No hemos entendido nada del fundamentalismo islámico

David Del Pino

Hace algunos años cayó en mis manos un asombroso y fascinante libro del filósofo y antropólogo social Ernest Gellner que hizo girar ciento ochenta grados mi vaga, imperfecta e ignorante percepción del mundo árabe y, en especial, del papel que juega la vertiente fundamentalista del islam en una época vanagloriada y celebrada por una supuesta secularización. Después de lo ocurrido estas últimas semanas en el escurridizo laberinto de Afganistán y el papel destacado que volverán a ocupar los talibanes en el control del país, es un momento inmejorable para compartir algunas de las ideas de Gellner. Muchas de sus consideraciones, sino todas, nos arrimarán a tomar una posición escéptica y contraria de la imagen que trasmiten tanto las autoridades occidentales como los medios de comunicación sobre el rol desempeñado por el fundamentalismo talibán. Según esta imagen que aludíamos, la organización militar fundamentalista islámica de Afganistán, que acomete una yihad dentro del mismo país, denominada Talibán, sería algo así como una organización con mentalidad y empuje en sus acciones de corte medievalista. Con un desdén propio de quien está acostumbrado a hacer lo que se le venga en gana bajo el mantra de la “civilización”, lapidan verbalmente al movimiento talibán como de medievalista o incivilizado, sin entender, y esto es a lo que aludiremos con el texto de Gellner, que el fundamentalismo islámico, no sólo el talibán, sino también el de otras corrientes político-religiosas musulmanas de la rama del sunismo como el wahabismo creado por Ibn ‘Abd al-Wahhab circunscrita en Arabia Saudita, fue el instrumento tomado por algunas corrientes islámicas para subirse al tren de la Modernidad tanto como el puritanismo, el luteranismo y el calvinismo influyeron y fueron determinantes en la conformación de la “civilización” y, por supuesto, del capitalismo en Occidente.

Lo que ha quedado claro con la retirada de las tropas americanas de Afganistán tras 20 años en el territorio, ha sido la imposibilidad de la razón occidental ya sea socialista como ocurrió con el despliegue soviético contra los muyahidines apoyados y financiados por los Estados Unidos, como de la rama capitalista con la llegada de las tropas americanas tras el atentado de las Torres Gemelas un 11 de septiembre de 2001 con el objetivo de acabar con la vida Osama bin Laden, de terminar por “occidentalizar” Oriente Medio. Mientras tanto, la propaganda derivada de la Guerra contra el Terrorismo iniciada por George W. Bush tras el atentado al que hacíamos mención, se ha dirigido a la caricaturización medievalista de unos tipos andrajosos, con melenas y barbas destartaladas, sin armonía ni orden, y con unas túnicas más propias de creyentes del Reino nazarí de Granada en la Edad Media que del siglo de Instagram y Tinder. Al margen del tipo de vestimenta que endosan o de la relación que puedan mantener con las mujeres, niños, homosexuales o herejes, cabe admitir que tanto la estrategia militar como el tipo de armas empuñadas no se corresponden con los avances técnicos de un Occidente que aún así no consiguió el objetivo final: la occidentalización de un país enredado con la red terrorista Al Qaeda. Consiguiendo lo segundo, aunque habría que matizarlo con el surgimiento del Estado Islámico y, escapándoseles el primero.

Durante los últimos veinte años se ha repetido hasta la extenuación el mismo discurso del que en estos momentos nos atiborramos cada vez que se presta atención a lo ocurrido en Afganistán. Lo que demuestra, a todas luces, una ignorancia supina sobre el verdadero movimiento subterráneo que lleva atravesando al fundamentalismo islámico y que muy al contrario de lo que se piensa no es un giro medievalista sino el instrumento comprendido hacia la Modernidad que ya Occidente alcanzó a través de las religiones de la gracia, fundamentalmente del puritanismo.

Desde los primeros compases del asentamiento del Califato, el establecimiento de las dinastías de los umayyadas y de los abasidas, así como del derrumbe del mismo en el siglo XIII, el islam quedó dividido internamente entre un alto islam formado por los doctos y un bajo islam del pueblo. Si tuviéramos que resumir muy brevemente la división, diríamos que el islam alto es asiduamente practicado por los doctos urbanos que reflejan los gustos y experiencias de las clases medias/altas tales como el orden, la sobriedad, la reflexión, el rigorismo. Valores, que se oponen gradualmente a los desarrollados por las gentes que habitan el islam del pueblo, tales como el histrionismo, lo excesivo, la histeria, o el exceso emotivo. Lo realmente relevante, sobre todo de cara a comprender la situación actual, es que el islam alto se ha caracterizado por un severo monoteísmo orientado generalmente al puritanismo y a la escritura. De vueltas con uno de los temas más relevantes en la historia de la filosofía, a saber, la diferencia entre lo oral y la escritura, para el caso del islam, los doctos disponían en su rigorismo de los métodos de la escritura de los que carecían el pueblo llano que ejecutaba su derecho a la religión mediante la informe oralidad. Mientras que el islam bajo, a diferencia del alto, si conocían los cánones de la escritura, se dirigían más hacia la magia que como una herramienta intelectual de erudición. Así, se dejan llevar más por los juegos de la magia que por el estudio, y más por el éxtasis y la emotividad que por la sobriedad y el control.

Avanzando en el tiempo, cuando el tren de la Modernidad despegaba desde Occidente a los confines de los países de Oriente Medio, es decir, al continente asiático, la respuesta mayoritaria para combatir a los intrusos no fue la idealización de las virtudes de la religión popular, sino el retorno a un islam alto monoteísta y rigorista. Paradójicamente, este movimiento fue ampliamente aceptado por una sustancial parte de creyentes que acostumbrados a la desposesión de un “islam alto” estaban en disposición de abrazar el rigorismo y el escrituralismo al que sus padres y madres no tuvieron acceso. Ésta es la concepción que se ha adueñado ahora del mundo musulmán. Este alto islam que en las últimas décadas se ha impuesto en corrientes poderosas de países como Arabia Saudita o Afganistán, incluso en Irán a pesar de ser chiitas y dibujar una realidad muy diferente a los sunitas que permitieron esta división, reprueban vigorosamente esa cultura popular por indisciplinada y no rigorista en cuestiones de fe, echándoles la culpa del “atraso” y de la humillación impuesta por Occidente.

Sabemos con total seguridad, al menos desde Weber y sus intratables textos sobre sociología de la religión, así como su eminente escrito intitulado La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que el modo de producción moderno, el llamado capitalismo, es, antes que nada, un modo racional y disciplinario de entender las relaciones de producción y el trabajo. Exige que aquellos que lleven a cabo actividades de índole capitalista conserven nociones de obligación y cumplimiento de las tareas señaladas o, dicho de otra manera, sean disciplinados con el trabajo. Para la satisfacción de estas premisas, esto es, de la Modernidad y de su proceso de producción llamado capitalismo, las religiones de la gracia como el puritanismo fueron fundamentales al instalar la transcendencia religiosa en el movimiento del individuo hacia el trabajo. En Occidente, pues, el celo puritano ha acompañado fielmente los primeros períodos de la economía moderna. Visto de este modo, señala muy perspicazmente Gellner, el fundamentalismo islámico parece estar hecho a la medida para satisfacer estas necesidades y subirse al tren de la Modernidad. Por supuesto, aceptar dichas tesis, nos sitúa frontalmente frente a la vaga e incomprensible idea extendida y generalizada en el mundo occidental que trata de ver en el dogmatismo islámico un medievalismo, cuando de lo que se trata es, precisamente, de llevar a cabo el mismo proceso que transitó Occidente desde la Reforma de Lutero.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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