No pienses en jóvenes violentos

Pensemos por un momento sobre el concepto de violencia. La palabra violencia procede del latín –violentia-, cualidad de –violentus– (violento). Ambas palabras se hallan en consonancia con la raíz vis cuyo significado es fuerza y –olentus– que es abundancia. Por lo tanto, violencia se dice de quien actúa con mucha fuerza. En el transcurso histórico se han ido desencadenando progresivamente espacios abiertos de violencia. Espacios que posteriormente han congelado e impuesto unas relaciones de normalidad. Lugares donde los integrantes han transformado sus predisposiciones imaginarias y simbólicas en plena concordancia con un tipo de tiempo histórico. La violencia desencadenada históricamente desde sus múltiples aristas ha ido modulando y dando forma a diferentes tipos de naturalizaciones. Violencia y normalidad son dos epitomes perfectos. Tanto es así, que toda normalidad es el resultado de un tipo determinado de violencia. Todo orden que acordemos en denominar como normal debe ser observado en virtud de una violencia originaria capaz de congelar el azar caleidoscópico en un preciso instante. Todo orden es el epígono de un tipo de azar congelado en forma de relaciones de fuerza.

Si atendemos a la obra de Thomas Hobbes podríamos abordar la cuestión desde un punto de vista estrictamente ontológico: todo hombre es un lobo para el hombre. Pero en este preciso instante nos interesa ser algo más precisos, ya que el hecho de abordar la violencia desde un punto de vista íntimamente ligada a la relación consustancial del ser humano nos priva de un punto arquimédico sólido sobre el que esclarecer la cuestión de la violencia. Desde Hobbes a Derrida existe la pulsión de acercarse al ser humano a través de su animalidad. Una apertura a ello se encuentra también en Heidegger. Sin restarle peso teórico a lo descrito, algo de esto existe si analizamos la interpretación que han realizado casi la totalidad de los partidos políticos y medios de comunicación más destacados de nuestro país a tenor de las sucesivas protestas de los últimos días. Si lo viéramos así, caeríamos en el mejor de los casos en un infernal y seguramente improductivo debate elevado que arredraría en contraponer una naturaleza positiva o buena del ser humano en la lectura de Rousseau frente a su reducción a animalidad en la obra de Hobbes.

Sin embargo, perderíamos de vista que lo sustantivo de todo debate de esta índole está en identificar el tipo de azar congelado que dota de sentido y coherencia a todo lo que carecería de regla. En este orden de cosas, el poder residiría en toda capacidad que fuera capaz de congelar el desorden carente de regla. Esto implica no solo dotar de sentido y significado a las palabras, sino de generar las condiciones estructurales para su reproducción. Cuando Max Weber intentó dar una definición exacta acerca del poder, llegó a declarar su incapacidad de ir más allá de la afirmación de que todo poder es amorfo. Esto no implicó, en ningún caso, que al abordar la cuestión de la dominación y su relación con el Estado, pasara por alto el control que atesora en su mano este último sobre la violencia legítima. Y es aquí a dónde queríamos llegar. El orden nacido tras la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial congela unas determinadas relaciones de poder asimétricas dentro del Estado en cuyo seno se halla la capacidad de ejercer la violencia legítima. Significa, pues, que toda democracia contemporánea a la que nos acerquemos mantiene un estrecho vínculo tanto con una violencia originaria como por su ejercicio prolongado y constante.

Lo realmente acuciante, en efecto, consistiría en ser capaces de identificar de qué tipo de violencia estamos hablando. Sin ir mucho más lejos, el derecho es la forma canónica y más acabada de ejercer violencia que encontraron los órdenes políticos europeos en la Modernidad. El derecho representado en luctuosos y pesados textos delinea y enhebran los límites de un azar congelado. En este sentido, Bourdieu afirmaba que el derecho ejerce la violencia simbólica por excelencia, violencia que se ejerce en las formas, imponiendo formas. Pero hay mucho más. La razón de ser de toda relación histórica se basa en la capacidad de determinar simbólicamente las posiciones y, así, dotarles de un sentido positivo o negativo. De nuevo, si nos apoyamos en Bourdieu, diremos que la fuerza de las formas (lo que es considerado bueno o malo, legitimo o ilegitimo, sucio o limpio, alto o bajo…) es esa fuerza simbólica que permite a la fuerza ejercerse plenamente al hacerse desconocer en tanto que fuerza y al hacerse reconocer, aprobar, aceptar, por el hecho de presentarse bajo las apariencias de la universalidad –la de la razón o de la moral- [1]

Si somos un poco perspicaces, nos hemos dado cuenta rápidamente, que al calor de la avalancha de protestas populares tras la encarcelación del rapero Pablo Hasél, la gran mayoría de los medios de comunicación y de sus homúnculos no han acentuado y dirigido sus palabras hacia el carácter violento que concentra todo orden. Parece ser que en este sentido nos vamos acercando cada vez más a lo que puede ser denominado problemáticamente como poder y de su relación no solo con la capacidad de defender la congelación del orden histórico, sino de levantar murallas simbólicas con el afán de no ser desvelado y, por lo tanto, desgarrado.

No pienses que los jóvenes de izquierdas –comunistas y anarquistas- son violentos. No pienses que las aceleradas y volcánicas protestas echan por tierra una normalidad democrática que tanto sacrificio y esfuerzo nos ha costado. No pienses que, en efecto, la violencia deriva únicamente de extremistas que cuestionan todo aquello por lo que muchos de nuestros compatriotas han perdido la vida. No pienses que estos intrusos violentos quieren derrocar el sistema de vida que garantiza las máximas libertades humanas y, asimismo, es el más humanista de todos los regímenes históricos que seamos capaces de recordar. No pienses que la violencia desenfrenada en Barcelona y Madrid nos concentra a rememorar espacios temporales que recordamos en blanco y negro con un desdén que con tan solo su presencia espolea una neurosis colectiva. No pienses que estos ingenuos violentos son marionetas al servicio de cofradías políticas cuya máxima actividad diaria roza delirios y confabulaciones con el objetivo de derribar los pilares de las democracias burguesas que garantizan la libertad, la igualdad y la propiedad privada. No pienses que los jóvenes que se dieron cita en estas concentraciones agavillan odio y rencor movidos por formaciones políticas que son, en este sentido, tachadas de antidemocráticas.

La acumulación y lanzamiento de estas estructuras ideológicas que mantienen una relación más que significativa con los profusos mensajes articulados y difundidos por la gran mayoría de los medios de comunicación a través de sus acólitos más distinguidos se corresponden con las ideas pergeñadas por George Lakoff en su obra No pienses en un elefante.  Para Lakoff toda palabra, como violencia, evoca un marco, que puede ser una imagen o un tipo de conocimiento: la violencia es algo abusivo, descontrolado, insolidario, irracional y algo propio de la animalidad. La palabra violencia se define, pues, en relación con el marco. El significado de la violencia enmarcado en un sentido simbólico determinado con lo descrito con exhaustividad, nos impele a su condena y desprecio en tanto que actos vandálicos llevados a cabo por unos jóvenes animalizados e irracionales en consonancia con un determinado continente político. Así, el marco maléficamente preparado, insta súbitamente a dirigir la mirada de lo irracional y antidemocrático al interior de determinadas cosmovisiones políticas.

La superposición de marcos simbólicos y de asideros ideológicos nos ayuda a observar el mundo social no como un caos inhabitable, ni tampoco como un desorden asfixiante, desprovisto de necesidad y susceptible de ser construido de cualquier manera. Tomando prestada la metáfora de Heidegger, los seres humanos no podemos ser arrojados a un mundo dirigido por fluidos eternos a la espera de la muerte. Tales consideraciones infladas de petulancias, tal vez naufraga en el sinsentido de la contingencia. Todo ello es un motivo más que suficiente para admitir la importancia de la construcción de los rellanos simbólicos –textos-, denominados por Lakoff como marcos en la orientación de nuestro devenir cotidiano. Que los órganos más señalados de dotar de sentido nuestras caóticas realidades hayan aunado en impulsar un marco como lo descrito evidencia una verdad pregonada y esconde el secreto de su existencia. Secreto que trataremos de desvelar y, de ello, dependerá nuestra futura capacidad de abrir horizontes plausibles de transformación y emancipación social.

Es evidente que lo que nos enseña el marco diseñado en forma de posible sentido común consistiría en salvaguardar la legitimidad en forma de normalidad democrática de un orden político que bebe para su supervivencia del cáliz histórico de unas relaciones de fuerza que le abrieron camino en su génesis. El secreto que esconde no es algo nuevo. Llevamos desde esta plataforma insistiendo en ello desde hace unos meses. Nuestro objetivo siempre fue el mismo: desvelar las contradicciones ocultas de nuestro presente para no ser presas de un futuro análisis a destiempo, como el espacio de un hiato. Lo que esconde el marco simbólico presentado hasta el momento es el ocultamiento de una necrosada herida en forma de tiempo histórico enmarañado por la razón neoliberal. Razón o moral universalizada y vista como normal que ha impregnado y atravesado nuestras sociedades empujando a amplios colectivos sociales a una cada vez mayor exclusión social; unos índices apabullantes de tristeza y miseria; unos datos de desahucios que nos deberían desgarrar y obligarnos a repensar el futuro; un aumento de enfermedades mentales y una respuesta vertiginosa en consumo de medicamentos y ansiolíticos; y, en relación a las protestas de las que nos estamos haciendo cargo en este análisis, el objetivo consistía en ocultar la existencia de un sentimiento de desamparo, incertidumbre y rabia de una –mi- generación que ha sufrido dos grandes catástrofes sociales, económicas, y culturales, y cuya respuesta se encuentra en las apesadumbradas palabras de un Mark Fisher en su obra Los fantasmas de mi vida que implícitamente nos mostraban su triste y trágico suicidio: la lenta cancelación del futuro.

Somos testigos malditos de un presente que discurre en forma de objetos sin memoria en cuyo motor oculto palpita el corazón de nuestro ser histórico: el de ser una generación para la que han cancelado el futuro. Por tanto, la violencia no solo está en el origen de todo orden instituido, sino que en la actualidad recorre fuertemente los pasillos de nuestras cotidianidad. Y, es justamente esta incertidumbre, rabia, y dolor, la que trata de esconder el marco simbólico de los bienaventurados de los poderes políticos y mediáticos. Señalando una violencia originada en la animalidad e irracionalidad de unos militantes de extrema izquierda, se ocultan las condiciones desgarradoras y sangrantes de una violencia que sentimos y llevamos a cuestas cuando obtener un contrario precario y sin posibilidad de conformar un futuro certero y digno es visto como un premio a nuestros esfuerzos desmedidos. Entonces, volviendo a la obra de Lakoff y en consonancia con las palabras que dibujamos cada semana afirmamos que el cambio de marco es un cambio social. De hilvanar y tejer lazos sociales sólidos dependerá que derribemos la parálisis propiciada por la época de la lenta cancelación del futuro que anestesia todo sentimiento de crítica.

Notas:

[1] Bourdieu, P., Cosas dichas, Barcelona, Gedisa, 2000, p. 45.

 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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One thought on “No pienses en jóvenes violentos

  1. La violencia no está justificada pero sí está contextializada. Y por ello entiendo el sentimiento de frustración y fracaso de esta nuestra sociedad que vive en una idílica y falsa felicidad. Sobre todo para aquellos a los que no se les ofrece oportunidades.

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