Reflejos mediáticos

Luis Velasco
En suma, he querido decir que la opinión pública no existe, al menos bajo la forma que le atribuyen los que tienen interés en afirmar su existencia. He dicho que existen, por una parte, opiniones constituidas, movilizadas en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados; y, por otra, disposiciones que, por definición, no son opinión si se entiende por tal, como he hecho a lo largo de todo este análisis, algo que puede formularse discursivamente con una pretensión a la coherencia.
Pierre Bourdieu

Isabel Díaz Ayuso le ha quitado el bocadillo a Pablo Casado en el patio de recreo y le ha dado un empujón a Teodoro García Egea. Lo que acabamos de presenciar en los últimos días en toda la organización del Partido Popular es producto de lo que desde plataformas como NCM venimos señalando desde hace tiempo: el tremebundo poder mediático.

Si lo piensan bien, esta obra comienza con un presunto caso de corrupción en el que Ayuso habría ayudado a su hermano a enriquecerse con la compra de mascarillas en los comienzos de la pandemia. Sin embargo, los medios de comunicación y las redes sociales han sido capaces de transformar esa posibilidad criminal en una ventaja política. Así lo demuestran las manifestaciones en la calle Génova por el expediente a Ayuso que pedían la dimisión de Casado y García Egea.

Manifestación en la calle Génova (Madrid).

Lo que ha vivido Pablo Casado recuerda a la escena del capítulo de ‘la boda roja de la serie ‘Juego de Tronos’ en el que, tras brindar por el enlace, los Stark son traicionados y brutalmente asesinados por sus aliados.

No podemos concebir la idea de comunicación al margen de la sociedad en la que vivimos. Una sociedad que en estos momentos está atravesada por el narcisismo 2.0, la desinformación, los rumores, las mentiras, las medias verdades y por una transición del capitalismo industrial al cognitivo donde la naturaleza, el deporte, el sexo, la amistad, todo lo que Jürgen Habermas denomina “el mundo de la vida”, se han convertido en mercancía. Y es en esta transición donde los medios de comunicación y las redes sociales han articulado capitalismo y democracia.

Pablo Casado sale del Congreso de los Diputados. Fuente: @agarzon

Resulta complicado reconocer en la labor de mis colegas de profesión lo que en términos generales (quizá arcaicos y utópicos) debería ser el periodismo. Lo ocurrido en los últimos días responde únicamente a cuando los medios de comunicación acogen una labor más corporativista y monopolístico y difuminan la obligación de contar la verdad, la verificación, la independencia y el respeto por la conciencia individual.

Como también ocurrió en su día con Pedro Sánchez y las presiones mediáticas, la manipulación de las conciencias que se da por medio de estas medias verdades, corrobora lo que afirmaba Lenin: “informar es dirigir”. El feroz poder mediático es el único capaz de establecer un marco de conocimiento, donde fluye la información ‘libremente’, en el que se construye la obediencia de las mayorías. Que la gente se agolpara a las puertas de la sede de Génova nos sirve, una vez más, de ejemplo de esa rebelión de audiencias que se da con el salto digital, la convergencia del lenguaje de los medios y de las redes; y la falta de lucidez de todos los actores implicados.

Solo eso explica que de repente importe más una Ayuso “víctima de un espionaje de su partido” que su presunto delito de corrupción; o que no se reflexione sobre la pasmosa facilidad con la que un medio quita y pone a un dirigente político.

En la teoría, el periodismo ofrece algo único e imprescindible para vivir la vida que nos es propia: una información independiente, veraz, exacta y ecuánime que todo ciudadano necesita para ser libre. Sin embargo, cuando todo esto se pierde, cuando intervienen juegos de influencias y rivalidades políticas o empresariales; cuando el periodismo responde a las necesidades e intereses ocultos y un poder, económico o político, ejerce su control sobre la información, se subvierte la cultura democrática.

Sobre lo anterior cabe preguntarse si los medios actuales de comunicación deben tener o no esa capacidad de destrucción; o si son los más aptos para decidir qué es lo más importante de cara a lo que se conoce como agenda ciudadana. Un ejemplo práctico de esto es la ausencia de informaciones sobre la la emergencia climática. ¿Es más urgente informar de la extrema necesidad de tomar medidas contra el cambio climático o, por el contrario, es prioritario imponer a Isabel Díaz Ayuso, o Alberto Núñez Feijóo, como presidentes del Partido Popular?, ¿Por qué un problema de la Comunidad de Madrid acaba intoxicando a una organización que está implantada por todo el territorio español? ¿Por qué TVE, el órgano periodístico público, no ha arrojado luz a las audiencias para tener buena información sobre este asunto (y de muchos otros) si, en la teoría, debe proporcionar a los ciudadanos la información necesaria para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos?

Uno de los periodistas más importantes de Estados Unidos, Walter Lippmann, decía que la capacidad del ciudadano de comprender la verdad choca con estereotipos, falta de atención e ignorancia. Y señalaba que los ciudadanos son “como espectadores de teatro que llegan a la mitad del tercer acto y se marchan antes de que caiga el telón, quedándose el tiempo suficiente para decidir tan sólo quién es el héroe y quién el villano de la función”.

El periodismo actual justifica su labor con movimientos fantasmagóricos en nombre del ciudadano y de la democracia. Sin embargo, el ciudadano no tiene ninguna función más allá de la de formar parte de los niveles de audiencia, fruto de ese capitalismo cognitivo.  

La necesidad de la ciudadanía de conseguir estabilidad en este mundo desquiciado provoca que bailemos el ruido mediático en el centro de la pista mientras nos flashean con luz blanca y humo. A la larga, la democracia sufrirá el mismo fin que Pablo Casado, que no se creyó la amenaza del lobo que iba a comerse su rebaño de ovejas hasta que se quedó sin ellas.

Alguien ha dicho que regular el capital es como hablar de moralizar a un tigre; yo diría que esperar justicia y acatamiento a la verdad de un diario capitalista es esperar ascetismo en un festín de caníbales.
Upton Sinclair

Notas

Pierre_Bourdieu BLOG: La opinión pública no existe*Pierre Bourdieu. (2006, 30 junio). http://pierre-bourdieu.blogspot.com/. http://pierre-bourdieu.blogspot.com/2006/06/la-opinin-pblica-no-existepierre.html

Taufic, C. (2012). Periodismo y lucha de clases. Akal.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Luis Velasco

Graduado en Periodismo por la Universidad Nebrija. Como comunicador ha desarrollado sus funciones en los medios de La Voz del Tajo, Público.tv y 20 Minutos.
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