Optimismo frente a la melancolía de izquierda

David Del Pino

Como venimos escribiendo desde hace semanas, el debate político e intelectual se incardina en lo popular. No es algo novedoso, tampoco nos debería resultar extraño. Sin embargo, el ceño fruncido de no pocas personas cuando encaran esta cuestión vetusta, pero ciertamente escamoteada por el horizonte de la homogeneidad en la sociedad de masas, nos impele no sólo a ubicar su centralidad, sino a resaltarlo sin ambages. Si aseguramos que no es una cuestión que debiera resultarnos sorprendente, es precisamente, porque desde el umbral del capitalismo en la modernidad, como resaltó con vertiginosa audacia y brillantez el historiador británico E. P. Thompson en Costumbres en común, la fuerza desmedida de la rapacidad del capital y la mercantilización, se concentró en metabolizar dentro de sus intrincados muros todo vestigio de lo popular. Las diferentes temporalidades y autonomías de unas vidas abrochadas en costumbres populares, tenían que ser desvencijadas en virtud de una imposición totalitaria de una única temporalidad, la del capital.

El proceso ecuménico de la temporalidad del capital no ha sido un camino fácil. De hecho, estamos lejos de asegurar su conclusión última. Seguramente aquí resida el optimismo de quienes creemos en la emancipación de una lógica imperante que hace que los pocos vivan enormemente bien mientras la gran mayoría de los habitantes del mundo, los desposeídos, nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo por la que generamos enormes tasas de plusvalía que permiten que los pocos disfruten de una vida retirada de la necesidad. Lo popular, entonces, siempre se ha encontrado en la punta de lanza de un capitalismo en búsqueda de su hegemonía. Son ideas que ya encontramos en la fastuosa obra de Antonio Gramsci. Todo horizonte político que guste de naturalizar lo que no es más que ideológico y arbitrario, se acerca a disputar la fuerza de lo popular. Una fuerza que por hallarse en las prácticas y cotidianidades de una no sistematización de las mismas por parte del pueblo, no conduce de manera lógica a encontrar puertas más allá de la abstracción de la mercancía.

Esta ambivalencia, la de un sentido común de lo popular, no inmaculado, sino manchado por los surcos históricos de una relación de fuerzas entre el poder dominante y el pueblo, pero no terminantemente determinado por la capacidad económica de los pocos, es lo que le permitió a Antonio Gramsci, que incluso en condiciones de verdadera miseria en la cárcel fascista, no claudicase en una melancolía pasiva.

Que desde hace algunas décadas observemos, sobre todo quienes tenemos pueblos pequeños a los que acudir, que las fiestas populares, o las fiestas de barrio, aquello que Ana Iris Simón identifica con la feria, pierdan importancia por impávidas lógicas individualistas de consumo, no es baladí. Responde a un proceso lógico e histórico que continúa incuestionablemente llevando a cabo el capitalismo con el objetivo de no venirse abajo. No es más que el mismo proceso que condujo a la centralidad de la cultura de masas y los medios de comunicación. Con cada práctica popular y de barrio que desaparece en el sumidero de la historia, ejemplos como los cines de barrio o los domingos de comilonas familiares en las praderas, aparece un nuevo ‘Pasapalabra’ o ‘First dates’. Con el objetivo de no despertar viejos anhelos humanos, empáticos y solidarios, propios de la cultura popular, aunque dicho sea de paso, ésta no siempre se ha caracterizado por una solidaridad irrestricta con todas, solo cabe echar un vistazo al escarnio sufrido por mujeres u homosexuales, la dinámica del capitalismo levantó y conformó un conjunto de estilos de vida que se hicieron un hueco a través de los medios masivos. El consumo o la moda alertaron una homogeneidad social y cultural que no pusiera en cuestión las dinámicas de totalidad propias de un modo de producción como el régimen de explotación capitalista. Una dinámica homogeneizadora que protegía los viejos privilegios aristocráticos y burgueses bajo formas revestidas de «distinción» para unos y envidia para otros. ¿Cómo podemos entender los desfiles de moda si no es desde estas claves?

Si bien somos conscientes de la reducción que hemos realizado, es preciso responder que este proceso de corrosión social de lo popular ha forjado una subjetividad burguesa que es hegemónica en la actualidad. Deshacer olvidos y nudos históricos ocultos es determinante para enfocar de nuevo la centralidad de lo popular como práctica política. Es algo de lo que ha intentado dar cuenta Ana Iris Simón como síntoma de época de cierta parte de la izquierda que interpreta nuestra coyuntura histórica como un ataque a los valores de las clases populares que tienen que ser puestos en valor. El flagrante error de esta izquierda, de la que no se salva el periodista Daniel Bernabé, es la de concebir lo popular como una entidad propia sin fisuras y contaminaciones, esto es, como un espacio irénico. Describirlo de esta manera es sencillamente una irresponsabilidad y una gran mentira.

Es una izquierda, que a diferencia del optimismo que profería Antonio Gramsci al concentrar su atención en las posibilidades subterráneas de un sentido común o cultura popular en la superficie reaccionaria pero en sus semillas profundas absolutamente emancipadora, se concentran en una mirada neurótica, mezquina y melancólica de una comunidad unida y sin fisuras. ¿Será que en el campo español, territorio ampliamente defendido por Ana Iris Simón en su novela, no se encuentran dolores y crueldades casi innombrables de clase, género o raza? Esto no significa, lo digo ya de entrada, que se tire por tierra el trabajo forzoso de nuestros mayores, sino que su valentía y coraje dote de sentido una lucha que no mire atrás, que no idealice lo que fueron momentos de crueldad y explotación de clase, sino que empuje hacia el futuro. Que luche no tanto por volver al trabajo descarnado de sol a sol en el campo mientras los aristócratas se atiborran de vino en el bar, sino que se haga cargo de la redistribución real de la riqueza, libere tiempo de trabajo y permita el encuentro humano con la diversidad y la diferencia.

Una encrucijada, la de nuestro presente, cuyo eco con la década de 1930 es algo más que una exageración. Si Gramsci se convirtió en un cronista privilegiado del ascenso del fascismo en gran medida por un trabajo sobre lo popular declinado hacia un profundo pozo anestésico de desaliento y desazón bélico, cínico y resentido, la melancolía de izquierda como fuera descrita por la teórica Wendy Brown es el síntoma monstruoso de nuestra época. Como síntoma de época, el de la melancolía, Ana Iris Simón y Daniel Bernabé ocupan dos posiciones relevantes en el vagón de una izquierda pesimista y nostálgica que solo encuentra una solución a los enormes problemas que nos asolan en la recuperación de un pasado absolutamente acrítico. Cuando la izquierda se ve incapaz de metabolizar el pasado y mirar al futuro, surge súbitamente aquello que en primera instancia Walter Benjamin definía como «melancolía de izquierda».

Cuando Wendy Brown acude a este término de Walter Benjamin para categorizar una cierta anamnesis postmoderna, lo hace en mor de clarificar que lo que realiza cierta izquierda es más la fetichización de unas convicciones, de un análisis histórico y de un tipo de vida, que acercarse a un presente del que se supone que queremos desbaratarnos o de un futuro más alegre y feliz.  En palabras de Wendy Brown: “naufragamos en la pérdida del trabajo y la clase como predicados ineludibles del análisis y la movilización política, en la pérdida de un movimiento histórico progresivo inexorable y científico, y en la pérdida de una alternativa viable a la economía política del capitalismo”. Me atrevo a asegurar que este diagnóstico es compartido por todas en la izquierda. Sin embargo, la diferencia radica en la forma que tenemos de afrontar la problemática. Frente a una izquierda que no ha metabolizado el pasado y que por ello no es capaz de ordenar el sufrimiento y el dolor industrial y homogeneizador de las comunidades orgánicas hacia formas futuras más redistributivas, cada vez más fuera de los circuitos del capital con tiempo libre para todas y no solo para los que más tienen, y un acercamiento empático y cercano con la diversidad y diferencia proceda de donde proceda, se empecinan en una profusa defensa de una comunidad conservadora y en un tipo de acuerdo industrial profundamente dañino para quienes tenemos que vender nuestra fuerza de trabajo.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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