No mires los recortes en sanidad

David Del Pino

No afirmamos algo muy alejado de nuestra realidad más próxima si advertimos de la indigente presencia de noticias y conversaciones que hemos experimentado estos días sobre la nueva variante de la Covid-19 conocida como Ómicron. No es para menos dado el vertiginoso número de contagios que día tras día registran las administraciones de los países de nuestro entorno y no tan cercanos. Tal vez, con la salvedad de Alemania. Parece que una Alemania ciertamente damnificada en las primeras semanas de diciembre, supo reaccionar a tiempo. De este modo y, de nuevo, la pandemia ha sido la protagonista en nuestras comidas y cenas navideñas. A pesar de lo que pudiera parecer, no lo ha tenido fácil. Al tiempo que todos los informativos o, por decirlo de una manera que seguramente los haga más justicia a tenor de los últimos bulos sobre las figuras de Irene Montero y Alberto Garzón, «desinformativos», abrían con noticias relacionadas con la nueva variante, las redes sociales y las conversaciones diarias gravitaban alrededor de la película «Don’t Look Up».

Son numerosos los comentarios, análisis, artículos o columnas que ha suscitado el visionado de todo un nuevo éxito de Netflix. Por otro lado, no es para menos. Así como en los últimos meses del 2021 la serie surcoreana «El juego del calamar» se convertía en un tema de conversación obligado si querías mantenerte en la órbita de los Trending topic y no parecer un marciano recién aterrizado en el planeta tierra, la nueva película compuesta por un elenco de lujo entre los que destacan Meryl Streep, Jennifer Lawrence, Leonardo DiCaprio o el joven Timothée Chalamet ha venido a ocupar el puesto vacante dejado por la serie surcoreana en el interior de una realidad cultural tan volátil como nostálgica y melancólica. Después de los buenos e interesantes comentarios que se han ido sucediendo estos días de gente mucho más laureada y reconocida intelectualmente que un servidor, el objetivo en ningún caso es entrar a desbrozar nuestra opinión sobre este film. No obstante, iréis percibiendo algunos guiños inevitables al fenómeno cultural del momento.

Volvamos a la Ómicron. Como entiendo que la gran mayoría de los lectores conoce de primera mano las medidas o, más bien, las no medidas tomadas por el Gobierno español, nos vamos a ahorrar entrar en detalles al respecto. Mientras Pedro Sánchez y la gran mayoría de presidentes y presidentas de las Comunidades Autónomas, con excepción de alguna como Catalunya, convocaban la larga y densa sombra de la responsabilidad individual sin tomar prácticamente ninguna medida, y digo ninguna medida porque a excepción de la obligatoriedad de la mascarilla en los exteriores no se hizo nada más,  y auguraban la llegada de los nuevos tiempos con la posibilidad de adquirir en la farmacia test de antígenos, lo que hemos observado día tras días han sido enormes colas de gente esperando en las puertas de los centros sanitarios, frustración por las mil y una llamadas a la centralita de los servicios sanitarios no contestadas debido a la saturación del sistema, y un conjunto de otras quejas y agravios médicos que se tornan en rabia y resentimiento por el sentimiento de dejadez. Mientras esto sucedía, grandes conglomerados farmacéuticos se hacían más y más ricos como consecuencia de la apelación a la responsabilidad individual y la compra hasta el vaciamiento de test de antígenos. No se confundan. Con esto no quiero poner en duda la gravedad del asunto. Si me siguen un poco más lo comprenderán.

Hasta el momento ya hemos señalado los elementos que componen a nuestro juicio el núcleo del problema. Sin embargo, es tiempo de conectarlos. En las últimas semanas, y debido al fuerte sonido de la melodía, se dan cita en mis pensamientos los siguientes comentarios: «nos toman por tontos», «se están haciendo enormemente ricos a costa del miedo que ocasionan los medios de comunicación y que nos impulsan a la compra compulsiva de test de antígenos», « ¿Qué sentido tiene una tercera vacuna si no es para engordar los ceros de las cuentas de algunos magnates?» y así podríamos continuar hasta mañana. Seguramente estéis bien familiarizadas con algunos de los comentarios propuestos. Quizá, seáis una de las personas que elocuente y reiteradamente han sostenido algo semejante durante estos días llegando incluso a encarnizadas discusiones. No obstante, si no eres una persona que defienda rotundamente estas ideas, sabrás de mucha gente que sí lo hace. Y si lo sabes, es precisamente porque es el caldo de cultivo de nuestro trágico horizonte histórico.

La existencia de Ómicron es científicamente incuestionable. Pero las no medidas para afrontar el crecimiento descontrolado de infectados por esta nueva variante esconden un objetivo existencial cuyo resultado no son tanto los comentarios presentados, sino el caldo de cultivo de desaliento y desesperanza en el que se producen. Bajo la densa y pesada nebulosa de la avalancha de positivos confirmados y la obligatoriedad de las mascarillas en exteriores se precipitan como mínimo tres sucesos a tener bien en cuenta: (1) el crecimiento exponencial de la riqueza de farmacéuticas que ponen en riesgo la vida del común de los habitantes del mundo cuando no liberan las patentes por sus intereses espurios, es decir, la masificación de riqueza por encima del bien de la población del mundo; (2) los recortes y el desmantelamiento de la sanidad pública; (3) la solidificación de una subjetividad bien anclada en el cinismo y el resentimiento que alberga en su seno un estadio de  “sálvese quien pueda” que sólo favorece a los que más tienen y desmoviliza a las clases populares. Ante este telón de fondo, no penséis que en los medios de comunicación de masas escucharéis algo parecido. Más bien un «no mires los recortes de sanidad».

El objetivo está bien claro y se lleva a cabo en dos movimientos. Por un lado, desviar la atención para que no percibamos que las grandes farmacéuticas no liberan las patentes de las vacunas con lo que implica que gran parte de la población mundial no esté a día de hoy vacunada y se puedan seguir produciendo variantes nuevas que pongan en riesgo la salud de todas. Total, que les importará. Y, por otro lado, desmantelar la sanidad pública al tiempo que se apela a la responsabilidad individual. ¿Qué quiere decir realmente esto último? A priori no es negativo que tengamos a nuestra disposición la posible adquisición de test con los que testar rápidamente si estamos infectados. El problema es cuándo al compás que se clama por la responsabilidad individual y sufrimos los costes de los test, se desmantela uno de los espacios más importantes de las conquistas ganadas por la clase trabajadora durante el siglo XX.

Una robusta sanidad pública implica algo tan valioso como un espacio en el que las personas son acogidas, ayudadas y queridas. Es uno de los logros de mayor calado de uno de los siglos más sangrientos de la historia. Después de sucesivos conflictos bélicos que bajo muchos mantras estratégicamente proferidos escamoteaba un volcánico conflicto de clase, algunos estados europeos -de los cuales España no formó parte al estar bajo la suela de una sanguinaria dictadura- tras la Segunda Guerra Mundial impulsaron y fortificaron los resortes del Estado de Bienestar. No debemos olvidar que una de las causas de esta cesión de privilegios por parte de la burguesía procedía del miedo que infundía una Unión Soviética con enorme trascendencia y poder tras la caída de Hitler y Mussolini. Caída la Unión Soviética y con un programa que albergaba un cambio en la propia antropología de los sujetos –el neoliberalismo- se empezó decididamente a derrumbar las conquistas de los llamados trente glorieuses.

Y en éstas nos hallamos en estos momentos. Las enormes colas de espera en los centros sanitarios y la queja y rabia de otras dolencias que no son lo suficientemente atendidas por el colapso sanitario son el resultado de una doctrina económica que es de clase, es decir, para la clase dominante como vemos con las farmacéuticas o con noticias que demuestran que la riqueza de una minoría no para de crecer mientras las calles están pobladas de indigentes. Por ello, los comentarios que ya hemos advertido anteriormente y con los que estaréis bien familiarizados surgen bajo la égida de un programa de clase enormemente virulento y dañino para la vida humana y que no para de encontrarse límites bioecológicos. Consiste en inocular el veneno del cinismo y el resentimiento de un «sálvese quien pueda» que termine por generar odio y discriminación por aquellos que menos tienen o están más golpeados por la asimetría del mundo social, ya sean las mujeres, los inmigrantes, los homosexuales, o las personas LGTBI, al tiempo que no se apunta a los que más se favorecen de esta coyuntura «No mires arriba»

De este modo, no es muy exagerado aludir, simplemente hay que darse una vuelta por las redes sociales para comprobarlo, que el resultado de nuestra horizonte histórico que podríamos con Foucault denominarlo «biopolítico», mantiene vigorosas resonancias con la República de Weimar. Tanto en la Alemania de entreguerras como en la sociedad actual, percibimos una resaca de cinismo fuertemente atravesada por un ambiente basado en el descrédito y el resentimiento. Si autores tan relevantes como el crítico cultural Siegfried Kracauer comentaron la centralidad que ocuparon los nuevos modos de comunicación de masas como la fotografía o el cine en la creación de una homogeneidad o masa descreída y cínica al albor de una producción cultural absolutamente mercantilizada y al servicio de los intereses burgueses para la futura adhesión a las filas del Führer, en la actualidad, los medios de comunicación y la intoxicación de bulos sostenidos por periodistas con un alto valor simbólico como bien relata la película de la que nos hacíamos eco al comienzo del escrito nos invitan diariamente a que participemos en una función insolente e impúdica que genera rencor y odio hacia los que peor lo están pasando, y adulación hacia los responsables de tamaño desastre.

Después de lo dicho, de lo que no cabe ninguna duda es que notaremos un creciente número de seguros privados en cuya lógica latirá una rabia incontenida hacia una sanidad pública que nos da de lado. Ante esta situación, que cada día es más plausible y que hace levantarse a la señora Ayuso con una sonrisa de oreja a oreja, toca pelear y luchar. No hace falta anhelar momentos históricos muchas veces inexistentes o exagerados como se hace con cierta altivez en la actualidad, para mantener una posición firme y clara en la defensa de las conquistas de la clase trabajadora.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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