Perversión ideológica

Luis Velasco
Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso en un acto de campaña electoral en Majadahonda. Fuente: Partido Popular

Teóricamente, desde la caída del muro de Berlín en 1989 vivimos una era en la que nos desenvolvemos en una democracia liberal postideológica. O eso reflexionaba Francis Fukuyama en la obra El fin de la Historia y el último hombre (1992) porque, visto lo visto, nos hemos pasado el juego. O quizá estemos ya en el último nivel donde tenemos que derrotar al villano de la trama.

Acabamos de presenciar una batalla política encarnizada, extendida a nivel nacional por el empeño y el amor mediático a nuestro país – “las elecciones de Madrid no se quedan en Madrid” porque lo decimos nosotros (los medios) –, donde todas las estructuras y las narrativas que fomentan el desarrollo social han saltado por los aires. Se han traspasado todos los límites que en un país – o en una Comunidad Autónoma, claro – que se hace llamar democrático no se deberían cruzar, como por otro lado ya habíamos advertido.

Mientras seguimos esperando el mismo despliegue y la misma atención mediática para las elecciones de cualquier otra Comunidad Autónoma que no sea la de la capital o la de Barcelona, póngase por ejemplo Extremadura, parémonos a recapitular pausadamente lo vivido estos días.

Comprendiendo la necesidad de ganar la batalla de la audiencias y, al mismo tiempo, desatendiéndola, hemos asistido cual déjà vu cíclico a un vulgar y descomunal ruido sustentado en mentiras, insultos y esperpénticas amenazas de muerte:  el blanqueamiento mediático de Vox por ganar la nombrada batalla; un Santiago Abascal al que sólo le faltó empuñar a Tizona en Vallecas; el envío anónimo de amenazas de muerte con balas para Pablo Iglesias y su familia, el ministro Marlaska, la directora de la Guardia Civil, María Gámez, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso; la lucha de narrativas entre el “comunismo o libertad” y el  “fascismo o democracia”; la candidata de Vox, Rocío Monasterio, regresando a su más tierna infancia como una niña malcriada instando a Pablo Iglesias salir de un debate que, recordemos, es donde se hacen visibles las propuestas políticas, algo que nunca ocurrió, y donde la ciudadanía está representada -figuradamente-.
El candidato de Ciudadanos, Edmundo Val, se diluía en el centro de todo este bullicio como el niño que se pierde en el Xanadú y no deja de mirar asustado a su alrededor. No se preocupen, fue rescatado por Inés Arrimadas rápidamente, que, para paliar el susto de su desaparición, le ha aupado hasta la vicesecretaría general del partido, su piruleta particular. Entre tanto, desde el encerado, Ángel Gabilondo intentaba controlar el aula como el profesor a quien nadie escucha en una clase desbocada y envuelta en una guerra de bolas de papel y cañones de la marca ‘Bic’.

Ha quedado patente que la inestabilidad es la forma en la que funciona el liberalismo, pero la esperpéntica realidad en la que vivimos parece sacada de alguna obra de Valle-Inclán. El Partido Popular de Isabel Díaz Ayuso ha ganado estas elecciones autonómicas y pseudonacionales, pero se han traspasado todos los límites ideológicos.

En este sentido, el filósofo y psicoanalista esloveno, Slavoj Zizek, redefine el concepto de ideología, la cual no se nos impone, sino que es el resultado de nuestra relación espontánea con el entorno social, es decir, cómo percibimos y cómo traducimos cada significante y cada significado que nos interpela en nuestro día a día. Pensamos que la ideología es lo que nos hace ver la realidad según nuestras convicciones, pero debería ser “las gafas que distorsionan” y nos permiten observar el material auténtico del que se compone la realidad.

Autor: Alberto Palma Fuente: Creative Commons

Utilizar esas gafas puede aportarnos una dolorosa y cruel dosis de la realidad porque la verdad puede romper todas nuestras ilusiones y todos nuestros sueños. “No saben lo que hacen, sin embargo lo hacen”, escribía Marx en El Capital [1], a partir de lo cual Zizek nos revela la ingenuidad y el cinismo del individuo actual con respecto a la realidad social y que nos lleva frenéticamente a enmascarar la ideología entre hechos fantasmagóricos y a anquilosarnos entre el eje amigos/enemigos. O, dadas las circunstancias, quedarnos atrapados entre las etiquetas políticas izquierda y derecha.

Escribía Erich Fromm en El miedo a la libertad que “en nombre de la libertad la vida pierde toda estructura”. Estamos dispuestos a aceptar cualquier ideología o a cualquier líder político siempre que nos prometan una excitación emocional y sean capaces de ofrecer una estructura política. Hoy en día, la ciudadanía vota al líder político de quien se cree que le puede beneficiar en su día a día, que puede mejorar la vida de una persona, y no en beneficio de una comunidad.

Sin embargo, hay que quitarse la máscara y salir del paraguas bajo el cual se construye nuestra identidad política para entender que la ideología es mucho más que ser de izquierdas y de derechas. La ideología empieza cuando nos planteamos hacer algo o no que puede estar bien visto o no, pero cuya decisión y posterior acción nos define. Que muchos ciudadanos apoyaran el bochornoso hecho de que Rocío Monasterio animara a Pablo Iglesias a abandonar un debate político y escupieran, a través de las distintas plataformas sociales, avalanchas de variopintos exabruptos contra el ya exlíder de Unidas Podemos, es de lo más vergonzante que nuestros ojos hayan podido ver.

Que apoyemos a un político/a con el cual podemos sentirnos representados -e identificados- no quiere decir que tengamos que llevar ese respaldo más allá de los límites morales y éticos, más allá de nuestra propia educación, por el simple hecho de que creamos que está defendiendo nuestros intereses. Se nos viene a la mente esa pregunta retórica que cualquier padre o madre ha pronunciado a su hijo/a alguna vez “¿si todos se tiran de un puente, tú te tiras detrás?” y que, justamente, invita a la reflexión individual y a no obrar como los demás. Ese apoyo férreo e indiferente hacia un representante político sólo certifica la idea de que la clase política puede hacer lo que quiera porque está legitimada por unas elecciones.

En contra de lo que pudiera vaticinarse con la llegada de las nuevas tecnologías y la continua expansión y fluctuación del capitalismo, el hedonismo autómata ha hecho de nosotros seres liberados de las autoridades tradicionales, pero nos han convertido en personas aisladas e impotentes. La libertad que ha clamado a los cuatro vientos Isabel Díaz Ayuso durante estas elecciones autonómicas, defendida por tantos otros y que consiste, entre otras cosas, en “llevar una pulsera donde ponga libertad” solo nos dirige hacia un nuevo tipo de cadenas.

La crisis política y cultural que atravesamos en nuestros días y, en definitiva, el futuro de la democracia, se debe en parte a un exceso de individualismo que prefiere mantener sus intereses intactos mientras reclama mayores y mejores servicios públicos y, por otro lado, a lo que ocultamos tras las máscaras ideológicas que llevamos incorporadas, cuando en realidad somos huevos vacuos.

“Nos hemos transformado en autómatas que viven bajo la ilusión de ser individuos dotados de libre albedrío (…) Vive (vivimos) en un mundo con el que ha perdido (hemos perdido) toda conexión genuina y en el cual todas las personas y todas las cosas se han transformado en instrumentos, y donde él mismo (nosotros mismos) no es más que una parte de la máquina que ha construido con sus propias manos. Piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que él debe pensar, sentir y querer; y en este proceso pierde su propio yo, que debería constituir el fundamento de toda inseguridad genuina del individuo libre” [2]

La ideología no debería ser el resultado de la absorción de demandas externas y ajenas, no se dirime todo en izquierda o derecha, sino que nuestros ideales deberían ser propiamente nuestros y expresar nuestras peculiaridades. Pero preferimos ser cascarones vacíos.  

Notas

[1] Fiennes, S., Rosenbaum, M., Holly, K. & Wilson, J. (2013) Guía ideológica para pervertidos. Documental. Zeitgeist Film.

[2] Fromm, E. (2007). El miedo a la libertad/ The Fear of Liberty (13.a ed.). España: Paidos Iberica Ediciones S a.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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