplo que somos más emocionales y/o sensibles, que todas quieren ser madres porque así nos convertimos en una “mujer completa”, que en realidad no queremos altos cargos de dirección y organización, etc. Esto sumado a una sociedad que tiene como valor supremo la hipercompetitividad, donde vendemos imágenes perfectas en las redes sociales que funcionan como falsos espejos y abarrotamos con mensajes de “¡vive plenamente!, “¡vive al máximo!”, “¡sé feliz!”, “¡busca el éxito y la perfección!”, etc. Una perfección tanto en el cuerpo como en cualquier otra cosa y/o situación: la pareja, las vacaciones, la casa, la mascota, el coche, la conferencia del otro día, el plato de pasta, los hijos/as, la visita al dentista, lo bien que pasé ese constipado, etc. Sumado, por supuesto, a un control del cuerpo, especialmente en las mujeres, que nos genera una percepción de idealización tan común de la sociedad occidental. Todo ello resulta una amalgama de enfrentamientos tanto fuera -sociedad- como en el interior de las personas.

Los riesgos de esta idealización e hipercompetitividad son numerosos: esfuerzos gigantescos, agotamiento, la procrastinación sistemática o como hábito, esos círculos viciosos que nos reafirman que no valemos nada, convicciones limitadoras, vidas profesionales monótonas, el sufrimiento silencioso, etc. Además, el miedo a triunfar conecta con el miedo existencial, esto es, miedo a asumir nuestra libertad. La libertad conlleva una titánica responsabilidad para con la propia vida y la del entorno. Así pues, este miedo expresa -disimuladamente- el no querer asumir esta responsabilidad y, por tanto, nos paraliza.

“Nuestro mayor temor no es ser ineptos, nuestro mayor temor es ser poderosos más allá de cualquier límite. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos asusta. Nos preguntamos: “¿Quién soy yo para atreverme a ser brillante, magnífico, fabuloso?”. Pero, en realidad, ¿quién soy yo para no serlo?” Escritora estadounidense Marianne Williamson.

En realidad, ¿seguimos siendo nuestro/a peor enemigo/a? La mayor parte de nuestras vidas nos estancamos en zonas de confort aun siendo insatisfactorias y acabamos viendo el mundo con una imagen poco gratificante. Sin embargo, es necesario también no encasillar estos mecanismos cognitivos y conductas de manera individualista, biologicista o enfermiza. Es necesario subrayar los síntomas sociales como claves para el desarrollo de estos pensamientos, sentimientos y acciones. El desasosiego ante la posibilidad de no saber, de no estar a la altura o no cumplir con las expectativas que creemos necesarias para el desempeño de diversas tareas, origina miedos, tensiones e incertidumbres propias de sociedades occidentales neoliberales, machistas y racistas.

La identidad profesional ocupa un lugar central que solo los más privilegiados pueden cumplir: profesionales, expertos o especialistas. Esto genera un sistema de desigualdad entre incluidos/excluidos tanto a niveles materiales como simbólicos. Este hecho para las mujeres es aún más fuerte. Muchas de nosotras percibimos que, a pesar de llevar largos periodos de formación y dedicación en nuestra vida profesional, sentimos incomodidad, vergüenza y una excesiva autoexigencia. Se establece una necesidad de estar demostrando que sí valemos todo el tiempo o de justificar lo que hacemos o no hacemos en exceso, así como una autoimposición de saberlo todo de todo. Esto ocurre en gran medida por esa falta de legitimidad, de reconocimiento e identificación que tiene que ver con la persuasión y la presión social. Además, los marcos normativos de género ideales y los mandatos preceptivos binarios (hombre/mujer) existentes, aunado a las relaciones de poder(s), originan un coctel molotov idóneo para que esto sea así.

Desde todas estas aristas del prisma la igualdad en realidad resulta una paradoja. No sólo exclusivamente entre hombres y mujeres, sino entre los seres humanos. El cambio debe estar dirigido a crear valores sociales que nos abran los caminos y faciliten los tránsitos por ellos, no que los conviertan en pesadillas y batallas tanto desde nuestro interior como en el exterior. El síndrome de la impostora afecta cada vez a más mujeres y vivir sintiéndonos así produce un enorme hastío e incomprensión. Reconocerlo e identificar las causas es el primer paso para lograr modificarlo.

“La buena y saludable autoestima, la que hará a la mujer independiente de la consideración, la aceptación u otra bendición otorgada por los hombres, es sin duda la clave de acceso a una relación serena de la mujer, de las mujeres, consigo mismas” Socióloga Patricia Braflan-Trobo.

 

Notas:

[1] Pauline Rose y Suzanne Ament Imes (1978) «The Impostor Phenomenon Among High Achieving Women: Dynamics and Therapeutic Intervention» Psychotherapy Theory, Research and Practice. Volume 15, #3. Georgia State University. University Plaza Atlanta, Georgia 30303.
[2] Cadoche, Elisabeth & De Montarlot, Anne (2021) El síndrome de la impostora. ¿Por qué las mujeres siguen sin creer en ellas mismas? Editorial Península, 1ª ed.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Ana Fernández Martín

Doctoranda en la UCLM en el programa de Humanidades, Artes y Educación con especialización en Antropología y cuestiones de género. Máster oficial de Antropología Aplicada: entre la diversidad y la globalización en la UCLM. Diplomada en Educación Social por la UCLM. Beca Iberoamericana en la BUAP de Puebla, México en la Licenciatura de Antropología Social. Estancia de cinco años en Puebla, México, desarrollando nociones en artes escénicas y estudios culturales y tradicionales de la cultura mexicana.
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