Pierre Bourdieu, sociología genética y habitus (1)

David Del Pino

De quelle blessure lui venait cette énergie, cette passion, cette fureur parfois, d’écrire et d’agir pour dénoncer les impostures, les injustices, les oppressions, les racismes en tous genres?

Didier Eribon

“Les dernières heures de Pierre Bourdieu”

 

Una mescolanza de transformaciones sinuosas y substanciosas se han desencadenado en las últimas décadas. Cambios y transformaciones, que en forma de ola silenciosa, pero real y fáctica, ha imbuido y ahogado entre nosotros todo aquello que refería la semántica de la palabra experiencia al calor de los acerados diagnósticos de algunos destacados y célebres pensadores humanistas del siglo XX. De significar un punto arquimédico en el estudio de las relaciones humanas, tanto con la naturaleza, como con el resto de los seres humanos bajo el telón de fondo de la división social del trabajo, ha ido pasando a significar más bien una arcana no plenamente realizable en el lóbrego horizonte neoliberal. El cambio es mucho más importante de lo que pudiera parecer a primera vista. No obstante, y a pesar de las especificidades tan radicales que presenta la estructura de lo que fue denominado por el crítico cultural Mark Fisher como Realismo Capitalista, la “reproducción” y el tejido oculto que garantiza la determinación social continúan irremisiblemente operando en la sociedad y garantizando la longevidad de la composición de las clases sociales.  Y hay, que vincularlo claramente con el nombre de Pierre Bourdieu, intelectual profuso e infatigable cuyos diagnósticos todavía nos son de mucha ayuda para arrojar algo de luz en nuestra coyuntura. Pero no cavaríamos muy hondo, si redujéramos nuestro análisis con asociar Pierre Bourdieu y reproducción social. Para acercarnos a Pierre Bourdieu en el contexto del Realismo Capitalista, es imprescindible asociarlo con un término algo confuso para los no iniciados en su obra: sociología genética. Y, si quisiéramos atribuir una etiqueta identificativa para Pierre Bourdieu de relación con ello, posiblemente no encontremos una mejor que la de gran sociólogo.

Siguiendo por algo más obvio y menos intrincado, Bourdieu fue un extraordinario pensador de la segunda mitad del siglo XX, uno que habrá que incluir, como así está sucediendo, entre los de muy primer orden, con opciones más que notorias de entrar en el panteón de los nombres más ilustres del pensamiento contemporáneo. La dificultad de asegurar lo recomendado, estriba, precisamente, en su resistencia irrestricta contra la filosofía en nombre de la “ciencia” o sociología, aunque, y esto es su paradoja más fulgente, sin desechar ni lo característico de un lenguaje profundamente alambicado, ni la plétora de referencias filosóficas que colman sus escritos. Si de una manera un tanto burda consideramos que la filosofía es un discurso riguroso, complejo y crítico sobre la realidad, Bourdieu encontrará aquí una cárcel de abstracciones y privilegios de académicos que tienen la posibilidad de retirarse del mundo para observarlo y analizarlo sin mancharse las manos. Si, por otro lado, la filosofía de la época se hallaba bajo la égida de los modelos de vocación intelectual encarnados por Lévi-Strauss y Sartre, Bourdieu prefirió llevar a cabo una práctica científica; y también aquí tendrá que ceder el puesto a quienes han elaborado otras teorías, complementarias y críticas con la suya. Estamos hablando de la fenomenología de Husserl, Merleau-Ponty y Schutz, y la etnometodología de Garfinkel.

Pero si la filosofía, además de todo lo contemplado, continua elaborando un modelo de estudio en mor de toda sabiduría y conocimiento, tal y como lo entendieron e intentaron expresar los antiguos griegos, si la filosofía sigue poniendo en términos nietzscheanos “bajo hielo” las grandes cuestiones sobre el ser y el sentido de la vida, la muerte y la eternidad; si los integrantes del campo filosófico mantienen ese acervo tan característico de su ser-en-el-mundo por aspirar a una cierta comprensión holística y sistemática en la unidad de todas las partes, en la integración de lo múltiple en lo Uno, pocos pensadores como Bourdieu, con un pie dentro y otro fuera, esto es, con un uso claro y preciso de las referencias filosóficas, y un lenguaje de difícil acceso y comprensión para los no integrantes de este selecto club, han sido tan críticos, no sólo por el uso de abstracciones, sino por el proyecto oculto de algunos de sus más altos representantes. Para esto último, es interesante el estudio que lleva por título La ontología política de Martin Heidegger, en el que Bourdieu identifica que el proyecto oculto del Pastor del Ser trataría de llevar adelante una revolución conservadora en estos términos: “La inversión verbal que permite escapar al historicismo afirmando la historicidad esencial del existente, e inscribiendo la historia y la temporalidad en el Ser, es decir, en lo anhistórico y lo eterno, es el paradigma de todas las estrategias filosóficas de la revolución conservadora en materia de filosofía” [1]

Lo que claramente diferencia a Bourdieu de quienes forman parte del discurso filosófico previamente descrito es su sentido por conjugar la historia y la sociología. Se revela decididamente con esto, frente a pensadores de la talla de Heidegger, Derrida o Habermas, más heredero de Émile Durkheim, Marcel Mauss o Max Weber que de Hegel, Fichte, o Schelling. Sin embargo, como suele ocurrir con Bourdieu, no es del todo verdad que se alejara de las figuras más señaladas de la historia de la filosofía, puesto que sus continuas referencias a Leibniz, Spinoza, o Pascal como así muestra el título de una de sus grandes obras, Meditaciones pascalianas, le condicionan a estar en una posición intermedia. Parecería como si a lo largo de toda su vida intelectual hubiera querido desprenderse del fantasma de la filosofía, y éste en forma de espectro como bien nos recuerda Derrida, siempre terminara retornando, no conseguimos escabullirnos del todo. Sea como fuere, la herencia de los padres fundadores de la sociología aparece en su mayor voluntad de unir historia y sociología. Lo cual es decir –y puede resultar extraño por su compleja relación con Marx y el marxismo- que la herencia de los padres fundadores de la sociología ha llegado hasta Bourdieu pasando por la obra de Marx y por el esfuerzo teórico de integrar a Durkheim, Marx y Weber. Bourdieu es un pensador de la reproducción y el determinismo social, es decir, de las clases sociales. Entonces, la relación con Marx se irá transformando a lo largo de su obra. Pero creo que sólo tras observar la complejidad de su estela se entiende bien el por qué de considerar a Bourdieu un gran sociólogo.

 

Pensador díscolo dentro de las filas del marxismo y sociología genética

El marxismo desempeñó tras la gran contienda bélica un conjunto de aportaciones nada desdeñables, influyendo claramente no sólo en la composición de los objetivos a alcanzar para las células comunistas en Europa y, también, en el resto del mundo, sino que fue un programa teórico e intelectual que orientó la vida académica y la praxis de buena parte de los intelectuales a los que Bourdieu cita y comenta a lo largo de su extensa obra. Intelectuales que se adecúan a la definición tan acertada del historiador británico Perry Anderson cuyo objetivo era claramente realizar una distinción entre quienes a la par que teorizaban se adentraban en los procelosos laberintos de la Revolución, véase Lenin, Trotsky, Stalin, o Gramsci;  y aquellos, como los integrantes de la Escuela de Frankfurt, Sartre o Althusser, que desenfundaban un marxismo imbuido en la reflexión desde los asientos de sus facultades. A dichos pensadores, Anderson los incluyó y etiquetó como marxismo occidental. Ante este telón de fondo, Bourdieu, que como ya hemos citado, mantenía un pie dentro y otro fuera del campo filosófico, hizo lo propio con las herramientas teóricas disponibles dentro del marxismo. A la sazón, Bourdieu emprendió un viaje díscolo de entrada y salida del marxismo, incorporando a su vez una profunda reflexión sobre Weber y Durkheim, que le auspició no pocos enemigos. Con un eco profundo y vibrante vinculado a las obras de Norbert Elías, Michel Foucault, Richard Hoggart y E. P. Thompson, la ruptura epistemológica propuesta por Bourdieu se encarnaba en afirmar que toda sociología debía ser histórica, y toda historia sociológica. Dicho lo cual, Bourdieu lo expresa de esta manera: “Lo que necesitamos, en efecto, es una forma de historia estructural raramente practicada, que encuentra en cada estado sucesivo de la estructura examinada tanto el producto de luchas previas para mantener o transformar esta estructura como el principio –a través del contradicciones, tensiones y relaciones de fuerza que la constituyen- de las subsecuentes transformaciones” [2]

La hipótesis iba en Bourdieu siempre ligada a una tesis central sobre la superación de la dicotomía objetivismo/subjetivismo. Sobre esta tesis Bourdieu centrará una parte muy sustancial de sus palabras escritas. Puede reducirse al intento por superar el supuesto divorcio entre lo material y lo simbólico o, en términos un poco más cercanos al oficio del sociólogo como data otra de sus obras magnas, a terminar por romper las líneas divisorias, absolutamente ficticias, entre investigación y teoría. Esta línea de interpretación es la que Bourdieu  traza en una relación conflictiva de acercamientos y desencuentros con el grand récit del marxismo.

Pero puede también interpretarse como la refutación de la correspondencia histórica entre estructuras sociales de clase en lo material, y el despliegue de la hegemonía cultural y simbólica de su dominación. Hegemonía que no es eterna e insondable, sino que es inextricablemente lábil. Esto quiere decir que vemos en su movimiento una contienda siempre abierta por imponer unos determinados componentes culturales como los más deseables y, por tanto, hegemónicos, el vórtice de una constante histórica que si bien es estructural y determinante, está abierta a cambios y conflictos. Sobre este péndulo pende la dialéctica de la comprensión histórica de Bourdieu, es decir, una sociología genética que imbrica la adecuación de historia y sociología. Esta adecuación alimentó siempre la inspiración teórica de este gran sociólogo. Bourdieu quiso expresamente situarse en este lugar. Así pensó dentro de unas coordenadas situadas en la constelación de Las formas elementales de la vida religiosa de Durkheim, a considerar la religión más allá de la celda cerrada del cristianismo y lo sagrado, por lo que el conocimiento o lo simbólico se impone como instrumento de dominación, acercándose por otro lado, a la idea weberiana de teodicea. Ahora, la iniciativa de superar la falsa dicotomía materia y espíritu tendrá todo el papel sociológico de quien en su haber estaba el tejer conjuntamente las tesis de Durkheim, Marx y Weber. El cosmos teórico será verdaderamente explosivo. La materia de la estructura y su reproducción será la matriz de todas las posibilidades reales en la comprensión de lo social. Pero ésta no saldrá por una serie de leyes prefijadas en la infraestructura, desconsiderando, a su vez, todo lo simbólico. Será el acondicionamiento de la estructura de clase y la imposición hegemónica de sus valores y encajes culturales lo que vaya alumbrando el sendero de la historia.

Este es el específico trabajo sociológico de Bourdieu. Y coincide con su más propia aportación también al marxismo. En la unión de historia y sociología, es el reconocimiento de un conjunto de factores que son históricos y que generan mecanismos de reproducción social. Pero lo más decisivo está en el papel que se asigna a esa estructura como “habitus”, clave en el desenvolvimiento de los aspectos más profundos de la reproducción social –y no de una simple revelación teórica, sino de su praxis-. Es una verdadera figura de la “razón” histórica, el habitus lo que así emerge más allá de cualquier tipo de intelectualismo o voluntarismo.

 

Continuaremos…

 

Notas:

[1]Bourdieu, P., La ontología política de Martin Heidegger, Paidós, Barcelona, 1991, p. 69.

[2] Bourdieu, P; Wacquant, L., Una invitación a la sociología reflexiva, Siglo XXI, Argentina, 2005, p. 127.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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