Por más Estado ante la covid-19

David Del Pino

Que los Estados y el funcionamiento de sus burocracias, han conformado uno de los núcleos prioritarios de impulso y despliegue del neoliberalismo como algo más que un modelo de producción global, es algo que hoy en día, a pesar de las resistencias de algunos, ha quedado perfectamente visible. La globalización ‘Sans frontière’ ha requerido de la inserción activa del Estado como detentador tanto del monopolio de la fuerza legítima, como del espacio sobre el que recae la fuerza simbólica concreta desde la disgregación de la teología cristiana salvífica a partir de la Paz de Westfalia en 1648. Así, la consistencia del modelo se halla en frases de Margaret Thatcher como “La economía es el método, es el objeto de cambiar el corazón y el alma”

El neoliberalismo, en algunos casos denominado neoconservadurismo, caracterizados con la victoria de Margaret Thatcher en las elecciones del Reino Unido en el 1979, y la llegada de Ronald Reagan a La Casa Blanca en el 1980, será el gran dominador político, económico, cultural y de valores, en las décadas venideras, cuyos frutos, observamos con mayor desabrimiento en la crisis de la COVID-19.

Desde el comienzo, la retórica neoliberal, con ciertos rasgos comunes con el ordoliberalismo alemán pero con diferencias notables que no acertó en dimensionar Foucault en su precoz La naissance de la biopolitique (1978-1979), mantiene una estrecha relación con los valores propios de las acciones y prerrogativas empresariales.

En primera instancia, el modelo neoliberal impulsado por ambos dirigentes políticos, pretendía recuperar una tasa de ganancia cada vez más vilipendiada por los fallos y desajustes del modelo keynesiano, y por un conflicto global con la Unión Soviética. Por ello, la decisión fue perspicaz y, observándolo en estos compases históricos, podemos afirmar que satisfactoria.

Ante una grave crisis de un modelo keynesiano que obligaba a realizar un nuevo ajuste en el sistema, se decidió girar el timón de mando 180 grados y trasladar las fábricas, es decir, el modelo industrial, a países asiáticos con condiciones laborales inexistentes. Este traslado, permitió asumir como acción prioritaria la financiarización de la economía. Motivo decisivo en la contienda frente a la Unión Soviética.

Dicha situación, sedimentaba la transformación de un modelo industrial basado en la relación asimétrica entre el capital/trabajo, con lo que esto implicaba en calidad de derechos adquiridos y asociados a la categoría central del trabajo, como atestiguan las constituciones surgidas de la lucha antifascista tras la Segunda Guerra Mundial y, la constitución del Estado de Bienestar; a un modelo radicalmente opuesto: ser empresarios de nosotros mismos, donde impere, y esto es una de las consecuencias por la que incluso tras sufrir una crisis sanitaria como la del COVID-19, no observamos mito alternativo posible, una construcción psíquica de aumentar de forma instantánea pero ininterrumpida el goce individual mediante la mercantilización y el consumismo salvaje.

Algunos de los rasgos definitorios de la retórica discursiva, pero también de la acción práctica de los gobiernos empresariales preocupados por ganar en lugar de gastar están perfectamente recogidos en el extenso volumen titulado Un nuevo modelo de gobierno: cómo transforma el espíritu empresarial al sector público por David Osborne y Ted Gaebler. Debido a la longevidad del mismo, simplemente destacar por la envergadura tomada, y sobre todo por el despliegue a título de laboratorio de la Comunidad de Madrid durante décadas, el capítulo 6 designado El gobierno regido por el consumidor: satisfacción de las necesidades del consumidor, no de la burocracia.

Aquí queda recogido, uno de los mantras por excelencia del neoliberalismo en su conformación mundial, a decir que el ciudadano es en sí mismo un potencial cliente. Esto supone, y es lo radicalmente perverso de la propuesta de asumir que los ciudadanos somos clientes, modelo tomado como referente durante décadas por los sucesivo gobiernos del Partido Popular en la Comunidad de Madrid, un desplazamiento de la categoría vehicular ‘ciudadano’ por el que aparejadamente cuenta con derechos políticos y económicos. Tratando al ciudadano como cliente, éste ya es asumido dentro de una atomización individual, por lo que se legitima la privatización de los servicios públicos como escenario elogiable en la perfectibilidad competencial:

En otras palabras, para lograr que las instituciones públicas se rijan por los consumidores en igual medida que la iniciativa privada, los gobiernos empresariales han aprendido a financiarlas como si fueran negocios.

Si las escuelas pierden dinero cada vez que se les va un alumno, como en Minnesota, ¿actúan los maestros y los administradores de un modo diferente? Claro que sí. Si se pagara a las oficinas de vehículos automotores sólo cuando procesaran las licencias o los registros de los conductores, de suerte que, a mayor número de procesamientos, más dinero recibirían, ¿actuarían de distinta manera sus empleados? Sin duda. Siendo tan claras las consecuencias de atraer clientes, se intensificaría la lucha por reducir tiempos de espera [1].

Por lo tanto, y después de tantos meses padeciendo y sufriendo las consecuencias de las desastrosas reformas ideológicas según las cuales, los servicios públicos son más eficientes si aceptamos la privatización, o reducimos sus costes para paliar el sangrante déficit público, que en gran medida responde de  nuevo a ese ejercicio neoliberal por el que es normal asumir la nacionalización de las perdidas privadas. Es indiscutible, o al menos debería serlo, el hecho de repensar la viabilidad del Estado en términos impersonal y republicanos, que pueda estar en condiciones de hacer frente no sólo a imprevistos sanitarios como los acaecidos, sino de restringir y poner límites a la codicia y la libertad del dinero en un juego transfronterizo, o lo que es lo mismo, poner límites y defender la libertad de los muchos, frente a la libertad de unos pocos.

Así, nos gustaría terminar este escrito apelando a unas palabras proferidas por Pierre Bourdieu en una entrevista concedida en el año 2000, y que en estos momentos resuenan con más fuerza que nunca:

“Je ne dis pas que l’État est la solution de tous les problèmes, mais l’État est une des seules armes que nous ayons pour contrôler toutes sortes de fonctionnement et de processus tout à fait vitaux, et en particulier tous ceux qui touchent à l’intérêt general et aux services publics” [2]

Notas

[1] Osborne, D., y Gaebler, T., Un nuevo modelo de gobierno. Como transforma el espíritu empresarial al sector público. Gernika, México, 1994, págs. 249

[2] Traducción personal: “No digo que el Estado es la solución de todos los problemas, pero el Estado es una de las únicas armas que tenemos para controlar toda clase de funcionamientos y procesos  totalmente vitales, y en particular aquellos que conciernen al interés general y a los servicios públicos” en Bourdieu, P., “Mondialisation et domination: de la finance à la cultura” en Cités 2012/3 (Nº51) págs. 129-134. [En línea] disponible en https://www.cairn.info/revue-cites-2012-3-page-129.htm


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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