Paradojas

Víctor Prieto

El mundo moderno está repleto de paradojas. Auténticas contradicciones que coexisten a lo largo de décadas sin hacer que todo salte por los aires. Tal vez la velocidad con la que cambia nuestra normalidad nos haya desbordado de tal manera que ya ni siquiera seamos conscientes de dichas transformaciones. La sensación reinante -si se paran a pensar- es que ya nada es igual, pero la vida cotidiana, mientras tanto, asume con resignación la repetición incesante de siempre lo mismo.

¿Qué nos pasa? Ni por asomo planteo la posibilidad de dar una respuesta concluyente, totalizadora, a semejante pregunta. Cuestiones de metodología (y la imperiosa necesidad de mantener la conciencia tranquila) me imponen un acercamiento parcial. Miro desde aquí, observo lo que puedo, y mantengo conmigo la última certeza: no estar engañando a nadie.

Esto es precisamente lo que echo en falta en nuestro mundo. No la supresión de la mentira, no soy tan ingenuo, sino el reconocimiento, por parte del que habla, de estar haciéndolo desde su limitado punto de vista, por otra parte el único posible.

Los medios de comunicación tradicionales saben muy bien de lo que hablo. A lo largo de los últimos doscientos años, se ha conformado una manera muy determinada de acercarnos a la realidad en su totalidad. Primero la prensa escrita, luego la radio y después la televisión, fueron construyendo una idea de conjunto con todos los retales intramuros del Estado-nación. No es que antes la gente no tuviera una visión general de las cosas, sino que las cosas llegaban donde alcanzaba la vista y la palabra «mundo» significaba una totalidad que se podía tocar con las propias manos. El desarrollo de los medios de comunicación nos ha otorgado la posibilidad de relacionarnos con entelequias como «españoles», «sociedad» o «turolenses» con cierta familiaridad.

Es curioso observar cómo, desde hace un par de décadas, la irrupción de internet ha conllevado, a priori, una vuelta a la desintegración. Una desintegración, sin embargo, que conserva una mirada de conjunto sobre la realidad, ya que las nuevas formas de la comunicación llegan a todos lados, a todas horas, a tiempo real. En el pasado, los periodistas tenían que trabajar con un bien escaso, la información, y realizaban un gran esfuerzo para recabarla, darle forma y distribuirla. Hoy todo circula por todos lados sin que nadie posea la fuerza suficiente como para erigirse en centro neurálgico de nada.

Las reacciones ante semejante conmoción han ido dirigidas en dos direcciones contrapuestas: por un lado, están los que maldicen los cambios acaecidos, pues el flujo incesante de información sin centro ha elevado los niveles de ruido hasta límites que hacen imposible la comprensión de nada; por otro, se encuentran los que abrazan la buena nueva de internet por haber liberalizado el antiguo oligopolio de la información.

¿Dónde situarse uno mismo? Cualquier cuñado sabe que en el justo medio se encuentra la virtud, así que me abstendré de ir por ahí. El desbloqueo de las comunicaciones ha traído aparejado un cierto clima de libertad de expresión. Ahora ya no solo podemos desconfiar de la verdad oficial de los grandes medios, sino que podemos poner en común, desde casa, nuestra visión de las cosas con la del que está en la otra acera o en Ulan Bator.

Pero esta liberalización no ha supuesto solamente el socavamiento de los antiguos medios de comunicación, desbordados por democráticos intercambio interpersonales. Además, ha conllevado la centralización del «cuarto poder» en instancias supranacionales sin posibilidad de control democrático, los llamados servidores. Al mismo tiempo, el repliegue de los antiguos medios frente al ataque ha propiciado la precarización, en pos de la supervivencia, del trabjo periodístico y, por ende, de la calidad de la propia información.

En la actualidad, como en la distopía que dibuja el pensamiento de Michael Foucault, la información no se posee: circula, habita, lo envuelve todo. Llegados a este punto, haríamos bien en desoir los cantos de sirena del mandato de estar-siempre-informados y aprovechar los medios de los que disponemos para poner en común nuestras parciales visiones del mundo. Y así descubrir, tal vez, que se parecen razonablemente a las de todos los demás.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Víctor Prieto

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y con un Máster en Filosofía, se desarrolla, entre otras cosas, como investigador social.
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